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Marcel Proust, Murcia y las neurociencias

Marcel Proust, Murcia y las neurociencias José María Martínez Selva

Se cumple en estas fechas el centenario de la muerte de Marcel Proust, autor de En busca del tiempo perdido, una de las obras cumbres de la literatura universal. No me resisto a mencionar la referencia a Murcia en el primer volumen, a la que recurre para datar un episodio. Leer el pasaje provoca una sensación agridulce, pues se basa en el grandioso empeño de la sociedad parisina en recaudar fondos a favor de los damnificados por la inundación de 1879, que asoló la ciudad y su huerta. La mención choca porque son muy pocas las ciudades, francesas y no francesas, de las que habla el escritor.

El largo relato en el que el autor describe sus sentimientos y reflexiones, además de los acontecimientos que vive en su mundo, está lleno de observaciones sobre su comportamiento y el de quienes le rodean de gran detalle y sutileza. Algunas de las descripciones son tan precisas que tocan cuestiones de las Neurociencias y de la Psicología, que se investigan y estudian en numerosos laboratorios y clínicas de todo el mundo. Esta riqueza de fenómenos lleva a que exista al menos un libro dedicado a Proust y las neurociencias.

El suceso que figura como arranque del libro está relacionado con la persistencia de la memoria olfatoria. El autor, al mojar una magdalena en una taza de tila, evoca de repente sucesos de su infancia que va encadenando hasta alcanzar toda su vida. Las memorias olfativas, el olor de colonia, perfumes, ropa, armarios, de una persona o de toda una casa, se graban con una fuerza que puede llegar a ser imborrable. Durante la primera infancia tales memorias son más fuertes y abundantes que las que se basan en imágenes y en palabras, que pasan a ser más importantes a partir de la adolescencia. Se añaden a ésta otras observaciones, expuestas a menudo como metáforas. Por ejemplo, cuando afirma que la memoria reside en las cosas. Son los objetos, la presencia de otras personas o escuchar una voz o un ruido quienes desencadenan los recuerdos. Se está refiriendo a las claves o estímulos discriminativos o condicionados que, asociados, a otros elementos del contexto pueden desencadenar un torrente de recuerdos más o menos conectados. Para referirse a lo que los psicólogos llamamos la memoria de procedimiento o implícita, esas habilidades prácticas como nadar, ir en bicicleta o conducir, Proust habla del cerebro que poseen también las extremidades, que les permite hacer algo aparentemente complicado de forma natural, rápida y precisa.

Mi metáfora favorita es la que compara el sufrimiento y la pena por la muerte del ser querido con el dolor del miembro fantasma que experimentan quienes han sufrido una amputación. El miembro amputado duele aunque no está ahí, y la persona amada provoca un dolor inmenso cuando ya no se encuentra entre nosotros.

En el plano psicológico, es llamativo que en miles de páginas el autor francés hable de su familia cercana, de allegados y de personalidades relevantes de la época, pero nunca mencione a su hermano Robert, prestigioso médico y cirujano. Se pregunta el lector cuál sería la naturaleza de las relaciones entre ambos.

No tan lejos de Murcia está el largo pasaje de la obra que ensalza al gran pintor, diseñador y escenógrafo español Mariano Fortuny y Madrazo, uno de los pocos personajes reales que aparecen con su verdadero nombre. Destacó como uno de los innovadores en la moda, en especial por sus creaciones a partir de la seda. Este recuerdo, frágil, de la actividad que otrora tanta riqueza dio a Murcia, lleva también a preguntarse dónde se encuentra la magdalena entilada que recupere del olvido local la industria sericícola.

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