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De cervezas por Murcia con... Rosalía

Ilustración de Javier Balsalobre Orenes.

 Esta semana me encuentro con una persona a la que no termino de pillar. Su obra me gusta a ratos y me disgusta a otros. Con El Mar querer me conquistó. No dejó a nadie indiferente con Malamente y Pienso en tu mirá está en mi playlist de favoritos desde entonces. Con Motomami primero me decepcionó (no entendía nada de los adelantos que iban saliendo), pero en la primera escucha Como un G hizo que esos 42 minutos y 25 segundos que dura el álbum hubieran merecido la pena. Al final, he acabado bailando Bizcochito y Chicken Teriyaki, aunque no entienda nada. Sea de tu agrado o no, se trata de alguien difícil de ignorar. Televisiones, radios, redes sociales. En todas partes se habla de ella. Últimamente sobre todo de su gira, seguramente la más analizada de los últimos tiempos.

Quedo con Rosalía para conocer el restaurante Cucú y sus tortillas de patatas, recientemente reconocidas entre las mejores de España. Habrá que probarlas. La cantante catalana entra al local con fuerza, apartándose la melena de la cara y contoneándose, atrayendo las miradas de las mesas vecinas. Y es que una verdadera motomami no camina, desfila. Le ofrezco una caña y ni se lo piensa. Una verdadera motomami nunca dice que no a una cerveza.

No pretendo sonar maleducada, pero quiero ser honesta y plantearle lo que pienso sobre ella tras ver varias de sus entrevistas, especialmente las internacionales. Hay fragmentos de algunas que son dignos de aparecer en Paquita Salas. A veces la noto sobreactuada, exagerando un acento y una especie de inocencia torpe que ha creado para su personaje, y con la que me recuerda a mi paisana Charo Baeza. No digo que sea algo malo, pero a veces me cuesta encajar a la Rosalía que veo ahora con la que coescribió y coprodujo en 2018 un álbum experimental inspirado en una novela medieval.

-Tienes talento y eres muy lista, pero te gusta hacerte la tonta.

Ale, ya lo he soltado.

-Chica qué dices.

Me lo tomaré como un no. Seguramente estaré siendo prejuiciosa y coexisten de manera natural la cantautora de Di mi nombre y Saoko. Al final, una cosa no quita la otra y si algo ha demostrado Rosalía es que puede erizarte la piel solo con su voz y una guitarra, a la vez que dejarte con la boca abierta bailando rodeada de un cuerpo de baile.

Ilustración de Javier Balsalobre Orenes.

Para que vea que no son todo sombras y también hay luces, me muestro de su lado respecto a la polémica sobre su gira. Quien va a sus conciertos no espera oír tocar a una buena banda de música, para eso van a otros. Quien va a ver a Rosalía creo que no se decepciona al ver un show centrado en su figura, su voz, sus poses y su baile. Y si por eso los puristas no quieren llamarlo concierto y prefieren catalogarlo como espectáculo, adelante.

Le ha gustado encontrarme como aliada respecto a ese tema y se anima. Elige la tortilla con cebolla y pide más cerveza. Auguro que vamos a pasar un buen rato. No sé si de aquí surgirá una amistad, no estoy segura de encajar en su colectivo de motomamis, ni soy yo quien para valorarlo. Más bien diría que pertenezco al de las motomaris.  

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