Noches de Candanga es un proyecto que pone la cultura al servicio del mundo rural. Pero no se trata de acercar la cultura a un pequeño pueblo; sino de dinamizar el legado cultural ya existente en La Pinilla, pedanía de Fuente Álamo, a la vez que se plasma y documenta a través de diversas formas de expresión artística. Según explica el arquitecto Enrique de Andrés, uno de los encargados del proyecto, se pretendía, «por un lado, ver cómo el artista es capaz de captar ese mundo rural y representarlo, y, luego, que el mundo rural también perciba cómo se ve desde fuera». El resultado es un paquete muy completo que se exhibirá por primera vez al público el 5 de septiembre, integrado por un conjunto de obras que apela al concepto de cultura global y que abarca diversas disciplinas: música, cine, pintura, artesanía, el propio pueblo, naturaleza... Además, tal y como señala su socia Coral Marín, funciona como una «llamada de atención» para recuperar y proteger el patrimonio material e inmaterial. 

A mitad del siglo XX, más de 1.500 habitantes daban vida a las calles de La Pinilla. En la actualidad, apenas quedan 400 personas, que sufren las carencias de la ‘España olvidada’ que supone la ‘España vaciada’. No hay transporte público, ni farmacias, ni cajeros automáticos, la cobertura es escasa e inestable, las instalaciones ganaderas que rodean el pueblo se encuentran muy próximas… En este sentido, Noches de Candanga busca formas de mejorar las condiciones de vida de la población través de la cultura. 

El proyecto se enmarca en el plan estatal impulsado por el Ministerio de Cultura, y es beneficiario de las Ayudas para ampliar y diversificar la oferta cultural en áreas no urbanas de la Región de Murcia, convocadas por el Instituto de Industrias Culturales y de las Artes de la Región de Murcia (ICARM), así como de las ayudas de los fondos europeos Next Generation. Sin embargo, ellos han querido ir un paso más allá: se enfocaron en mejorar la calidad de vida de los habitantes y en poner en valor su patrimonio, tradiciones y paisajes. 

Gracias a sus anteriores trabajos sobre arquitectura tradicional, Coral Marín y Enrique de Andrés, quienes también son dueños de el estudio y galería de arte Arquitectura de Barrio, en Murcia, ya estaban familiarizados con la zona. Por otro lado, debido a su participación en el Plan Director de los molinos de viento de La Pinilla, valoraban que la localidad contase con estas construcciones, por lo que, en palabras de Coral Marín: «pensamos que La Pinilla era el sitio ideal para plantear el proyecto». 

"Ese mundo es tan distante que lo que antes era artesanía, ahora lo vemos como el arte de sobrevivir"

El estudio de arquitectura comenzó con una investigación de la realidad cultural del lugar, el territorio y la población. Después, se inició un proceso participativo con los vecinos del pueblo, porque, como advierte Enrique de Andrés, «están la historia, los libros, la documentación..., pero hay una parte imprescindible que es la gente que vive allí. El objetivo es dinamizar la cultura del sitio y sacarla a la luz, y para eso es necesaria su gente». 

Primero, se realizó un taller presencial con los vecinos. Marín explica que, «en función de su edad, aportaron sus vivencias. Por ejemplo, estaba el barbero de mitad del siglo XX, que conocía los distintos oficios de los que fuimos hablando». Después, en un taller de futuro, debatieron cómo les gustaría que evolucionase el núcleo rural y plantearon rutas de acción que pasan por recuperar su patrimonio y su memoria. 

En cuanto a las creaciones artísticas, la tercera y última fase del proyecto, «hay ocho grandes artistas plásticos de la Región de Murcia que han colaborado. Cada uno ha creado una obra inspirada en las visiones de los vecinos o la historia del pueblo», desvela Coral Marín, y continúa: «Por otro lado, Carlota Kristesen realizó fotografías durante la Romería, Joaquín Clares lo ha grabado todo en el audiovisual, y Crudo Pimento y Silvia Márquez han puesto la banda sonora», que mezcla músicas tradicionales con la parte más académica de esta rama artística. El proyecto también engloba una instalación lumínica en los trece molinos de Fuente Álamo y los dos ubicados en La Pinilla -la mayoría de ellos, en ruinas-, «como llamada de atención», matiza Marín. Por su parte, Enrique de Andrés describe el documental de Noches de Candanga como «la pieza fundamental», porque «puedes hacer muchas cosas, pero si no eres capaz de transmitirlas, se pierden en el tiempo». Es por esto que Clares ha inmortalizado el desarrollo del proyecto en una producción audiovisual que se difundirá en redes sociales con la intención de que se conozca La Pinilla y su historia. 

Vecinos de La Pinilla durante uno de los talleres que forman parte del proyecto cultural L. O.

Todas las creaciones artísticas que conforman Noches de Candanga se presentarán el 6 de septiembre. El evento constituirá «la primera piedra de la actividad cultural en el pueblo», según relata Marín, pues los vecinos no cuentan con ningún espacio en el que desarrollar actividades culturales, así que ellos mismos han cedido un antiguo almacén de descascarillar almendra, el lugar que les gustaría convertir en un centro para la cultura. 

Así, en época de fiestas patronales en La Pinilla se exhibirán las obras de los artistas plásticos: Vicente Martínez Gadea, Chelete Monereo, Manolo Barnuevo, Marcos Salvador Romera, Ana Martínez, Katarzyna Rogowicz, Ángel Haro y Esteban Campuzano, se podrán observar las fotografías de Carlota Kristesen y asistir al preestreno del documental de Clares. Además, existe la posibilidad de que Crudo Pimento y Silvia Márquez interpreten sus piezas musicales en directo, y Arquitectura de Barrio intentará traer, en un futuro, al menos parte del conjunto de obras a la capital murciana.

"Es un pueblo que ha crecido muy poco y que guarda la esencia de esa arquitectura tradicional. Es un sitio por descubrir"

 «Hasta los años sesenta y setenta del siglo pasado era una vida muy autosuficiente. Ese mundo ahora es tan distante que lo que antes era artesanía, ahora lo vemos como arte, como el arte de sobrevivir», reflexiona Enrique de Andrés sobre el pasado, y lo compara con la situación actual: «Ahora mismo es difícil vivir allí, a no ser que tengas coche, dinero, recursos…». En plena era digital, el mundo rural trata de adaptarse al nuevo ecosistema, pero, como medita el arquitecto, quizá debería ser al revés, pues «las demandas que hay ahora de utilizar y reutilizar, de ser sostenibles y cuidadosos con el medioambiente... Entonces eran conceptos vitales, porque iba la vida en ello». Esta forma de vida hay que protegerla, «porque es patrimonio cultural y es identidad». 

A partir de ahora, serán los propios vecinos los que trabajen para crear y canalizar demandas, pues el proyecto se ha desarrollado con la precaución de no volcarse a hacer turismo, sino en «recuperar un ritmo de vida propio, y que quien visite La Pinilla no vaya simplemente a hacerse el selfie, sino a sentir la vida del pueblo», manifiesta Enrique de Andrés, quien reconoce salir «muy enriquecido de estas historias».  

Arquitectura de Barrio ha empleado la cultura de forma sanadora: no como un reclamo turístico, sino que como una herramienta para identificar problemas y necesidades, y para plantear posibles escenarios de futuro. Coral Marín dice que ha sido «un proyecto muy bonito de realizar», y concluye: «Es un pueblo que ha crecido muy poco y que guarda todavía la esencia de esa arquitectura tradicional. Rehabilitándolo tendría mucho encanto, es un sitio por descubrir».