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Ángel Montiel

Los tormentos del candidato Vélez

Pepe Vélez, secretario general del PSOE y delegado del Gobierno. Juan Carlos Caval

¿Cuál es el criterio de los socialistas para reaccionar ante las imputaciones judiciales? A unos, si los imputan, los echan. Conesa, en esas circunstancias, no pudo aspirar a presidir la Comunidad aunque representara al grupo político mayoritario que planteaba la moción de censura. Y otro, Vélez, sin embargo, puede ser candidato en unas elecciones a pesar de llevar colgando una imputación que, de prosperar, podría inhabilitarlo políticamente, por insignificante que pudiera ser la causa 

En su película Granujas de medio pelo, el personaje que interpreta el propio Woody Allen se propone atracar un banco, y para ello intenta reunir a los miembros de una antigua banda. Cuando cuenta los planes a uno de ellos, éste le responde: «Interesante, pero ¿quién va a ser el jefe?». Allen lo mira con extrañeza: «¿El jefe? ¿Que quién va a ser? ¡Yo, claro! ¿Acaso en los viejos tiempos no me llamábais El Cerebro?». Y el otro, con ademán de condescendencia, le replica: «Sí, pero te lo decíamos de cachondeo». 

Es el mismo efecto que muestra Marcel Proust para describir a uno de los personajes de En busca del tiempo perdido: «El señor Legrandin era sincero cuando arremetía contra los snobs. No podía saber, al menos por sus propios medios, que él lo fuese, ya que nunca conocemos más que las pasiones de los demás y, de lo que acabamos de saber de las nuestras, solo por los demás hemos podido enterarnos».

Pero ni el personaje de Woody Allen aceptaba que su apodo no era por mérito, sino una parodia por la virtud de que carecía, ni el señor Legendrin era capaz de identificarse a sí mismo como snob a pesar de su habilidad para detectar esa condición en los demás. 

Tal vez sea ese mecanismo mental que nos impide vernos a nosotros mismos como nos ven los demás lo que conduce a ciertos políticos a atribuir las críticas que reciben a los prejuicios o la inquina de quienes las emiten o a operaciones conspiratorias urdidas para fastidiarlos. 

Es inútil insistir, pues, en que el secretario general del PSOE, Pepe Vélez, no reúne el perfil necesario para que los socialistas puedan aspirar a provocar un vuelco electoral en la Región de Murcia. Es más que probable que ni siquiera hayan llegado hasta él las impresiones de su círculo más cercano, donde algunos han reflexionado acerca de su imputación judicial en el caso de la plaza de toros de Calasparra, ocurrido cuando era alcalde de esa localidad: «A lo mejor no hay mal que por bien no venga». Traducido: todavía hay en el PSOE quienes conservan la esperanza de que, aunque sea por un tropiezo en el camino, se pudiera construir una alternativa al PP que vigorizara a la militancia y generara un efecto tirón del potencial electorado. 

Antes que nada conviene que precisemos que lo de la plaza de toros parece a primera vista una chorrada, uno de esos casos tal vez en que un alcalde, impelido por apremios de funcionalidad, debe saltarse alguna norma para posteriormente reparar el trámite. O ni eso, pues denuncias similares han recaído sobre Vélez y han acabado archivadas. Ahora bien, ¿qué estarían diciendo los socialistas si López Miras fuera el protagonista de una imputación equivalente?

Ni siquiera hay que acudir a ese supuesto virtual. En el propio PSOE hay antecedentes cercanos de lo que procede en circunstancias de este tipo. Bastará recordar que cuando se produjo la moción de censura PSOE/Cs contra el Gobierno de López Miras, el entonces líder socialista, Diego Conesa, a pesar de estar respaldado por diecisiete diputados y haber sido el ganador de las elecciones, cedió la opción de la presidencia a Ana Martínez Vidal, que tan solo tenía seis escaños detrás de sí, o eso creían en Cs. Intentaron hacer creer que esa fórmula era la única posible para poder arrastrar a Cs a aquella operación, pero Conesa no solo dejó de aspirar a la presidencia, sino también a la vicepresidencia y hasta a cualquier consejería, lo que desvelaba el verdadero motivo del retraimiento, y es que en ese momento el líder socialista también estaba imputado en un caso menor derivado de su gestión como alcalde de Alhama, que fue convenientemente archivado con posterioridad a aquellos acontecimientos. Y, sin ir más lejos, ahora que se está celebrando el juicio por una de las piezas del caso Púnica en la que está imputado el exalcalde socialista de Cartagena, José Antonio Alonso (aliviado de toda responsabilidad en media docena de otras acusaciones colaterales) podemos recordar que en su momento fue fulminantemente expulsado del partido, sin previo expediente ni oportunidad de defensa. 

¿Cuál es, pues, el criterio para estos casos entre los socialistas? A unos, si los imputan, los echan. Otro, en las mismas circunstancias, no pudo aspirar ni siquiera a la presidencia de la Comunidad aunque representara al grupo político mayoritario que planteaba una moción de censura. Y otro, sin embargo, puede ser candidato en unas elecciones a pesar de llevar colgando una imputación judicial que, de prosperar, podría inhabilitarlo políticamente, por insignificante que pudiera ser la causa. 

El criterio es que no hay criterio. O, mejor, el criterio que establece la diferencia es la posición de poder. Si tienes el poder en el partido, no te saca de él ni una imputación. 

Pasaron los tiempos de aquellos impulsos por la regeneración democrática, si bien es cierto que no traídos por el PSOE. Fue cuando Cs era Cs, que para facilitar la investidura de un presidente del PP impuso que tuvieran que dimitir, por su condición de imputados, Joaquín Bascuñana de la delegación del Gobierno y hasta Miguel Ángel Cámara de la secretaría general de los populares, apurando en este último caso que el exalcalde ni siquiera poseía un cargo institucional, sino orgánico. Y haciendo firmar al presidente investido que en caso de ser imputado dimitiría de inmediato, como así ocurrió, si bien no sin resistencia. Todo esto sucedió antes de que los regeneradores degeneraran en trepatrans, pero la molicie actual no impide que podamos recordar que otra política pudo ser posible.

Aunque ¿qué esperar del PSOE a este respecto cuando muchas voces en su seno abogan por el indulto a Griñán o, para evitar la vergüenza de salvar de la cárcel al bandolero andaluz, se disponen a suavizar el delito de malversación y de paso, dos pajarracos de un tiro, beneficiar al socio Junqueras? Todo esto en los morros de la ciudadanía, y sin anestesia. 

Para solapar el incidente de la imputación de Vélez, ahí está hasta el mismo PP. Poca pólvora pueden quemar sus portavoces cuando el partido en el Gobierno va a acudir a las elecciones con dos expresidentes imputados: uno, Pedro Antonio Sánchez, por el caso Auditorio; otro, Ramón Luis Valcárcel, por el de la desaladora de Escombreras. No están ya en activo, pero son símbolos de la gobernación popular a lo largo de tantos años, y ambos disponen en el bolsillo del carné del partido. La última palabra la tienen los jueces, claro, pero no parecen casos menores. Vélez podrá protegerse en este estado de cosas que da una imagen común de los dos partidos mayoritarios, aunque a la vez le impida subrayar las circunstancias ajenas. Y aunque el PP no haga sangre de la situación del candidato socialista, para eso están los francotiradores, o la TeleMiras, que estos días ha abierto sus telediarios con gran despliegue y conexiones con la sede socialista de Princesa, como si por fin hubieran atrapado a Roldán.

La cuestión es que el PSOE tendría que plantearse alguna vez una estrategia y crear unos equipos capaces de, al menos, aspirar a salir de su indigencia electoral. El pretexto de que la Región de Murcia ‘es de derechas’ resulta pueril, pues no existen los determinismos en este capítulo, y bien que lo muestran otras Comunidades, como Castilla-La Mancha, la Valenciana o incluso Cataluña, donde ganó Illa. Vélez es un líder de resultas, pues su mejor papel lo ejerció como escudero orgánico de su antecesor, Diego Conesa, un líder que reunía sobre el papel el mejor perfil, pero que cayó por su bisoñez. Cuando esto ocurrió, el PSOE, en vez de abrirse, se enrocó. 

Tras que Vélez sustituyera a Conesa al mando de los socialistas, le pregunté: «Muy bien ¿y ahora quién va a ser el candidato electoral?». Me miró como si le hubiera hecho la pregunta más tonta del mundo: «¿Quién va a ser? El secretario general, claro». Ser secretario general es un galón importante, pero no necesariamente, en todos los casos, la mejor condición. De hecho, los socialistas venían de un modelo bicéfalo en la práctica, pues aunque Conesa figuraba como secretario general, todo el mundo sabía que las riendas del partido estaban en manos de Vélez. 

Además del evidente enroque, hay otro error de cálculo. La delegación del Gobierno es un buen ariete político y un excelente escaparate si se sabe utilizar. En teoría, que el partido que lleva tantos años en la oposición disponga de esa institución lo saca del total ostracismo, pero también ata de pies y manos a quien ocupa la plaza, pues no puede desviarse un solo milímetro de la política del Ejecutivo central, incluso cuando ésta se desplaza de intereses objetivos de la Región que se pretende gobernar. Pondré un ejemplo gráfico: hace unas semanas el Grupo Socialista se abstuvo en el último momento sobre el informe de la UE acerca del Mar Menor, que trasladaba al Gobierno regional las responsabilidades de su situación ecológica. ¿Y por qué lo hizo, si eso es exactamente lo que el PSOE propaga? Pues porque el documento aludía también al papel de la Confederación Hidrográfica, dependiente del Gobierno central. Por no pincharse en el meñique permitieron que el Gobierno salvara su mano entera. 

El Gobierno central, en la concepción de los socialistas murcianos, es virtuoso sin mancha de mal alguno, pero esta impresión no es políticamente práctica en una Comunidad donde toda la estrategia de López Miras está enfocada al victimismo, desde luego un recurso facilón, pero que a costa de insistir en él acaba persuadiendo, sobre todo si no existe capacidad para elaborar una rigurosa información alternativa y al pronto. Y si bien el efecto del primer Pedro Sánchez benefició al PSRM-PSOE permitiéndole ganar las generales, autonómicas y municipales en un momento en que el PP estaba sumido en cierto marasmo, este factor podría quedar archivado a beneficio de inventario, pues, como temen otros barones socialistas para sus respectivas Comunidades, el proceso de aplacamiento del independentismo catalán a base de concesiones estructurales no puede despertar excesivo entusiasmo en las periferias ‘españolistas’. Y el candidato electoral murciano está atrapado en un cargo en el que está obligado, por razones institucionales, a decir sí a todo lo que provenga del Gobierno central, sin resquicio para matiz alguno. 

Los socialistas que observan todo esto y que podrían plantear algún modo de disidencia han renunciado a plantar cara, pues el aparato es férreo y está sostenido por Santos Cerdán desde la sede central de Ferraz. Muchos son conscientes de que el PSOE va derecho a una derrota absoluta, de la que esperan recuperar la esperanza de una futura recomposición con mimbres nuevos. Largo lo vuelven a fiar. 

Pero es que, como decía Proust del señor Legrandin, no es posible saber por uno mismo que eres un snob. Ni siquiera que no lo eres. 

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