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La Feliz Gobernación

Ángel Montiel

Juicio al Partido Popular

El caso de Pedro Antonio Sánchez no es solo el suyo, sino el del PP murciano, cuyos dirigentes le deben los cargos y lo han defendido y apoyado apasionadamente. El que se celebra estos días es, desde el punto de vista político, el juicio al PP, a una manera de concebir el poder

Pedro Antonio Sánchez, en el banquillo. Juan Carlos Caval

Pedro Antonio Sánchez recibió, en su viaje de bodas, un probablemente inesperado y, desde luego involuntario, regalo del autor de esta sábana periodística dominical. Celebraba un almuerzo con su esposa en un ruidoso restaurante de algún remoto país cuando recibió la llamada de uno de los políticos murcianos de su cuerda, quien le anunció: «Montiel dice hoy que vas a ser el sucesor de Valcárcel». El entonces alcalde de Puerto Lumbreras se encerró con su móvil en el váter del restaurante para disponer de una mejor audiencia, y pidió que su interlocutor le leyera íntegramente el artículo en el que, en efecto, se anunciaba su condición de sucesor. 

No tengo a mano aquel texto, pero recuerdo que era taxativo, pues la fuente no podía ser más directa: el propio Ramón Luis Valcárcel. Quien era todopoderoso presidente, pero ya había amagado discretamente con su retirada al Parlamento Europeo, respondió a mi pregunta sobre la identidad de su sucesor con un escueto nombre, sin tomarse una pausa para valorar su supuesta indiscreción:«Pedro Antonio». Fue en el restaurante El Chaleco, de Alhama, en unas circunstancias de satisfacción plena del entonces presidente. Recuerdo que, aunque estábamos en un reservado, nuestra conversación era interrumpida intermitentemente por otros comensales que entraban sin llamar, unos para alabarlo y algunas señoras para transmitirle recuerdos a su mujer. Era aquel tiempo florido del PP plenipotenciario. 

Pero uno nunca sabe si ciertas confidencias de los políticos le llegan porque pretenden utilizarte para que lances un globo sonda a ver qué pasa o si, en caso de que dejes entrever la fuente, ésta puede desmentirte sin rubor en el caso de que no le convenga ratificar públicamente lo que has escrito bajo su inducción. Con Valcárcel me ocurrió varias veces: me desmintió a través del teléfono noticias que yo había publicado porque él mismo me las había contado. Así que en esa ocasión no revelé la fuente, sino que lancé el asunto como una especulación fundamentada. Solo Valcárcel y Sánchez sabían, uno por razones obvias, y el otro por mera deducción, que el contenido de aquel artículo iba a misa.

Pero, al margen de los protagonistas, pocos dieron credibilidad a aquel avance. En el PP, algunos de los que aspiraban a suceder al hiperlíder me advertían: «Valcárcel puede hacer en el PP lo que quiera mientras sea presidente, menos una cosa: designar a su sucesor». El obstáculo principal lo constituía el alcalde de Murcia, Miguel Ángel Cámara, que no era poco obstáculo, dada la potencia del municipio capitalino en la organización regional del PP, y que era absolutamente refractario a su colega de Puerto Lumbreras, aparte de que por entonces había media docena de voluntariosos aspirantes a la sucesión, algunos por su cara bonita y otros por gozar en apariencia de una cierta inserción en la estructura del partido. 

Valcárcel, que siempre ha sido un político especialmente intuitivo, se iba dando cuenta de que, a pesar de su indiscutido poder, ratificado elección tras elección en las urnas, su quinta empezaba a hacer de tapón de las nuevas generaciones del partido, inquietas y ansiosas por acceder al alto mando antes de que se les pasara el arroz. Y así, empezó a dar juego en la organización y en las alcaldías a los que venían pujando desde abajo. La figura que podía organizar el relevo era Pedro Antonio Sánchez, el político de nueva hornada que más se le parecía y que mostraba mayor audacia y capacidad de aglutinación entre los lobeznos. Y a él encargó la renovación, pueblo a pueblo, de toda la estructura. 

En una fase inicial se encendieron las alarmas, pues algunos de los que venían a renovar la sangre pepera no tardaron en protagonizar los primeros escándalos de supuesta corrupción, con episodios de intervenciones policiales en algunos Ayuntamientos y encarcelamientos de alcaldes (Totana, Torre Pacheco...), lo que parecía indicar que la nueva generación llegaba incontenida y con poca paciencia, decidida a emular a algunos de sus predecesores, pero con menos discreción, pues hubo una larga etapa en la Región de Murcia en que los billetes, adheridos a los ladrillos, volaban por el aire como pajaricos sueltos.  

En ese contexto, cuando existía una mayoría escéptica acerca de que Valcárcel cediera el poder «a ese chico de Puerto Lumbreras», había, sin embargo, en la Administración autonómica un buen número de consejeros y directores generales que percibieron con claridad quién sería el rector del futuro, y Pedro Antonio Sánchez cometió el peor error de su vida política, tan listo que parecía. No le bastó saberse nominado, tal vez porque Valcárcel se reservó de comunicárselo expresamente o porque, conociéndolo, no se fiaba de él, y decidió empeñarse en un concurso de méritos en el que tomó la localidad que gobernaba por mayoría absolutísima como banco de pruebas de su excelencia como gestor. De pronto, esta modesta localidad se convirtió en una referencia de cambio y transformación, ejemplar en el conjunto de la Región, gracias a que El Sucesor tenía abiertos ante sí todos los despachos de la Comunidad autónoma ¿y quién osaría no dotar de recursos para esto y para lo otro al alcalde que pronto sería presidente y, en consecuencia, tendría el poder para nombrar, destituir, promover ascensos o cancelar trayectorias políticas? 

Todo le era concedido, pero Pedro Antonio Sánchez tenía más prisas que nadie, y empezó a amontonarse. Quiso hacer de Puerto Lumbreras el municipio piloto de lo que más tarde sería una Región de Murcia bajo su batuta. Y tal vez, a la vista de las muchas causas judiciales que le cayeron encima, empezó a ver obstáculos burocráticos a su ambición política o creyó conocer los atajos para sortear la maraña administrativa, que siempre retarda los planes de los políticos, urgidos por apremios electorales o necesidades perentorias de protagonismo público. Solo así se explica el caso Auditorio, un proyecto desmesurado para la demanda local e incluso comarcal, cuya imagen de almacén de frutas está a la vista y que seguirá deteriorándose por falta de conclusión y de uso hasta arruinar definivamente la inversión insuficiente para su sobrevenida ampliación respecto a la idea original. 

Pero este proyecto, con ser el más mediático, esconde otras evidencias sobre una atomentada gestión que ha dejado en Puerto Lumbreras huellas de cuarteles de la Policía Municipal en pedanías de los que solo existen algunas paredes; de un gigantesco Centro de Día de magnífica ejecución arquitectónica, pero sin uso, o del propio edificio consistorial derribado sin aparente necesidad para ser reconstruido de manera más solemne, mientras desde hace años las dependencias municipales se han de ver repartidas en oficinas de otras instalaciones públicas. Un auténtico desastre de gestión producido, hay que suponer, por la impaciencia de no atenerse a las asignaciones presupuestarias o por cálculos erróneos sucesivos. 

La falta de respeto a la ortodoxia administrativa también se percibió en el ‘caso Pasarela’, del que el alcalde salió indemne por un error en la tramitación de la investigación judicial, lo cual debió ser consolador, aunque poco edificante. Pero incluso con Sánchez ya convertido en consejero de Educación, como fase previa de entrenamiento para saltar a la presidencia, la imprudencia lo llevó a establecer contactos con la red Púnica, caso del que se libró por los pelos. Podemos deducir que la experiencia de su arriesgado proceder en su municipio no le sirvió de enseñanza para evitar seguir actuando con supuestas ingenierías cuando ya gozaba de mayor visibilidad. 

Algunos de quienes en su día llegamos a apreciar su capacidad política nos seguimos preguntando cómo es que fue capaz de deslizarse, hay que suponer que innecesariamente, por tamaño despeñadero. 

Pero Valcárcel, tras dejar caer quién sería su sucesor, aún resistió varios años más en el poder, tres de ellos en una última legislatura en la que llegó a obtener 33 diputados del total de 45. Y llegada la oportunidad de Sánchez, un caso de imputación relativo a la compra de su casa, posteriormente archivado, le impidió convertirse en presidente, de manera que para que el hiperlíder pudiera hacer trasbordo hacia el Parlamento Europeo tuvo que improvisar un sustituto de ocasión en la persona de Alberto Garre, quien quiso hacer tabla rasa con ciertas prácticas del Gobierno y quedó estigmatizado ante el partido por su independencia y su voluntad regeneradora. 

Cuando, una vez que el PP se vio aliviado del incómodo Garre, Pedro Antonio Sánchez optó electoralmente a la presidencia de la Comunidad, ya Valcárcel no apostaba por él hasta el punto de que se resistió sin éxito ante Cospedal a que fuera presidente del partido. Entre ambos se había producido una ruptura por desconfianza que les condujo a mantener la distancia, incluso en lo personal, lo que más tarde de traduciría, ya con un ariete fundamental de Sánchez, Teodoro García Egea ejerciendo de alto mandamás del PP en Génova, en apartar a Valcárcel del Parlamento Europeo. 

El PP murciano había pasado, desde el momento en que Valcárcel salió por última vez de San Esteban, de sus manos a las de Sánchez. Éste, tras perder la mayoría absoluta, firmó un pacto de legislatura con Ciudadanos (el auténtico), que ya entonces parecía un acto suicida, pues le imponía la dimisión en caso de que prosperara alguna de sus imputaciones judiciales, le obligaba a admitir diversas comisiones parlamentarias de investigación sobre la gestión popular y lo arrastraba a reformas de regeneración política, como el cambio de la Ley Electoral. Pero él estaba decidido a una huida hacia adelante en la que ya iría resolviendo caso a caso, según fueran éstos surgiendo, confiado sin duda en la buena suerte que le precedía, el hecho de que se hubieran ido archivando, por unas razones u otras, las diversas causas judiciales que le perturbaron durante su gestión como alcalde. Partido a partido.

Una señal de su carisma se observa en que, a pesar de todos los riesgos que conllevaba su audacia, tanto el partido, gobernado ya en todos los escalones por sus leales, como los miembros de su Gobierno paracían mantener una fe inquebrantable en él derivada de la seguridad que transmitía. 

Pero la buena racha se quebró a mitad de legislatura, y tuvo que dimitir tras unas iniciales resistencias, amenazado el PP por una moción de censura de PSOE más Ciudadanos. Incluso en esas circunstancias su poder seguía siendo tan absoluto que se permitió designar a su sucesor, Fernando López Miras, sin consultar a nadie, tal vez incluso ni al propio López Miras, vista la cara que éste puso al escuchar su nombre en una reunión del partido. Sánchez dimitió también de diputado regional para retardar el juicio por el caso Auditorio, pues al perder el aforamiento volvería a la jurisdicción ordinaria, y mientras tanto podía organizar una defensa de mayor envergadura, con penalistas de gran crédito en la resolución de casos difíciles. Y muy caros, se deduce. 

A partir de ahí, la figura del expresidente constituye una incógnita, para algunos cerrada; para otros, claramente abierta. Hubo un primer tiempo de tutelaje directo de López Miras, pero pronto ese papel pasó a manos de Teodoro García Egea, que es otro cable de la misma conexión. Sánchez se marchó a vivir a Miami y mantiene una aparente discreción sobre sus actividades, si no fuera porque la vanidad de los políticos les impide una retirada absoluta del primer plano. Aunque anuló todas sus cuentas en redes sociales, abrió una en Instagran, desde donde envía con frecuencia mensajes fotográficos en los que aparece, a veces solo, a veces con su familia, en parajes urbanos idílicos, en diversos países, mostrando con mensajes no verbales que disfruta de una alta calidad de vida. Todos ellos acumulan, como mínimo, un centenar de respuestas, en las que casi siempre se anticipa el senador Francisco Bernabé junto a varios periodistas. Sin embargo, destaca la ausencia de miembros del Gobierno que consta que son incondicionales suyos, tal vez por estratégica reserva. Cualquiera puede entender que esta sutil comunicación instagramera constituye un guiño:«Estoy aquí y me va de cine». 

Pero en el sustrato de la política y de gran parte del empresariado murciano hay un runrún sobre las actividades de Sánchez, a quien ven conectado con negocios dependientes de los contratos de las Administraciones públicas a través de determinadas redes y empresas amigas. ¿De dónde saca para tanto como destaca?, se preguntan en algunos círculos, sobre todo atendiendo a que, antes de entrar en política, no ejerció ninguna actividad privada que pudiera aportarle alguna experiencia en el mundo de los negocios. «Si quieres resolver algún problema, llama a Miami», se asegura con frecuencia, con razón o sin ella, siempre en voz baja o con cómplice ironía, en ciertas esferas de la vida empresarial murciana. En algunos medios nacionales de comunicación se habla del ‘sector de los negocios del PP murciano’, y se hace referencia al exsecretario general del PP, Teodoro García, y al exdiputado por Murcia Vicente Martínez Pujalte, quien tras el escándalo de los cafelitos a 5.000 euros en el bar del Palace, dejó la plaza a su mujer, la balear Isabel Borrego, incondicional del ciezano, para quien en su nombre hizo campaña en el partido a favor de Pablo Casado. Este lobby, en cualquier caso, domina la política de agitación y propaganda del Gobierno regional a través de la secretaría general de Presidencia y de la televisión autonómica. Y es obvio que Pedro Antonio Sánchez está en el centro.

Un día antes de dimitir de la presidencia de la Comunidad, Sánchez me invitó a comer en un restaurante recóndito de la huerta murciana en el que, a pesar de su amplitud, estábamos solos él y yo. Salimos a la terraza para tomar el café, donde en otra mesa se sentaba un matrimonio de mediana edad. Al poco, se levantaron para marcharse y al pasar ante nosotros, saludaron cordialmente al todavía presidente. Cuando se marcharon, dijo Sánchez: «Llevo dos años tratando de que me conozca todo el mundo, y ahora preferiría que no me conociera nadie».

Sin embargo, la Justicia no lo ha olvidado. Y su caso no es solo el suyo, sino el del PP murciano, cuyos dirigentes le deben los cargos y lo han defendido y apoyado apasionadamente. El que se celebra estos días es, desde el punto de vista político, el juicio al PP, a una manera de concebir el poder.  

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