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Enrique Olcina

Las fuerzas del mal

Enrique Olcina

Emperadores africanos

A las estatuas del Imperio Romano les falta, para que las admiremos en toda su plenitud, una mano de pintura. Por ejemplo, la estatua de Augusto de Prima Porta iba ilustrada no solo por el volumen de la piedra sino también por el brillo y matiz del pigmento. Por eso, cuando vemos algún busto de Septimio Severo, otro emperador romano, se nos escapa que no era de un blanco marmóreo sino pelirrojo, de intensa tez morena y de origen norteafricano. Tan bereber era que lo llamaban ‘la venganza púnica’, como si los cartagineses hubieran conseguido colocar, tras la posteridad de la muerte, la ficha definitiva en el Imperio.

Todo esto viene porque he detectado cierto escándalo y cierta renuencia a que en los colegios de la Región se dé religión musulmana. Las clases de religión musulmana son, en realidad, el menor de los problemas de los colegios de la Región, si podemos calificar eso de problema, claro. Hay otros mucho mayores. La mayoría de ellos están en un estado entre precario y lamentable. Perdón, me refiero a los colegios públicos, porque los concertados, incluso los privados, reciben ayudas más que suficientes para no tener tal problema, a pesar de que solo atienden al 30% de la población. Desde problemas de instalación eléctrica, a goteras, a barracones, a amianto, que se acumulan a la falta o supresión de líneas, que sin embargo sí se mantienen en los concertados, a la falta de profesorado y personal de apoyo suficiente para atender la diversidad de alumnado.

Lo que parece que se nos escapa es que ese 70% de alumnado que atiende la educación pública, que está compuesto también de españoles de origen extranjero, en determinadas zonas de hasta un 25%, son los futuros votantes y la educación es la primerísima muestra consciente del pacto del Estado con sus ciudadanos. Es dónde se forman, cómo se forman y en qué condiciones, con qué contenidos y qué hay de disonancia entre lo prometido y lo dado lo que determina la fortaleza de ese mismo pacto. Ese pacto es básicamente que lo queremos para nosotros, en derechos y obligaciones, lo queremos para los demás que vengan, independientemente de dónde nacieron sus padres, su raza o el color de su piel. En Murcia, la Comunidad autónoma se está sentando sobre un porrón de millones sin ejecutar que podrían mejorar los centros, no atiende a la demanda de personal en la educación pública y, como remate, se enreda y retrasa el currículum por circunstancias no muy claras pero que podemos sospechar que tienen que ver con no aplicar la ley nacional, algo de lo que nos escandalizamos cuando lo hacen otros.

Ahora está la encrucijada. ¿Cerramos los ojos al problema o actuamos a través de nuestros votos? ¿Garantizamos una educación pública de calidad para todos, si quieren totalmente laica, denunciando primero los acuerdos con la Santa Sede para que no haya ningún tipo de religión en las aulas o lo dejamos como está? ¿Actuamos ahora para educar al futuro Septimio que pueda llegar en el pacto cívico de respeto o esperamos que, aupado por los votos descontentos, actúe sobre nuestros hijos, ahora sí, Severo en su venganza púnica por las injusticias que nosotros infligimos sobre él en su pasado, que es el presente actual? Ustedes mismos.

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