Opinión | Las fuerzas del mal

La estupidez

Ha sido una estupidez porque cuando lo ha dicho en X, antes Twitter, le han venido a decir señores bien barbados eso de «date cuenta, amiga, de lo que me estás contando»

Por delante de todo deberían estar las personas y hay veces en que a determinada gente se le olvida. Yo soy de piensa bien y acertarás. El principio de Hanlon es una de esas maneras de pensar bien, puesto que enuncia lo que muchas veces es verdad y nos evita mala sangre: nunca atribuyas a la maldad lo que se explica adecuadamente por la estupidez. No se me ocurre otra cosa que la soberana estupidez como motor de la lengua, que no del cerebro, de determinado político que ha hablado de que los movimientos LGTBIQ+ colectivizan a las personas LGTBIQ+, como si eso fuera algo malo.

Podemos contar, y no parar, de acciones colectivas que han mejorado nuestra vida: la jornada de ocho horas, los días de asueto, el voto femenino y las elecciones democráticas entre esas cosas que, como cantaba Mecano, entre gritos y pitos los españolitos hacemos alguna vez a la vez. 

Aunque parezca contradictorio, esa acción colectiva también implica la elección para un cargo público del dueño de esa lengua loca del veneno de la estupidez, tan loca que se ha permitido el lujo y la osadía de hablar de unidades naturales de convivencia. Primero porque unidades naturales de convivencia hay muchas, por ejemplo, los delfines forman trimonios, tres en una unidad de destino en lo vivencial. Si hablamos de naturaleza, en ninguna especie salvo la humana se rechaza a sus miembros homosexuales. También ha sido una estupidez porque cuando lo ha dicho en X, antes Twitter, le han venido a decir señores bien barbados eso de «date cuenta, amiga, de lo que me estás contando». Que pueden ser maldades, pero que también puede ser que el concepto de pareja que él usa para sí sea un poco distinto, sólo un poco ¿eh?, que el que predica para los demás. 

Insisto que por delante debería estar la felicidad de las personas. Los colectivos LGTBIQ+ tienen como objetivo que no sea necesario predicar sobre ninguna moral que no sea comportarse honradamente y que, por ejemplo, nadie se vea forzado a casarse con quien no quiere y quizás terminar, bueno, de lenguaraz concejal que se meten en camisas de once varas predicando sobre la moral ajena. Ocultar lo que uno es para atisbar algún tipo de felicidad, al final es hacerse trampas al solitario. Lo malo es que algunos quieren que sólo juguemos al solitario.  

En este mes de Orgullos, en Porto, ha dejado una imagen potente, que dice mucho de los males terribles esos de la colectivización que predicaba el presunto señor en el armario, qué dolor, qué dolor. Un hombre, ya mayor, llamó a una manifestante y le pidió, de las dos banderas que llevaba, la de LGTBIQ+ y la de Portugal, la primera. Le dió las gracias y se envolvió en ella con las agridulces lágrimas de los años perdidos y la felicidad recobrada. Semanas después, un tribunal español ha absuelto a alguien que amenazó a una persona LGTBIQ+ con quitarle a hostias la mariconería porque no ha apreciado homofobia. 

Por delante de todo deberían estar las personas y también, por delante, las banderas que quieren proteger a las personas. Lo demás es estupidez, si no maldad.  

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