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Pascual Vera

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María Moliner, primera profesora de la UMU

María Moliner

Aunque no llegara a ser mi profesora nunca, por la sencilla razón de que cuando lo fue -docente- en la Universidad de Murcia, a este cronista aún le quedaba más de medio siglo para hacer la Selectividad, no me cabe duda de que María Moliner, profesora de la UMU en 1924 y autora del célebre y aún hoy insuperado Diccionario de Uso del Español, hubiera ocupado lugar destacado en este listado. 

Tal y como aseguraba García Márquez, María Moliner había dado a luz, en un largo parto intelectual que duró más de 15 años, un diccionario para ayudar a escribir a los escritores. A él y a todos. 

La mujer que tendía la ropa y remendaba calcetines como dedicación principal, tal y como ella misma aseguraba, «hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana». Son palabras agradecidas del Premio Nobel pocos días después de la muerte de María Moliner, acaecida en los primeros días de 1981.

Calladamente, tan silenciosa y queda como todo lo que emprendió en su vida, había iniciado su labor a comienzos de los 50, una tarea de titán en la que las cuartillas sin fin, las fichas interminables y los escritos abigarrados se iban amontonando por toda la casa ante la incredulidad de su esposo.

Inauguraba así lo que sería una tendencia a lo largo de su vida: ser la primera mujer en tantas cosas, cuando la dejaban, o rechazada, cuando las obtusas y arcaicas mentalidades machistas se negaban a admitir su valía en toda su extensión.

 La Universidad de Murcia fue de las primeras en reconocérsela, si bien por poco tiempo. En ella, María Moliner se convirtió, a finales de febrero de 1924 en la primera profesora de la institución. A Murcia había llegado con 23 años, como archivera de Hacienda, y fue aquí donde conoció a quien sería su marido e impávido -aunque asombrado- testigo durante muchos años de su enorme e inacabable quehacer en el diccionario, observando día a día cómo el trabajo iba adquiriendo unas dimensiones ingentes.

Con la llegada de la dictadura, María Moliner fue depurada en su puesto de funcionaria. La filóloga y lexicógrafa podía haber sido -debió haber sido- la primera mujer perteneciente a la Real Academia Española, pero no la consideraron así en una votación que perdió aquel mismo año, cómo no, contra un hombre. Y fue así, por la pacata mentalidad de quienes podrían haber sido sus colegas, ya que había hecho más por nuestra lengua que todos los académicos de su época juntos. María Moliner se quedó para siempre al margen de la Academia, haciendo lo que había hecho toda su vida: cuidando a su esposo, y zurciendo calcetines. Ella no se quejó, pero España perdió una oportunidad de oro en el ámbito lingüístico y de la cultura en general.

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