La Opinión de Murcia

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Joaquín Ángel de Domingo

Jueces robots

Ya lo decía Montesquieu en su obra El espíritu de la Ley: «Les juges sont la bouche de la loi». Precursor de lo que iba a suceder y no solo por la necesidad del equilibrio de poderes para que exista un Estado de Derecho, y no uno manda y los otros dos están a verlas venir, si no también por lo que está a punto de llegar al poder judicial, para al parecer adaptarse a las circunstancias actuales, quizás peligrosa, quizás pragmáticamente. Se trata de que los jueces de carne y hueso, sus señorías, dejen de pensar y escribir y que lo haga por ellos una máquina más o menos sofisticada. Y es que existe un proyecto consistente en que para determinadas sentencias judiciales ya no es necesario pensar, ni tampoco subsumir la norma abstracta al caso concreto.

Seis jueces y dos ingenieros están preparando una herramienta de inteligencia artificial para que los robots dicten determinadas sentencias, como por ejemplo un divorcio de mutuo acuerdo, una orden de desalojo de okupas o un despido sencillo. Veamos: en cuanto al divorcio de mutuo acuerdo, como uno de los progenitores después no quiera cumplir el convenio a ver qué dice el robot. La orden de desalojo de los okupas, como no haya medios para ejecutarla, a ver qué hace el robot. Y el despido nunca es sencillo. Así que, si por ahí van los tiros, será mejorable la idea. Otra cosa, por ejemplo, sería el despachar ejecución en base a un título, cuando no haya existido oposición.

No crean que estoy en contra que un robot me ponga las sentencias, pues serviría para acelerar esta lentísima Justicia y para aminorar gastos al no pagar el plus de productividad a los jueces humanos. El grupo denominado «tecnología, inteligencia artificial y administración de justicia» tiene como finalidad investigar la aplicación del ‘blockchain’ para «algoritmizar y automatizar tareas y decisiones judiciales» (cómo nos gusta decir las cosas de manera que no se entiendan). Lo traduciré: la tecnología ‘blockchain’ es un libro mayor compartido e inmutable que facilita el proceso de registro de transacciones y de seguimiento de activos en una red de negocios. Si siguen sin entender nada, no se preocupen, yo tampoco. Será que no somos robots.

Dicen que en Estonia ya son más de una decena los puestos de trabajo en que un algoritmo ha sustituido a funcionarios para racionalizar los servicios a los ciudadanos y estudian lanzar robots que hagan de jueces en casos concretos. También Wisconsin en EE UU, y China, han establecido el uso de la inteligencia artificial para resolver pequeñas cuestiones a través de algoritmos

La pregunta es la siguiente: ¿un juez artificial dictará sentencias más justas que un juez humano? Los que sostienen la viabilidad de estos robots dicen que un algoritmo no tiene por sí mismo ningún elemento de subjetividad, pues se limita a ejecutar unas ordenes, por lo que se elimina la posibilidad de interferencias por prejuicios o creencias. Sus detractores, en cambio, refieren que esta nueva tecnología tiene peligros éticos y limitaciones técnicas. Por lo que las siguientes preguntas serían: ¿quién programa al robot? ¿bajo qué ética se construye el algoritmo? y, ¿quién controla al programador y sus ideas personales?

En mi opinión, con la aplicación robótica no solo la ética puede verse afectada sino también la equidad que debe ser aplicada en toda resolución judicial que se precie. No obstante, los jueces robots, las sentencias automáticas y el asistente virtual de Apple Siri, parecen ser el futuro. Y dicho todo esto, este artículo no lo ha escrito un robot... por ahora.

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