Aunque, en su idea original para Cube (1997), Vincenzo Natali pretendía encerrar a sus personajes en una especie de purgatorio con monstruos y caníbales (sic), finalmente, por sugerencia de su amigo Andre Bijelic, decidió simplificarla al máximo para centrarse en la sensación de claustrofobia y el sufrimiento de tener que superar las pruebas (matemáticas). Cuando decidió llevar al extremo ese efecto de encierro y desesperación en su mediometraje Haze (2005), Shinya Tsukamoto también estilizó la narración, si bien recuperando esa espiritualidad a la que había renunciado Natali para hablar, de forma sutil, del dolor, la pérdida y sobre todo el miedo al descontrol existencial. Si algo deja claro el trabajo como director y guionista de Mathieu Turi en Méandre (2020) es que es muy consciente de ambas aproximaciones, pues, a la hora de abordar un punto de partida muy similar, su propuesta logra ser tan cerebral y directa como la del canadiense –e incluso más, teniendo en cuenta que la mayor parte del metraje se centra en un único personaje, Lisa (Gaia Weiss), al estilo del Buried (2010), de Rodrigo Cortés–, mientras, al mismo tiempo, resulta tan mística y tan emocional como la del creador de la trilogía Tetsuo (1989-1992-2009). 

La primera aparición de la protagonista, intentando suicidarse en una carretera olvidada, deja enseguida muy claro que la película no se va a centrar, sencillamente, en que sobreviva al laberinto de tuberías lleno de peligros mortales en el que más tarde se despierta: se trata de que desee sobrevivir, de que se haga lo bastante fuerte como para lograrlo y, sobre todo, de que nosotros, como espectadores, le acompañemos en ese tránsito y lo vivamos (y lo suframos) con ella. 

Lo que Turi hace aquí es, a nivel narrativo, tremendamente complicado. Igual que le ocurría a Cortés en Buried, o a Alexandre Aja en la reciente Oxígeno (2021), mantener la unidad de espacio reduce, en teoría, las posibilidades expresivas –habría que aclarar, no obstante, que sacar la cámara al exterior rompería la atmósfera asfixiante–, pero ahí es donde un director hábil y, sobre todo, curioso, se crece y le echa imaginación. No en vano, en los primeros compases de la historia, el francés mantiene la cámara muy pegada a Weiss para enfatizar la sensación de opresión y asfixia –hay muchos primeros planos, y alguna toma general que ayuda a transmitir la geografía del laberinto–, pero a medida que su personaje va haciéndose con la situación, y por lo tanto empoderándose, los encuadres van alejándose sutilmente de la actriz, escena a escena, hasta transmitir una mayor comodidad o, si se quiere, familiaridad hacia tan atípico entorno. También ayuda a la atmósfera el propio ritmo que Turi aplica a las escenas de Méandre, que bascula entre los momentos más tensos, en los que su heroína ha de sortear los peligros que se le presentan a contrarreloj, y una cierta relajación que busca, precisamente, generar un contraste acusado para mantener el interés del espectador.

Además, sin ser una película especialmente salvaje, el director no se corta a la hora de introducir detalles gore que sirven, sobre todo, para subrayar el peligro que se cierne sobre Lisa –aparte de que, claro, siempre son motivo de alegría para los fans del fantástico–, si bien también ayudan a dotar al conjunto de un cierto aire onírico que conecta con esa espiritualidad que, como comentaba al principio, recuerda al Tsukamoto de Haze. Y aunque el trabajo con el sonido no sea tan prodigioso como acostumbra en el director japonés –en ese sentido, recomiendo recuperar el momento en que el personaje interpretado por el propio Tsukamoto ha de avanzar agarrándose a una tubería… con los dientes–, también contribuye, sin tomar un excesivo protagonismo, a que la amenaza de la laberíntica tubería resulte creíble, tanto cuando se mantiene dentro de una cierta verosimilitud como cuando lo fantástico se va filtrando dentro de la trama. 

Sin ánimo de revelar nada de la película, es importante prestarle atención a todo lo que ocurre en Méandre porque, según su director, hay diseminadas a lo largo de la historia pequeñas semillas que germinan en su conclusión. No tengo la intención de señalarlas, sino simplemente advertir a los potenciales espectadores de que están ahí y que vale la pena mantenerse alerta