Durante la retransmisión de un partido de Primera División, el analista Alberto Edjogo se refirió al delantero Kike García –antiguo ídolo murcianista– como un «obrero del gol». Bien, disculpado el símil balompédico –porque con esto del fútbol hay sensibilidades de todo tipo–, sirva esta referencia para hablar del lorquino Pablo Guerrero, otro jornalero en lo suyo; en este caso, la televisión. Quizá su nombre, como el del delantero de Motilla del Palancar, no ocupe portadas ni atención mediática, pero nadie puede dudar de que el de la Ciudad del Sol juega en la máxima categoría por méritos propios. Y no solo eso: su estancia en la élite dista mucho de ser ‘testimonial’, pues está detrás de algunas de las producciones más importantes que se han hecho en este país para la pequeña pantalla, véase el regreso de Los protegidos y, muy especialmente, El secreto de Puente Viejo, la serie más longeva de nuestra TV.

Pero lo cierto es que a Pablo –cuyo último gran éxito ha sido Alba, adaptación de la telenovela turca Fatmagül– lo de estar en el foco es algo que parece no quitarle el sueño. «No tengo yo ese afán o pretensión de que la gente identifique uno de mis trabajos como algo ‘de Pablo Guerrero’. Me considero ‘autor’ en el sentido de que a todo lo que pasa por mis manos intento darle mi toque personal, pero, más que por una cuestión de ego, porque yo para hacer algo me lo tengo que creer. Suelo decir que me enfrento a ello como si fuera su primer espectador», sintetiza el director (y productor, según el caso). Pero en el día a día tiene claro que esto del audiovisual –y más cuando hablamos de televisión– es «un trabajo en equipo»: «Yo soy uno más de la fábrica. De una fábrica de cerámica, si quieres, pero una fábrica al fin y al cabo. El director de orquesta. Y, ante todo, un compañero».

Esa actitud, por supuesto, le ha ayudado a granjearse una gran reputación entre los profesionales del sector. Eso y que, según dice, solo tiene una virtud, pero tremendamente útil en un trabajo como este. «Yo, por lo general, me tomo muy bien la presión. Es cierto que en televisión tienes que contentar a mucha gente, y más cuando hablamos de productos como Los protegidos, que tienen una legión de fans que opinan, demandan y que se han convertido un poquito en dueños del proyecto (en el fondo, son como un cliente más). Y sí –añade–, también somos conscientes de que no solo hay expectativas en juego, también mucho dinero e intereses de todo tipo. Pero yo es que me divierto mucho en el trabajo. En el fondo, si lo piensas, somos como críos jugando a las mentiras, y cuando consigo transmitirle eso al resto del equipo todo funciona mucho mejor (porque la presión paraliza). Y, evidentemente, tenemos que ser profesionales, pero, joder, que estamos haciendo series, no buscando una cura para el cáncer».

A mí lo que me gusta es bajar a la mina: rodar, el contacto con los actores... Y, como productor, levantar proyectos. Y yo en la tele he encontrado facilidad para hacer ambas cosas

Quizá su actitud pueda a algunos parecer impostada (a quienes no le conozcan), pero lo cierto es que Pablo Guerrero disfruta mucho con lo que hace. «A mí lo que me gusta es bajar a la mina: rodar, el contacto con los actores... Y, como productor, levantar proyectos. Y yo en la tele he encontrado facilidad para hacer ambas cosas», señala cuando se le pregunta por el cine y la gran pantalla. «Encuentro superlícito que haya gente que crea en sus propias historias y que se pase dos o tres años peleando para sacarlas adelante, pero yo necesito cámaras, acción; no parar de trabajar», asegura el lorquino, quien, en este sentido, recuerda por qué siempre en más fácil llevar a buen puerto un proyecto de consumo doméstico que un largometraje: «Al final, en el cine tienes que buscarte las mañas para conseguir financiación, mientras que aquí dependemos de una plataforma, de capital privado, de un cliente para el que tienes que hacer un producto. Quizá por eso la figura del director como autor se diluye más... Pero yo soy un aventurero de todo esto –insiste–; no me considero un artista ni nada por el estilo. Lo que quiero es trabajar, y cuanto más, mejor».

De hecho, dice que lo único que le preocupa es que las historias en las que se embarque sean «creíbles». «Y que tengan cierta profundidad –añade–; que no solo sean puro entretenimiento, sino que inviten a la reflexión». Pone el ejemplo de Alba (con unas cifras de audiencia en prime time que parecen «de otra época»): protagonizada por Elena Rivera –y disponible aún en Atresplayer–, narra el caso de una joven que, tras una noche de fiesta, es agredida sexualmente por un grupo de hombres; un tema delicado que el lorquino quiso tratar «con dureza, pero sin morbo», y con el que pretendía, ante todo, «generar debate», cosa que, a tenor de la reacción en redes de los telespectadores, sin duda consiguió.

No obstante, Pablo Guerrero tiene claro que lo primero, lo imprescindible, es enganchar al público. «No olvidemos que el cine nace como un espectáculo de feria, con el único objetivo de entretener. Y..., bueno, es cierto que ir a una sala de exhibición implica cierto ritual (ir, comprar la entrada, las palomitas...), pero en televisión somos nosotros los que tenemos que llegar a las casas y convencer», recuerda. Por suerte, y aunque se reconoce aficionado al cine de autor (e incluso a industrias exóticas como la iraní), Guerrero viene de la escuela americana –«de John Ford y Howard Hawks a Coppola y Spielberg»–, donde siempre han entendido a la perfección cuáles eran las reglas del juego. Además, se define «más que como ‘cinéfilo’, como ‘cinéfago’: «Soy un devorador de películas. Siempre lo he sido, desde que era un niño». Un niño que hoy, a los 47 años, sigue jugando (y haciendo disfrutar a los demás) con un «juguete» llamado ‘televisión’.

Epifanía con Marty McFly

Pablo Guerrero (Lorca, 1975) tuvo una epifanía cuando tendría «10 u 11 años». «Yo ya iba con mi hermano a ver películas de kung-fu y westerns a los pases matinales del Cristal Cinema. También, como veraneábamos en Mazarrón, íbamos a muchas sesiones de cine de verano. Pero fue en Murcia cuando por primera vez me quedé sobrecogido por una película: Regreso al futuro (1985).

El lorquino cuenta que se quedó a cuatro pases consecutivos del clásico de Robert Zemeckis. «Mis padres estaban hasta preocupados», rememora entre risas. Por suerte, ellos fueron los primeros que le apoyaron cuando siendo todavía muy joven decidió dedicarse al audiovisual (también Paco Rabal, amigo de la familia). Recuerda con gracia cómo en sus inicios –siendo ya más mayorcito, después de pasar por la Complutense y la ECAM– le tocaba llevarle los cafés a Lola Herrera y cuánto ha llovido desde entonces.

Hoy, al amparo de una productora potente como Boomerang TV –quizá la de mayor impacto en la televisión tradicional–, se siente «importante, valorado y como en casa».