“Mucha gente tenía dudas. Un trono, ¿portado sólo por mujeres? Y, precisamente, el de la Verónica, pesado y muy difícil de llevar… Las dudas quedaron disipadas cuando cogimos la curva del Caballo. Cuando entramos en la carrera principal los palcos de blancos y azules se levantaron al ver a la Verónica. Fue emocionante, un momento único, inolvidable…”, recuerda Carmen Casalduero Jódar, mayordomo del grupo del trono de la Verónica.

En aquel entonces, era costalera del trono, ocupando el segundo varal. “Ese día, el primero en que procesionamos a la Verónica, fue espectacular. Siempre lo recordaré como uno de los días más emocionantes que he vivido dentro del Paso Blanco”. Pero Carmen también integró ese grupo de mujeres que gestó la idea. “Partió de una conversación. Así fue cómo surgió. Estábamos María Luisa Segura, María Ángeles Aragón… y yo. Hablamos de adaptar el trono –entonces desfilaba con ruedas- y ponerle andas, para poderlo llevar a hombros. Llevó su proceso, porque hubo que plantearlo al entonces presidente del Paso Blanco, Agustín Aragón, y a la presidenta de Coro de Damas de la Virgen de la Amargura, Quiqui Orcajadas. Hubo algunas reticencias por parte de muchos del Paso, pero logramos ir salvando todos los inconvenientes, los contratiempos que iban surgiendo”, cuenta.

En poco más de un año lograban su propósito. “Hubo que añadir al trono, de estilo neogótico obra del orfebre de Motril, Eleuterio Aragón, varales para poder portarlo. Los trabajos se encargaron precisamente a estos orfebres, Eleuterio Aragón e Hijos, grandes joyeros, con un resultado espectacular”.

Y así, en 2002, el trono de la Santa Mujer Verónica procesionaba a hombros de casi un centenar de mujeres. “Debajo del trono van 98 a las que hay que sumar la capataz –la primera fue María Luisa Martínez-, pero también el estandarte, los nazarenos –que llevan la peculiaridad de que quien los viste lo hace con la cara descubierta-… En total el grupo está integrado por unas 120 mujeres. Es muy vistoso por las tonalidades verdes y plata. Y el trono, con el arreglo floral, es espectacular”, recalca.

La imagen de la Santa Mujer Verónica, una talla de José Sánchez Lozano, se incorporaba a la procesión blanca en 1957. Fue adquirida por el Coro de Damas de la Virgen de la Amargura en 1950. El retraso en salir en el cortejo se debió a que durante ese tiempo se bordó en sedas el paño con la Santa Faz, que se realizaba en los talleres de la desaparecida Sección Femenina.

Inicialmente procesionó en un trono de estilo barroco de madera de caoba y tallas doradas del granadino Juan Bonor. La imagen, que este año era sometida a pequeñas tareas de limpieza por parte del Taller Municipal de Restauración, está inspirada, en sus rasgos anatómicos, en la Verónica que hizo Salzillo para la cofradía de Nuestro Padre Jesús de Murcia, en 1754. En 1974 estrenaba trono, que era parte del antiguo gótico de la Virgen de la Amargura, de 1905.

El manto de la Santa Mujer Verónica es de terciopelo verde botella y fue dirigido por el pintor lorquino Manuel Muñoz Barberán en 1975. Es la primera obra realizada completamente en hilo de plata en canutillo de la Semana Santa lorquina. La escena central del manto es el pasaje en que la Verónica enjuga el rostro de Jesús cuando iba camino del monte del Calvario. La Verónica sujeta el encaje blanco sobre el que va bordada con sedas, en la escala de grises, la Santa Faz, esto es, el rostro ensangrentado de Jesús.

El trono, de plata, es complicado de limpiar, como reconoce Carmen Casalduero. “Es muy vistoso y trabajoso de sacar a la calle, pero es una auténtica joya que plantea sus dificultades a la hora de lograr sacarle brillo. Se limpia con vaho, por lo que terminamos –en el más sentido literal de la palabra- sin aliento”. De todo lo que tiene que ver con la imagen se encarga la Comisión de la Verónica. “La imagen está muy cuidada”, asegura.

Estas mismas palabras eran las que utilizaban los técnicos del Taller de Restauración de la Concejalía de Empleo y Desarrollo Local en el informe final de restauración que realizaban hace apenas unas semanas sobre los trabajos ejecutados a la Verónica y que planteaban que sólo mostraba algunas pequeñas laceraciones debido al roce de joyas en el cuello y en las manos debidas a la instalación del paño que se le coloca. Algún desajuste de pie y mano derecha y suciedad generalizada. “Las camareras la cuidan con mucho cariño y mucho mimo. Tenía lo habitual tras el paso del tiempo”, admite.

Otra de las curiosidades del grupo de la Verónica es que las mujeres que la acompañan visten túnica de inspiración hebrea de color verde y plata y lucen el mismo peinado que la imagen. “No es nada fácil, porque hay que peinar a más de cien mujeres de forma idéntica. El primer año fue un tanto complicado, pero ahora ya tenemos práctica. Hay que peinarlas a todas, pero también colocarles el cíngulo de forma idéntica. Comenzamos horas antes para que todo esté perfecto cuando salimos, en torno a las diez de la noche”.

El trono de la Verónica es portado a hombros por mujeres muy jóvenes. “Es cierto, a las crías de 17 y 18 años les encanta salir en este trono. Hay mucha devoción por la Verónica y mucha gente nueva que cada año se incorpora”. El lugar que ocupa dentro de la procesión blanca es estratégico. “Salimos detrás del trono del San Juan y delante de la Amargura. Es todo un privilegio”.

Carmen es blanca, muy blanca, pero en su casa está muy presentes los dos colores principales de la Semana Santa lorquina. “Mi madre, Rosario Jódar, es blanca. Y mi padre, Luis Casalduero, era azul. Tienen cuatro hijos, que llevamos los nombres de los cuatro abuelos. La intención era que cada uno llevásemos no solo el nombre, sino también el color de estos, pero no lo consiguieron”. Su hermano Juan debía ser azul, como su abuelo, pero es blanco. “A Pepe le tocaba ser blanco, y es azul. Yo debía ser como mi abuela Carmen, azul, pero soy blanca…”, relata entre risas.

La insistencia en que se convirtiera en azul llevaba a que la llenasen de lazos en esa tonalidad. “Me ponían en el pelo lazos azules, pero yo me los quitaba. Recuerdo que el punto de inflexión fue cuando vi la cara de la Virgen de la Amargura. Me emocioné. Aún sigo haciéndolo. Es lo que nos lleva a todos a estar allí, junto a Ella. No puedo evitarlo, pero solo rememorando esos instantes frente a Ella, me embarga la emoción”, reconoce.

Sus primeros recuerdos como blanca los asocia con el Domingo de Ramos. “Muy pequeña y vestida de hebrea. Disfrutaba mucho. Era un día en que estábamos en la calle, jugando con los primos. Me encantaba ir todo el día vestida de hebrea”. Y lamenta que la pandemia haya reducido considerablemente la presencia de hebreos por las calles de la ciudad. “El año pasado no había tantos como antes. La pandemia ha trastocado las vidas de todos y muchos no se decidían aún a echarse a la calle porque había ciertas restricciones. Espero que poco a poco vayamos olvidando lo sucedido y volvamos a la normalidad. Estos días veo a la gente emocionada, con ganas de participar en todo, con ganas de procesiones, de desfiles… con alegría”.

Echando la vista atrás también recuerda cuando salió de esclava en la carroza del Anticristo. “A partir de ahí, siempre he estado en la Comisión de la Verónica. Primero como costalera y, ahora, como mayordomo del trono”. En Semana Santa, volviendo al ambiente familiar, disfrutan metiéndose unos con otros. “Somos todos muy cañeros, aunque siempre con respeto. Lo pasamos muy bien con los clásicos comentarios de blancos y azules. Mi hermano Pepe, su mujer Eva y sus tres hijos son azules. Nos montan unos líos…”, ríe.

El Domingo de Ramos siempre comen fuera y hay ciertas discrepancias a la hora de elegir el menú. “Arroz con pavo para los azules, y trigo para los blancos”. Le encanta ser mayordomo de palco, aunque reconoce que “siempre termino afónica de tanto gritar”. Y merienda, como manda la tradición, “cuando pasan los contrarios”.

Entre los momentos más emotivos de la Semana Santa sitúa la madrugada del Viernes Santo. “Es un privilegio pasar la noche con la Virgen de la Amargura en Santo Domingo. Esa madrugada hay que prepararlo todo para el día siguiente. Es un disfrute esa cercanía. Estar trabajando y de cuando en cuando mirar hacia lo más alto y verla. Me emociono solo de pensarlo. Animo a todas las mujeres blancas a vivir esa noche, porque es única”. Y la salida y la recogida de la Virgen de la capilla del Rosario es otro de esos instantes que considera de lo más emotivos. “Verla mientras los blancos la despiden con gritos y vitores… Cruzar la puerta de la capilla y adentrarse con los costaleros emocionados impresiona. Me impresiona cada año. En esos momentos fijo la vista en su cara y recuerdo el día en que la miré por primera vez y me convenció de que mi lugar estaba junto a ella”, concluye.