El blanco de su túnica destacaba entre los caballos de Menorca que saltaban por encima de él alarmando al entonces alcalde Miguel Navarro Molina que contemplaba la escena desde el palco de presidencia. “Llegaba a enfadarse mucho conmigo. Me gritaba: ‘Litín, que te van a matar. No hagas esas locuras’. Los caballos de Menorca eran, son, impresionantes. Saltaban de un lado al otro de la carrera. Llegaban a poner las patas por encima del graderío. No he visto animal igual”, relata emocionado el Presidente de Honor del Paso Blanco, Agustín Aragón Villodre.

Recuerda que fue a mediados de los noventa cuando, seis jinetes del Club Escola Menorquina de Ferreries participaban en la procesión del Paso Blanco. Al año siguiente se sumaban miembros del Club Hipic Sa Creueta de Es Migjon Gran. Desde entonces, es un clásico su participación dentro del cortejo blanco. Cuando habla de caballos se le iluminan los ojos. “Siempre he procesionado con las caballerías. Es lo que me ha gustado. Intentaba que los jinetes, que los caballos, lo dieran todo. En esa tarea es indispensable la labor del mayordomo. Tiene que estar atento a todo lo que pasa. He disfrutado mucho, muchísimo, en la arena de la carrera y seguiría haciéndolo si mi pierna me dejara”, señala un tanto disgustado.

Su última hazaña fue montarse en una cuadriga encarnando al emperador Octavio Augusto, uno de los personajes centrales del cortejo romano del Paso Blanco. “Tenía que hacerlo, porque el manto lleva mi efigie y quién mejor para estrenarlo”, ríe. Este personaje habitualmente desfila en un carro tirado por cinco caballos, pero era sustituido por una cuadriga, ya que fue el presidente de la cofradía que incorporaba estos enganches al cortejo blanco.

Octavio Augusto fue el emperador que decretó la elaboración del censo que obligó a José y María a trasladarse a Belén, con lo que se cumplió la profecía sobre el nacimiento de Jesús. Siete meses estuvo en el bastidor el manto de Octavio Augusto, con unas medidas de 2,90 metros de largo por 1,50 de ancho. Está realizado sobre terciopelo verde con motivos vegetales como espigas, palmetas y piñas, en oro y sedas con pedrería.

El medallón central, bordado en sedas de colores con punto horizontal que le confiere un efecto de acuarela, está situado en el tercio superior y representa el busto de Octavio Augusto con corona de laurel, armadura y manto púrpura. En el fondo del medallón se puede contemplar una cuadriga a la carrera, conducida por una victoria difuminada bordada en los tonos dorados y verdes. Sobre este medallón aparece la inscripción bordada ‘Quadrigae sunt romae’. “El manto es una preciosidad como todos los bordados que salen del taller de del Paso Blanco”, señala. Estrenó el manto, pero continuó sacándolo varios años más.

De aquel día recuerda que “me la jugaron”, mientras cuenta la anécdota sucedida instantes antes de adentrarse en la carrera. “Me dijeron que tenía que entrar en plan triunfador y que nada de correr. No había ensayado, no me había subido en un carro hacía mucho tiempo. Me llevaron hasta la Plaza del Óvalo y allí pusieron el carro para entrar en la carrera. Y alguien, no voy a decir quién, les dijo a los palafreneros que se quitaran y los caballos salieron corriendo que un poco más y termino en Murcia”, cuenta divertido.

Su maestría le llevó a parar el carro. “Me quedé clavado. La gente se sorprendía que a mi edad lograse hacer lo que hice con la cuadriga. Es más complicado para nosotros parar los carros, porque no llevamos delante ninguna carroza. Entonces, es el auriga el que tiene que hacer el trabajo para sostener el carro y que no continúe la marcha". Y es tajante cuando anuncia que le gustaría repetir. “Que me den un carro y lo saco a mis 85 años. Me gustaría sacar uno de seis caballos, pero estoy seguro que mi mujer y mis hijos no me dejarían”.

Su padre, Agustín Aragón Martínez, fue presidente del Paso Blanco, y su madre, Ángeles Villodre, también era blanca. “Mi padre me llevaba siempre a su lado. Desde muy niño salí en todo. De hebreo, romano, saque las cuadrigas, de mayordomo acompañando a los estandartes del Rosario, de la Oración en el Huerto… Pero lo que de verdad me gustaba eran los caballos. Había oído hablar de los de Menorca y allí nos fuimos a buscarlos y los trajimos, como también logramos que lo hiciera la Legión”, relata.

De pequeño se incorporó al Paso en las tareas habituales de los niños. “Limpiábamos los dorados, la plata… ordenábamos la ropa, las sandalias… Ayudábamos en todas las tareas que nos mandaban. Es una forma de aprender todo lo que tiene que ver con el Paso, con los desfiles, y a partir de ahí, decides en qué comisión te adaptas mejor”. Incluso participó de la ‘cloca’ que abre el desfile blanco y en el que se dan cita todos los niños que se incorporan a la cofradía. Le gusta procesionar. “He salido en la infantería romana, de mayordomo y de nazareno, pero lo que de verdad me llenaba era la procesión. Siempre me he considerado más procesionista que presidente”.

Es un gran estudioso de la procesión y, cuenta, que está atento a todo lo que sucede. “Me gusta aprender de los errores. Observo cada detalle y lo voy apuntando en una libreta pequeña. Aprender de los errores es fundamental, por lo que siempre anoto cualquier detalle susceptible de corregir. Un buen procesionista no solo debe ver las hazañas, sino también esos contratiempos o detalles que se pueden mejorar para lograr la excelencia”.

En septiembre pasado se conmemoraba un cuarto de siglo de la Coronación Canónica de la Santísima Virgen de la Amargura que se llevaba a cabo durante su mandato como presidente. Agustín Aragón Villodre ocupaba un lugar principal en la Plaza de España durante la conmemoración. “Me hizo mucha ilusión poder asistir al veinticinco aniversario”, como también recuerda con emoción el encuentro de presidentes que se llevaba a cabo hace largos años en la casa de Pedro Arcas en la Corredera. “Allí estábamos Agustín Aragón Martínez, Antonio Alberto Gil Arcas, Luis Mora Parra, Pedro Arcas, José María Fernández Pallarés, Ramón Mateos y yo. Fue un encuentro histórico”.

Su profesión como procurador de los Tribunales de Justicia también le llevó a ser presidente de la Hermandad de la Curia, Paso Negro. “Mi padre fue el primer presidente de los negros y años después también lo fui. Durante mi mandato se llevó a la Virgen de la Soledad desde San Mateo a la antigua colegial de San Patricio. Y al año siguiente la procesionamos por primera vez por el casco antiguo. Recuerdo que los primeros años nos acompañaban muy pocas personas. Sin embargo, ahora la procesión de la Soledad por el casco antiguo es multitudinaria”.

No puede elegir, admite, un momento de la Semana Santa. “Es difícil, porque me gusta todo”, aunque invita a vivirla en todos sus enclaves. “En la nave, donde se prepara todo; las cuadras, donde se pueden ver los ejemplares que van a desfilar; las iglesias, donde están las imágenes dispuestas en sus tronos; y la carrera. Ahí está el verdadero espectáculo”. La salida y la recogida de la Virgen de la Amargura “es una maravilla. Verla salir de la capilla del Rosario a hombros de los costaleros es un momento único”. Y rememora la salida procesional por el casco antiguo de la Amargura con motivo del veinticinco aniversario de su Coronación Canónica. “Fue algo extraordinario, como su coronación, que vivimos con intensidad en unos días, septiembre, nada habituales a desfiles, tambores y tronos”, concluye.