Opinión | Las fuerzas del mal
Enrique Olcina
Pies de barro
La fulgurante carrera de Carlos Alcaraz en Roland Garrós este año se ha acabado en los cuartos de final. Que no es que me parezca una decepción. Bastante hace y bastante promete en la pista, por lo que dicen, que yo tampoco entiendo mucho de tenis, pero llega a todo, como Nadal, tiene golpes potentes, como Nole y parece que no suda, que es la característica más destacable de Federer, porque esa característica resume la facilidad con la que lo hace todo mientras tenía al resto de sus rivales corriendo por la pista. Eso de hacer correr al rival a veces es una desventaja, sobre todo si al otro lado estaba Rafa de incansable jack russell, la raza de perro con pedigrí que parece un chucho callejero, persiguiendo la pelota. De Federer siempre admiraremos la proporción de su porte y lo regular de sus facciones, cosa que Carlos también tiene, y el pelazo. La guinda es el blanco Wimblendon, que nadie lo ha vestido como él. Vistes de ese blanco a los demás y parecen un francotirador serbio haciendo de blanco móvil, un payés de domingo o, como en el caso de Agassi, un inglés, sí, pero perdido en una fiesta ibicenca. Lo del blanco, lo de no sudar y lo de no perder la sonrisa cuando perdía nos dibuja al más británico de los suizos.
Con lo de Carlos Alcaraz, aun con su pluscuamperfecta ejecución en el Master de Madrid, se demuestra que en este país somos muy de poner altares muy rápido, altares que luego convertimos en autos de fe que arden como fallas porque los fallos de los santos que encumbramos tan de súbito nos pillan de sorpresa, a pesar de que se veían venir y algunos avisábamos. Sin ser Alcaraz un semidiós ni haberse vendido como tal, lo pusimos como el relevo que ya estaba aquí del que aún a estas horas, cuando les escribo esto, está todavía en el torneo, que no es otro que Nadal, ese señor camino de los cuarenta que cumple con dolores y solvencia el trámite de ganar casi todos los años la única misa por la que París lo vale . Ese santo seguro, por ahora, al que nos encomendamos en la arcilla, vio con cierto hastío lo volátil de ciertos fervores.
Esos ídolos y esos altares tan rápidamente construidos tienen pies de barro y, como en el caso de Alcaraz, se les encumbra sin el consentimiento del santo súbito. Alcaraz quiere bajarse de esos altares, porque sabe que hay peanas que son precipicios, sobre todo si sus barandillas están hechas de fervor fan y no de éxitos tangibles.
El caso es que unos caen y otros, inexplicablemente, se quedan sujetos en el aire ausente como misterios de levitación, como eremitas del funambulismo. Escalan a esos altares a fuerza de gestos, aspavientos y otras maneras de acaparar el vacío y se sienten, cuando se encumbran, reyes del mundo. Y lo peor es que nosotros les dejamos que lo sean.
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