De las imágenes de Salzillo a las máscaras del Carnaval

09.02.2016 | 15:00
Imagen antigua de Murcia

A comienzos del año 1877, cuatro académicos de la Historia de San Fernando realizan un completo inventario de imágenes de Salzillo que se encuentran en parroquias, conventos y casas particulares de la ciudad de Murcia. Esta relación que, en su día, estuvo depositada en la Real Academia de la Historia, nos sirve para hacernos una idea de la riqueza imaginera que había en esta ciudad antes de los tristes sucesos de 1931 y 1936, donde se destruyó la mayor parte de este riquísimo patrimonio. La relación que hicieron aquellos académicos del Siglo XIX es esta:

«La Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno posee los pasos de La Cena, Oración del Huerto, Prendimiento, Los Azotes, La Caída, La Dolorosa, Verónica y San Juan. La Santa Iglesia Catedral: San Gerónimo. La iglesia parroquial de San Antolín: La Divina Pastora, San Antonio y Santa Bárbara. La iglesia parroquial de San Andrés: San Roque, San Pedro de Alcántara, Santa Lucía y San Eloy. La iglesia parroquial de San Miguel: San Francisco de Asís, La Purísima Concepción, San Miguel y la Sacra Familia. En la iglesia parroquial de El Carmen: La Purísima Concepción, Santa Teresa de Jesús, Santa Ana y San Joaquín. La iglesia parroquial de Santa Eulalia: Cabeza de un santo mártir y Cabeza de una santa mártir. La iglesia de San Agustín: San José, dos ángeles adoradores y cuatro ángeles de la custodia. En la iglesia de Santo Domingo: San Pío V, San Antonio, San Joaquín y San Francisco de Asís. En la iglesia del Hospital de San Juan de Dios: San Rafael y dos ángeles adoradores. En la iglesia de la Merced: San Pedro Nolasco y San Serapio. En la Comunidad de las Madres Capuchinas: San Francisco de Asís, Santa Clara, San Juan Nepomuceno, San Roque (boceto) San Ignacio de Loyola y un Santo Cristo.

En la Comunidad de Madres Verónicas: San José, San Francisco de Asís, San Roque y un Niño Jesús. En la Comunidad de Madres de Santa Clara: San José. En la Comunidad de Madre de Dios: La Purísima Concepción y San Jorge». Los académicos firman el acta haciendo constar en la misma que los nombres de iglesias parroquiales y conventos que figuran en la relación son los propietarios de dichas imágenes.

El ayuntamiento de Murcia remodeló la Glorieta en una noche
Curiosa, cuando menos, el acta del Pleno celebrado en el ayuntamiento de Murcia el día 5 de enero de 1919. En esa sesión municipal se alaba la reforma llevada a cabo en la Glorieta por el alcalde de la ciudad, Hernán García. Según consta en el acta, la noche del 30 de diciembre del año anterior, «la primera autoridad municipal hizo desaparecer la verja y árboles de este jardín», cosa la cual, se destaca en el Pleno, se realizó durante toda la noche y cuando amaneció fue del agrado de todos los murcianos ante el nuevo aspecto que presentaba la Glorieta. También en esa misma sesión del Pleno se aprueba cambiar el nombre de la calle La Corredera por el de Simón García (que permanece en la actualidad)

Cultos de desagravio a la Fuensanta
La noche del 12 de enero de 1873, según refieren las crónicas, el Santuario de la Virgen de la Fuensanta fue profanado y robadas todas las joyas que portaba la patrona de Murcia. Por este motivo al día siguiente, la sagrada imagen, fue trasladada de manera secreta en un coche hasta la Catedral para celebrar una gran función religiosa de desagravio. Acto que tuvo lugar el domingo día 26 de ese mismo mes. Tuvo lugar una procesión claustral con la imagen de la patrona y una misa ´mayor´ a gran orquesta.

Ya por la tarde hubo predicación a cargo del misionero jesuita Santiago Fernández. Tras aquel suceso, los murcianos, se volcaron con la patrona y así queda registrado que el Ayuntamiento dio mil reales para la reposición de joyas. La Marquesa de Corvera, un bastón de general, ya que el que llevaba la imagen había sido robado.

Con todas las limosnas recogidas el platero oficial del Cabildo Catedral, José Gascón, de nuevo una corona, rostrillo, corona para el niño y un cetro. Los dibujos y diseños de las coronas fueron realizados por el pintor madrileño Eduardo Rosales, ayudado por el arquitecto murciano José Marín Baldo. Como dato al margen dejamos constancia del agradecimiento de Eduardo Rosales a la patrona de Murcia, a la que dedicó un magnifico dibujo del que, después, se hicieron numerosas copias litográficas del mismo.

Rosales estaba enfermo de tuberculosis y alguien le recomendó el clima de Murcia para curar su mal. Vino a nuestra ciudad en 1872 y residió en las casas aledañas al Santuario, pues le dijeron que el clima de la sierra le vendría muy bien a su dolencia. El célebre pintor realizó todos estos trabajos de manera gratuita y altruista, pues estaba muy agradecido a la Fuensanta y decía encontrarse muy bien de su enfermedad desde que vivía a su lado. Tristemente, el artista, falleció en septiembre de ese mismo año, 1873, y nunca vio terminada la corona que había dibujado a nuestra patrona. Eduardo Rosales murió cuando no había cumplido todavía los treinta y siete años.

Prohibición de vender y comer higos chumbos
En el verano de 1772 el regidor de la ciudad de Murcia, Antonio Rocamora, informa al Concejo que «de un tiempo a esta parte se viene advirtiendo la venta abundante de lo que llaman higos chumbos o también de pala, de tal manera que, aficionadas las pobres gentes a ellos, los comen con excesos y se suscitan muchas enfermedades y aun algunas muertes, según me tienen informado algunos médicos.

En consecuencia, debiéndose precaver estos daños tan graves y notorios a los que está expuesto el común y principalmente los muchachos que, por su corta edad, no les previenen, acuerdo con todos ustedes prohibir totalmente la venta de dichos higos tan perjudiciales para todos los vecinos de esta ciudad».

Rogativas contra las plagas de langostas
El año 1753 se caracteriza por la ruina que supuso la aparición de una plaga de langosta que acabó prácticamente con todos los cultivos en la huerta y los campos de Murcia.

En la primavera, el Cabildo Catedral y Concejo tomaron la decisión de realizar rogativas para solicitar la intervención divina y poner fin a tanto desastre. Murcia, Cartagena y Lorca estaban arruinadas y no había cosecha alguna que recolectar. Con este motivo, y movidos por la fe, se decidió realizar una magna rogativa el domingo 8 de abril.

Consistió el acto en una solemne procesión con la Virgen de la Fuensanta y san Agustín. Asistieron a la misma el deán de la Diócesis de Cartagena, el Cabildo de la Catedral y las corporaciones de las ciudades afectadas. Desde un gran tablado que se levantó frente a la casa de los corregidores, Casa Consistorial de la ciudad de Murcia, se bendijeron solemnemente los campos para conjurar la plaga de langosta.

Distintos escenarios para el Carnaval
A comienzos del pasado siglo XX, el Carnaval no pasaba tan desapercibido en la ciudad como lo puede hacer hoy en día, aunque ahora, estas manifestaciones lúdico festivas se han trasladado a muchas pedanías, pero entonces tenían su escenario propio en la ciudad donde, además, según quienes los frecuentaban, se repartían en lugares muy concretos.

La fiesta donde se daba cita la sociedad murciana más pudiente y aristocrática tenía lugar en el Casino. Todo era lujo y glamour. La orquesta se colocaba en una tribuna encima de la entrada principal del salón Luis XV y se interpretaban valses de la familia Strauss, Frank Lear, valses lentos e incluso el baile más popular, foxtrot, que por aquellos años comenzaba a hacer furor.

Eso sí, nadie acudía disfrazado. Los disfraces estaban prohibidos. Solo estaba permitido un antifaz o bien de los pequeños o de esos otros de estilo veneciano que, incluso, algunos se hacían traer de la propia ciudad de los canales. Trajes de etiqueta para ellos y largos para las damas con generosos escotes, tules y sedas.

El baile más sobresaliente tenía lugar el martes, tal día como hoy, segundo de carnaval y víspera del miércoles de Ceniza. Comenzaba sobre las ocho de la tarde y finalizaba a la salida del sol. Vinos y licores de las mejores marcas y a medianoche una cena de pie, servida por camareros vestidos ´a la Federica´, con los primeros canapés que se elaboraron en Murcia copiando la popular cocina francesa. Huevo hilado, caviar, salmón y quesos y embutidos de las mejores marcas de importación.

Otro escenario escogido por los murcianos era el Teatro Romea. Aquí acudía la llamada clase media y especialmente artistas y bohemios. El baile de disfraces, o fiesta de Carnaval, estaba organizada por el Círculo de Bellas Artes. aprovechaba esta velada para recaudar fondos para el desaparecido círculo y los artistas murcianos de la época pintaban panderetas, donaban cuadros y esculturas que luego se rifaban entre los asistentes.

Esta fiesta, también, se celebraba el martes y algunos años la víspera, lunes de carnaval, se organizó el baile de la Federación de Comerciantes, hoy desaparecida como el Circulo de Bellas Artes. A esta cita acudían muchísimos murcianos, ya que las entradas para esta velada se vendían en todos los comercios del centro e incluso se distribuían entre amigos y familiares. Estas veladas del Romea eran mucho más permisivas que las del Casino, mucho más exclusivas, y aquí si se podía acudir disfrazado. No se servía cena fría ni caliente, pero si se consumían bebidas.

Luego, por último, estaba el Teatro Circo Villar. Las fiestas de carnaval aquí eran mucho más permisivas. Mas procaces y atrevidas. Todo el público acudía disfrazado y la música que allí ejecutaba la orquestina eran valses también, chotis, el fox lento, pasodobles y sobre todo el tango que ya comenzaba a hacer furor.

Aquí en este recinto, con entradas mucho más asequibles para todos los bolsillos, acudían personas de toda condición social que pasaban desapercibidas bajo el disfraz y la máscara. Incluso las más conocidas prostitutas de la ciudad hacían su agosto en pleno mes de febrero pues utilizaban los rincones más escondidos del recinto teatral para ejercer el oficio más viejo del mundo.

Recordando estos bailes de Carnaval del Teatro Circo, en la desaparecida Hoja del Lunes, el periodista Carlos Valcárcel Mavor hablaba de la gran cantidad de ropa interior femenina que las limpiadoras encontraban a otro día del baile en los rincones más insospechados. Todo estaba permitido. Estos bailes, en los escenarios referidos, se celebraban de noche lógicamente.

Durante el día, el Carnaval, se vivía en la calle con escenarios muy concretos y diferentes. El desaparecido parque de Ruiz Hidalgo (en la foto) era el lugar elegido para el paseo elegante de coches y carruajes. Adornados con confetis y serpentinas, flores y ramas de pino y limonero, iban tripulados por las jóvenes de la llamada ´buena sociedad´ que desfilaban por el parque. Una orquestina amenizaba la tarde. Disfraces discretos y tradicionales.

Algunas comparsas con instrumentos interpretando las canciones de moda en la época y el galanteo de jóvenes y menos jóvenes que buscaban amores y aventuras bajo el disfraz o el antifaz. Luego estaba el Plano de San Francisco, desde el inicio del Malecón hasta las puertas del citado parque de Ruiz Hidalgo. Paseo también de máscaras con aspecto y comportamiento más soez y permisivo.

Bromas, incluso de mal gusto, que molestaban a los viandantes. Consumo de vino, principalmente, en botas y pellejos. Borracheras sin control (luego dicen que el ´botellón´ es un invento de estos días) y comportamientos que, según leemos en el desaparecido Diario de Murcia, obligaban a intervenir continuamente a la autoridad. Eran estos lugares donde también se ejercía la prostitución sin esconderse de nadie y amparados por el disfraz.

Caso muy sonado fue, en aquellos días de finales del siglo XIX el de una hermosa mujer que ataviada con un disfraz de Colombina hacía el amor con un joven al comienzo del Paseo del Malecón tras unos árboles. Al ser sorprendidos por los guardias que vigilaban el orden, y obligados a descubrirse, se encontraron con la nada agradable sorpresa que la bella colombina era la joven mujer de un insigne murciano de la alta sociedad, cuyo marido le doblaba la edad y que, a esas horas, se encontraba muy lejos de allí. En fin, cosas del Carnaval. Nada nuevo por otro lado. Los tiempos cambian y con ellos las modas, pero las costumbres siguen siendo las mismas.

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