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Alfonso Ros Campos

Cartagenero, de la cosecha del 63, funcionario en la Universidad de Murcia y sindicalista.

Sobre este blog de Sociedad

La actualidad de nuestra Administración y la cruda realidad en la que desarrollamos nuestro trabajo las Empleadas y Empleados Públicos, desde un punto de vista irónico, malintencionado y totalmente subjetivo


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  • 06
    Mayo
    2014

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    NO SIN MI MÓVIL

    Reconozco que, como nunca he sido muy hábil en el manejo de las nuevas tecnologías, siempre me he mostrado reacio a asumir los cambios que han supuesto en nuestro quehacer cotidiano, tanto con su implantación como en su continuo desarrollo.

    Primero me negaba a llevar siempre en el bolsillo un teléfono móvil. ¿Para qué quería estar continuamente localizado? Se perdía intimidad, estabas trabajando todo el día porque no te dejaban vivir llamándote a cualquier hora y además, no tenías excusa para no responder o estabas obligado a devolver la llamada posteriormente, porque se quedaba el número grabado. Tardé varios años, pero al final tuve que aceptar la realidad y dejarme llevar por el progreso. Ahora llevo un cargador en el coche, tengo otro en el despacho y tiemblo sólo de pensar lo desamparado que estaría si me quedo sin batería o si pierdo mi teléfono móvil (una auténtica pesadilla).

    Pero no crean que la cosa ha sido simple, mi móvil-adicción ha sido progresiva y lenta. Primero fue un contrato de prepago (¿Para qué quería más? Mi móvil era sólo para emergencias), luego caí en las redes de una compañía telefónica con un contrato de permanencia (renovación de terminal, llamadas más baratas, etc.) y posteriormente comencé mi peregrinación cambiando de compañía telefónica cada dos años para ir renovando mi teléfono que cada vez tenía más prestaciones (y que por cierto, yo no tenía ni idea de cómo utilizar).

    Al principio, me aprendí las funciones básicas, como llamar, descolgar, mandar un mensaje o actualizar la agenda de teléfonos (que poco a poco, fue llenándose con los nuevos contactos), pero llegó un momento en el que necesitaba “más capacidad” en mi teléfono, tenía que cambiar de nuevo el terminal y conseguir (mediante cambio de compañía, por supuesto) uno más potente, con tarjeta de memoria, cámara de fotos, flash incorporado, linterna, infrarrojos, bluetooth, auriculares, radio, música, juegos y las veinte mil chorradas que nunca llegué a utilizar.

    Pasé por varias compañías de telefonía móvil, varias marcas y modelos de teléfono hasta que las circunstancias y mi fobia a los avances tecnológicos me hizo estabilizarme. Descartada Movistar, (que tiene cobertura en toda España, menos en mi casa) y las otras compañías que utilizan sus repetidores, me quedaban un par de empresas con las que contratar (Orange y Vodafone). Como ya me había aprendido el sistema de funcionamiento de Nokia, me declaré fiel seguidor de la marca y en cuanto al modelo, tenía claro que las únicas prestaciones adicionales que necesitaba eran el bluetooth (para el manos-libres del coche que me regaló mi familia) y una buena cámara de fotos incorporada. ¿Internet? Para eso estaban los ordenadores.

    Así pasé varios años, hasta que aparecieron los smartphone, esos que llaman “teléfonos inteligentes”. Mis amigos y compañeros recibían el correo electrónico en el teléfono, consultaban en Internet, chateaban en facebook y se descargaban miles de aplicaciones adicionales con las que mi Nokia y yo no podíamos ni soñar. Para colmo, desarrollaron el whatsapp, todo el mundo se instaló la aplicación y se dedicaban a mandar mensajes gratis, mientras yo sólo podía enviar SMS.

    Hubo un momento en el que hasta mi trabajo empezaba a resentirse de mi retraso tecnológico. Me enteraba tarde de las noticias y de mis correos, no podía consultar en Internet hasta que llegaba a mi despacho y encendía el ordenador, no podían contactar conmigo, etc. Pero lo que me hizo tomar la decisión definitiva (porque cabezón, soy un rato) fue lo que me ocurrió en la Navidad de este año. ¿Saben ustedes lo que es no recibir ni un triste mensaje de felicitación? Todo el mundo enviándose divertidas felicitaciones por whathsapp y yo, con los sosos SMS de toda la vida. Así es que decidí que era el momento de rendirse y aceptar que las nuevas tecnologías se apoderasen de mí. Cambié de compañía (de nuevo), me dieron un smartphone (de Nokia, para mantener la tradición), contraté voz y datos (para acceder a Internet) y me instalaron en mi nuevo teléfono (yo sigo sin saber cómo se hace), un GPS, el correo electrónico, el wathsapp y ya puestos, el facebook.

    Ahora soy un hombre nuevo, estoy al día., puedo leer mis correos electrónicos al momento, consultar mi agenda, navegar por Internet, ir a todos lados (sin perderme) con mi GPS, hacer fotos de máxima calidad y “wathsappear” con mis contactos (el pasado jueves, por ejemplo, recibí más de cien mensajes de felicitación por mi cumpleaños) ¿Qué más puedo pedir? Ah, claro, que no se me gaste la batería, que no se me pierda o se me rompa el teléfono hasta dentro de dos años, como mínimo (por lo de la permanencia obligatoria) y sobre todo, que mis amigos comprendan que para mi, es imposible estar todo el día consultando y respondiendo mensajes con el móvil. Perdonad, pero es que todavía no me he acostumbrado.

    Besos

     

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