María Alfonsa Aragón Pallarés dejó un legado que sus tres hijos, Ángel, Regino e Ignacio, cumplen a rajatabla. Lo hacen por amor a su madre, ‘Marisa Aragón’, como todos la conocían, pero también por el cariño que sienten por el Paso Blanco, algo que sus padres les inculcaron desde el mismo instante que llegaron al mundo. La víspera del Domingo de Ramos la casa familiar de la Plaza de España se abría de par en par y comenzaban los arreglos para recibir la bandera del Paso Blanco. “En tiempos de mi madre era como un ceremonial. Se preparaba cada una de las estancias, venían de la floristería para hacer arreglos de flores, palmas y olivo en los balcones y se preparaba un ágape para todos los que vienen en ese día que son muchos. Aquí se dan cita familiares, amigos… las puertas están abiertas para todos los que quieren vivir un momento único, porque tener la bandera del Paso Blanco en el balcón de tu casa es el mayor orgullo que puede tener un blanco”, cuenta Ángel García Aragón.

Es blanco desde el mismo instante en que nació, pero ya lo era mucho antes. “Mi padre, Ángel García Martínez, era blanco, y mi madre, María Alfonsa Aragón Pallarés, blanca, por lo que no había dudas desde antes de nacer cuál iba a ser mi color. Nuestra familia es blanca por tradición”. Echa la vista atrás y recuerda a su abuela Salvadora Pallarés. “Fue presidenta del Coro de Damas de la Virgen de la Amargura durante catorce años”.

En aquella época “las cofradías no tenían como ahora grandes espacios donde bordar, guardar sus enseres… En los bajos de mi casa se terminó de montar el manto de David. Recuerdo cuando acudía con mi abuela, con mi madre, al Palacio de Guevara, a la casa de Concha Sandoval. En sus arcones se guardaban muchos enseres del Paso Blanco. De aquellos días, tengo imágenes que conservo en mi memoria viendo cómo se iban sacando de los ‘cofres’ con mucho cuidado”. Y rememora juegos de chiquillos por el viejo Santo Domingo. “Estábamos allí todo el día. Santo Domingo se comunicaba con el convento de la Salle. Por la parte de atrás había un agujero por el que te podías meter. Mi hermano el pequeño lo hacía y yo tenía que ir a buscarlo por aquellas, entonces, ruinas”, relata.

El Domingo de Ramos le trae a la memoria imágenes siendo aún muy niño. “La primera vez que me vistieron de hebreo era muy pequeño. Probablemente, ni siquiera andaba, porque me llevaba mi madre en brazos. Desde entonces, he ido de hebreo. No recuerdo un Domingo de Ramos sin vestir la túnica de hebreo. Pero no solo yo la vestía. Salíamos toda la familia. Mis padres, mis hermanos, mis primos, mis tíos… Ese día nos juntábamos muchísimos y comíamos, como manda la tradición, trigo”.

No es de extrañar que en su casa haya muchas túnicas de hebreo. “Muchas, y de todos los tamaños. De hecho, este año, no encuentro la que habitualmente me pongo, probablemente la llevé a la tintorería y se me olvidó recogerla, y me pondré una que estos días encontraba y que hacía mucho tiempo que no lucía”. Comparte su vida con Ana, una azul muy azul, como también lo es su hija María, mientras que Ángel, su hijo mayor, es blanco. “María es muy azul. A mi madre le encantaba tener una nieta azul. Decía que si era azul tenía que ser muy azul. Nosotros, los blancos de la familia, salimos de hebreos, y ella lo hace de egipcia”, relata.

Este Domingo de Ramos vuelve a tener la bandera en el balcón principal de la casa familiar en la Plaza de España, conocida como del Coronel Potousse. “Llevamos acogiendo la bandera del Paso Blanco en nuestros balcones muchos años. Antes del terremoto ya lo hacíamos. Tras él, la casa tuvo que ser sometida a una profunda rehabilitación, porque quedó muy dañada. Cuando concluyeron las obras nos pidieron volverla a poner y para mi madre y para nosotros fue una inmensa alegría, porque tuvimos la oportunidad de rememorar tiempos pasados y abrir la casa al Paso Blanco y a todo el que quisiera venir”, reseña.

Y agradece al Paso Blanco la distinción. “Para nosotros es un orgullo muy grande que traigan la bandera. Es emocionante. Y especialmente desde que falta mi madre. Ese día y durante los preparativos nos acordamos mucho de ella, porque lo vivía con mucha ilusión. En casa el Domingo de Ramos es como Nochebuena. Nos reunimos toda la familia, los amigos… la casa se viste de fiesta, se prepara una buena mesa. En este día nos acordamos de mi madre, pero también de mi tío Regino y de mi abuela Salvadora”.

Tras la recogida de bandera participarán de la procesión. “Siempre hemos ido todos al desfile con nuestra palma. Es una tradición que cumplimos. Ahora somos muchos más, porque se suman mi hijo, mis sobrinos, mi sobrina… Nos juntamos un buen número de hebreos”, ríe.

Con ilusión también vive ser costalero del Cristo del Rescate. “Llevo portándolo a hombros casi cuarenta años. Muchos heredaron su puesto de su padre. No fue el caso, porque mi padre falleció cuando yo era muy joven y él nunca salió con el Rescate. Para mí es muy importante. Le tengo una gran devoción. De costaleros salimos mi hermano Ignacio y yo. Nuestros hijos han salido en la ‘cloca’ del Rescate y esperamos que algún día ocupen nuestros puestos debajo de los varales”.

Cuentan en la familia con una túnica de los Mayordomos de la Amargura. “Un año la saco yo, y otro, mi hermano Ignacio. Me gusta salir acompañando a la Virgen de la Amargura en este grupo porque el lugar que ocupan es privilegiado. Vas detrás de la Virgen y eres testigo del fervor que sienten por ella. Le gritan vivas… Y contemplas como nadie esa lluvia de pétalos cuando desfila por la carrera”.

Pero también participa de la procesión de la titular de la Hermandad de la Curia, Paso Negro, que procesionaba en la noche del Sábado Santo por la vieja ciudad. “Siempre he participado de esta procesión que transita por debajo de los balcones de nuestra casa. Siendo estudiante de Derecho portaba el trono de la Soledad. Entonces, lo hacían solo estudiantes”.

El palco es para él algo muy especial, “casi una filosofía de vida”, al que –admite- hay que ir bien pertrechado. “Vamos más de una veintena entre hermanos, primos, sobrinos… Es muy divertido. Disfrutamos con los clásicos ‘piques’ entre blancos y azules. Y llevamos una buena merienda que nos comemos cuando pasan los azules. No faltan los bocadillos de jamón, pastel de carne, empanada, cerveza, vino… Como tenemos ‘bula’, pues se puede comer embutido. Estamos al lado de la Peña la Virgen Guapa. Te puedes imaginar… Una locura. Estás muy entretenido toda la procesión”.

La recogida de la Virgen de la Amargura la vive de una manera muy especial y, mucho más, desde que falta su madre, por la gran devoción que ésta le profesaba. “Nuestro lugar es privilegiado. Estamos junto a la Amargura toda la procesión y la recogida que nosotros vivimos es única, porque somos testigos de la llegada a la Capilla del Rosario y presenciamos el instante en que se adentra en su templo. Es muy emocionante. Impresiona todo el conjunto. El trono es una auténtica joya, como lo es la imagen y el manto, pero también los grupos de nazarenos que la acompañan. Creo que no se puede vivir con plenitud la Semana Santa lorquina sin presenciar la salida y recogida de la Amargura”, concluye.