La historia de los pueblos vive en sus tradiciones, en los ritos que se renuevan como las estaciones y nos hacen recobrar la plenitud de su esencia transformando lo cotidiano y convirtiéndolo en magia. Todos los años, por primavera, la Semana Santa de Lorca transforma la avenida Juan Carlos I, la principal arteria de la ciudad, en un gran espacio escénico donde se dan cita la pasión, el sentir popular, el espectáculo… Pero como todos los espacios escénicos sufre y goza lo efímero, y tras el acto mágico de la representación vuelve el fluir de los días, del tiempo, decía el que fuera alcalde de la ciudad, Miguel Navarro Molina.

Sus palabras llegaban con ocasión de la inauguración del monumento que se erigía en la puerta misma de la avenida. Un monumento “que representa en piedra, que fija ante los ojos de los ciudadanos la huella del rito”. Sobre la Plaza del Óvalo se eleva la cultura de María Dolores Fernández Arcas dedicada a uno de los símbolos más relevantes de la Semana Santa, el caballo que evoca los gritos y vivas de blancos y azules. Y bajo el ‘Caballo del Óvalo’ -como se refieren la mayoría a la amazona sobre un caballo, en corbeta, cuyo personaje es la figura alegórica de Lorca, Eliocroca, ‘Ciudad del Sol’, que lleva en su mano izquierda un sol radiante-, ocurre todo.

El ‘caballo del Óvalo’ ve pasar a sus pies estos días a reyes y reinas, princesas, emperadores, farones… que desfilan a caballo, en carros y carrozas. Y entre los que toman la curva del Óvalo con desenfreno está Marco Aurelio Valerio Majencio. El emperador romano de Occidente no es otro que el auriga Pedro García Martínez, uno de los jinetes más veteranos del cortejo blanco. Encarnando a Majencio levanta a su paso no solo al graderío afín, sino también, al contrario. No hace aspavientos, no pierde la concentración, no saluda a nadie… centra la mirada en la carrera y al galope la ‘toma’ como si estuviera en el circo de la antigua Roma. Dicen los que le conocen que habla con sus caballos. Que les susurra antes de salir. Que mientras ‘reina’ en la carrera y levanta la arena a su paso les llama por su nombre para alentar su paso al mismo ritmo. Majencio desfila siempre con una siga. Es, admite Pedro García, el carro más difícil de dirigir. “Llevar una siga requiere mucha destreza, porque los seis caballos tienen que galopar al unísono”.

En la antigua Roma los aurigas eran auténticos héroes para el pueblo, como lo son en Lorca. Uno de los más famosos fue Gaio Apuleyo Diocles, de la época del emperador Adriano, que tuvo una trayectoria de casi 25 años durante la que ganó 1.462 carreras de las más de 4.000 en las que participó. Se retiraba con 42 años y más de 35 millones de sestercios que hoy equivaldrían entre 10 y 15 millones de euros. Le ganaba en carreras Scorpus, con 2.000, aunque éste era esclavo.

El Majencio del cortejo blanco echa la vista atrás para recordar sus inicios. “Mi padre salía siempre en los enganches del Paso Blanco por la Corredera. Desde muy pequeño le acompañaba. Le miraba con envidia sana, soñando con poder montarme en un carro y participar, como él, en el cortejo. Entonces, se salía desde la posada, junto a San Mateo. Tenía once años cuando por primera vez me monté en un tronco. Recuerdo que iba tirado por un caballo y una yegua. Aquello me pareció una locura. Todavía, hoy, me parece un sueño”, admite.

Nunca ha faltado a esta peculiar cita. Ni siquiera cuando hizo el servicio militar. “La hice en Canarias. No cogí permiso alguno para acumular días suficientes para venirme justo para montarme en un carro”. Ha desfilado con troncos, de dos caballos; trigas, de tres; cuadrigas, de cuatro; y sigas, de seis. “Y alguna vez he sacado quintiga, con cinco caballos. Pero, repito, las más complicadas son las sigas”. En esta última es habitual verlo encarnando a Magencio, pero también lo hace con Licinio, aunque en este carro tirado por cuatro caballos. Valerio Liciano Licino fue el emperador romano rival de Constantino I el Grande.

El emperador, junto a Constantino, pasaba a la historia por promulgar conjuntamente en el 313 el ‘Edicto de Milán’, por el que se decretaba la libertad de cultos en todo el Imperio. Se reconocía así a los cristianos el derecho a celebrar sus cultos y se restituían los bienes eclesiásticos. Pero Pedro García no es solo auriga. También pone a disposición del Paso Blanco los caballos de su cuadra. “Salimos encarnando a personajes de la Antigua Roma, pero detrás hay mucho trabajo que comienza cada día muy temprano y que se extiende hasta bien entrada la noche. A primera hora, suelo acudir a las cuadras de la nave de la Velica. Hay que atender a los animales. Están en un sitio desconocido para ellos y hay que visitarlos para darles tranquilidad. A última hora de la noche vuelve a darle una nueva vuelta. Y mientras hay que preparar todo para engancharlos. Es un trabajo de mucha precisión, porque no puede fallar nada”, reconoce.

El paso por la carrera, admite, es un subidón de adrenalina. “Entras por el caballo del Óvalo y sin darte cuenta estás en Floridablanca. La carrera se hace muy corta, pero es muy emocionante. Cuando voy en el carro oigo gritar y vitorear desde los palcos, pero tienes que tener todos los sentidos puestos en las riendas, en los caballos… No queda tiempo para nada más, ni para estar atento a nadie”.

La carrera secundaria es diferente, cuenta. Allí, turistas y visitantes disfrutan de una mayor cercanía con los personajes que integran el cortejo. “No paran de pedirnos que nos fotografiemos con ellos. Se acercan a los carros y ven a los caballos. Para los lorquinos es algo normal, pero para la gente que viene de fuera es toda una novedad ver a personajes de la antigua Roma desfilando en carros de la época”, ríe.

Está a punto de cumplir medio siglo desfilando en el Paso Blanco. “Debo de ser uno de los mayores, si no el más veterano de los que procesionan con carros”. Y agradece la confianza que siempre han depositado en él. “Suelen pedirme que saque las sigas, sobre todo, el Viernes Santo”. Esto le lleva a que nada más dejar el carro se quite el traje de romano y se ponga la túnica, ya que es costalero de la Santísima Virgen de la Amargura. “Eso es otro mundo. Llevar a la Virgen de la Amargura a hombros es el mayor de los honores. Me emociona solo pensarlo. Me meto debajo del trono y te relajas. Soy muy creyente y durante ese recorrido mantengo un diálogo continuo con la Virgen. Le das gracias por lo que tiene, por la ayuda que te presta… Le pides consejo… Cuando llegas a Floridablanca y enfilas el tramo final me rompo por dentro. No puedo evitar que las lágrimas hagan aparición, porque para un cristiano llevar a su Virgen a hombros es lo algo único”.

Tiene auténtica pasión por los caballos. Este año lo tendrá algo más difícil. Hace solo unas semanas mientras cargaba reses bravas una de ellas le embistió, provocándole una gravísima cogida que le llevó a pasar más de tres horas y media en el quirófano. Sin embargo, es contundente: “Fue una cornada salvaje, pero espero subirme a un carro. No puedo faltar a mi cita anual. Iré vendado y, quizás, no pueda llevar una siga, pero lo haré con una cuadriga. Ya se verá”. Y entre los instantes más emocionantes que recuerda en la arena están los que ha compartido junto a su hija mayor, Verónica. “Es muy buena auriga. Estrenó una de las cuadrigas. Aquel día yo llevaba una siga y ella una cuadriga. Fue un día memorable, para recordarlo siempre”.

No duda cuando asegura que un instante único de la Semana Santa lorquina es la recogida de la Amargura. “Se desatan las pasiones. Parece imposible lograr adentrarse con el trono en Santo Domingo, pero se consigue. El regreso de la Amargura a su templo es emocionante. Es el final, pero también el principio, porque comienza todo para volver a vivir una nueva Semana Santa”, concluye.