Las lágrimas brotan de sus ojos mientras apoya sus manos repletas de arrugas en la barandilla del balcón. A su lado, sus hijos, que le ayudan a mantenerse en pie. Hace años, en este día, muy probablemente gritaba a las puertas de la Capilla del Rosario mientras San Juan, su San Juan, se ‘echaba a la calle’ para recorrer la ciudad escoltado por cientos, miles de hebreos que con palmas y ramas de olivo anunciaban la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

Es uno de las decenas, cientos de lorquinos que disfrutan de una particular Semana Santa que les llega a través de las ventanas, de los balcones de sus hogares. “Me conmueve poder llevar a San Juan hasta los balcones de los mayores. Cuando portas el trono al hombro y echas la vista hacia lo más alto los ves asomados en compañía de sus familiares. Sus caras lo dicen todo. Esa expresión de alegría por poder verlo pasar, pero a la vez un cierto halo de tristeza por no poder estar junto a él procesionando, en la salida, en la recogida. En la carrera secundaria los observas, pero también en la principal. No nos damos cuenta de la gente a la que hacemos feliz durante nuestro recorrido. Y hasta de los ensayos participan como protagonistas casi en primera fila”, relata Salvador Porlán Chuecos, costalero del trono de San Juan Evangelista y miembro de la Comisión de San Juan.

Los palcos, la arena de la carrera… las calles repletas de público, plantean estos días muchas dificultades para los que tienen problemas de movilidad, pero también para los mayores que precisan de un paso menos acelerado. Las puertas de muchas de las viviendas con vistas a la carrera principal o la secundaria se abren para todos ellos y así pueden disfrutar de esa otra Semana Santa que les recuerda a la que vivían a las puertas de los templos, en la calle y en el palco. “En los ensayos no hay esa aglomeración de gente de los días de procesión y se les puede ver en compañía, a veces, hasta dando ánimos a los costaleros”, asegura.

Lleva casi veinte años como costalero del trono de San Juan Evangelista. Lo suyo, es un sueño cumplido, como él mismo relata. “Recuerdo que lo veía pasar y me quedaba embelesado mirándolo. Quería estar ahí, llevarlo a hombros, formar parte de la Comisión de San Juan, pero parecía algo muy difícil, inalcanzable. Se lo comenté a mi prima Isabel María Chuecos Oller. Ella estaba dentro y me animó a rellenar una solicitud. Ya solo había que esperar que hubiera un hueco, que me llamaran, y así fue. Estuve portándolo a hombros los primeros años el Viernes Santo y al tercer año logré hacerlo el Domingo de Ramos”.

Para un ‘sanjuanista’ “lo que más le llena, el mayor orgullo que siente es poder llevar a San Juan en su día grande, el Domingo de Ramos. Es cuando comienza la Semana Santa, cuando arranca todo. Ese día salimos a la calle con nuestro Patrón. Que mayor orgullo puedes sentir que portar al titular del Paso Blanco”, relata. Pero su corazón está partido en dos, porque también es costalero de la Santísima Virgen de la Amargura, con la que procesiona el Viernes Santo. Estos días su vida es un no parar. “Tenemos ensayos de los dos tronos. Se intenta por todos los medios que no coincidan, porque la asistencia es primordial. Los nuevos, los que se incorporan, y los veteranos tienen que ensayar juntos. Es fundamental para lograr una compenetración total de todos”.

La peculiar forma de procesionar del trono de San Juan Evangelista lleva a que se redoblen los esfuerzos. “Lleva muchos ensayos. Primero lo hacemos con las ‘parihuelas’ que suponen mucho menos peso. Hay que aprenderse las canciones y los pasos, que están muy definidos. Paramos, retomamos… Y tras cinco o seis ensayos, en que todo está coordinado, lo hacemos con peso real. Parece fácil cuando nos ven en carrera, pero lleva horas y horas de trabajo no solo de los costaleros, sino también de la Agrupación Musical Virgen de la Amargura. Tenemos que ser uno solo para lograr lo que se ve en carrera”.

Salvador Porlán Chuecos es blanco de cuna. “Mis padres son blancos. Mi bisabuelo, Andrés Ramírez Manzanera, salía con el manto de Mahoma; y mi padrino, José Sáez Jódar, era del primer grupo de costaleros del Rescate, aunque también tengo un abuelo azul, Pedro Chuecos Re. Desde pequeño he salido en la ‘cloca’ del Cristo del Rescate con mi padrino, pero también tengo la típica foto vestido de hebreo cuando apenas has dado tus primeros pasos”.

De aquellos primeros años como blanco recuerda, sobre todo, el palco. “Disfrutas mucho en el graderío de la carrera gritando. Me quedaba sin voz”. Aunque de los instantes más importantes de la Semana Santa reseña la entronización de la imagen de San Juan Evangelista. “El Domingo de Ramos es el día más importante, pero el Viernes de Dolores, por la noche, es cuando trasladamos a San Juan hasta su trono. Es emocionante porque te das cuenta que ha comenzado la cuenta atrás, que ya está todo en marcha y que falta muy poco para estar en la calle”.

La recta final es cuando al trono se le dan los últimos retoques. “Para mí, es especial cuando colocamos los varales y dejas todo listo para que lleguen los costaleros y metan el hombro. Y hay otro momento que me llena de emoción. Es cuando vuelves. Has disfrutado de la carrera, todo ha salido bien y entras en la Capilla del Rosario. Subimos el trono a lo más alto y abrimos las manos y dejamos que caiga sobre nuestros hombros. Es impresionante”, rememora.

Se siente un privilegiado por recibir los vivas y gritos dirigidos a San Juan, a la Virgen de la Amargura. “Vas desfilando, pero eres muy consciente de todo lo que pasa a tu alrededor. Les gritan vivas, les lanzan flores, se emocionan… Es una carga emocional tremenda para los que vamos debajo”. Antes de portar a San Juan y a la Virgen de la Amargura desfiló de plumero en el grupo de Esther y Asuero, pero también en el del rey Salomón. “He estado allí donde se me ha precisado. Estoy a disposición del Paso Blanco”.

Y porta a la Santísima Virgen de la Amargura desde sus inicios. “Cuando me enteré que iría en trono de andas me inscribí. Reconozco que siempre pensé que no lo conseguiría. Parecía muy difícil, porque había mucha gente. No lo esperaba, pero me llamaron. Es un privilegio estar ahí desde el primer día”.

 Llevar a la Amargura a hombros supone “una gran emoción, una gran responsabilidad… Llevamos muchos corazones encima, muchas plegarias que va recibiendo durante el camino nuestra Virgen. Me emociono al verlos piropearla y romperse mientras le ofrecen ese cariño, ese amor. Son momentos únicos de los que solo nosotros, los costaleros, somos testigos indiscutibles. Te rompes por dentro de alegría”.

Es defensor acérrimo del palco. “Es fundamental. La rivalidad es la esencia de nuestra Semana Santa. Los gritos y la vida del palco, son necesarios para los que están procesionando. Cuando pasas desfilando o portando el trono necesitas esos ánimos, por lo que todos tenemos que contribuir a recuperar esa esencia. Hay una generación que por la pandemia no ha vivido convenientemente esa tradición, esa costumbre, que todos debemos recuperar por obligación”, recalca.

Y otro de los instantes que no quiere dejar pasar desapercibidos es la recogida. “Cuando giramos en Floridablanca y encaras para Santo Domingo es impresionante. Está repleto de gente. Parece imposible avanzar, pero poco a poco se va abriendo espacio suficiente. No mucho más del necesario para que pase el trono. Es un momento de exaltación. Te rompes por dentro al ver tan pasión, devoción, cariño. Sientes alegría, porque todo ha ido bien. No siento tristeza porque todo esté a punto de terminar, porque para que una Semana Santa comience, otra tiene que llegar a su fin”, concluye.