Nadie en el tercio sabía / quién era aquel legionario / tan audaz y temerario / que a la Legión se alistó. / Nadie sabía su historia / más la legión suponía / que un gran dolor le mordía / como un lobo el corazón. / Más si alguno quien era le preguntaba / con dolor y rudeza le contestaba/ Soy un hombre a quien la suerte / hirió con zarpa de fiera / soy un novio de la muerte / que va a unirse en lazo fuerte / con tal leal compañera…”. El que canta ‘El novio de la muerte’ que entonan un tercio de legionarios de la Brigada Rey Alfonso XIII de Viator durante la procesión de Jueves Santo no es otro que el presidente de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, Fernando López Miras, que se emociona mientras la interpreta. “Es que cada vez que la escucho o la canto me veo a las puertas de Santo Domingo en la recogida del Cristo del Rescate. Ese instante está envuelto en un halo muy especial. Un tercio de legionarios escolta al trono. Se hace la noche, porque se apagan todas las luces y únicamente se ve iluminado al Cristo, una imagen bellísima, y todos comenzamos a entonar ‘El novio de la muerte’. La recogida estremece. Es única. Es de esos instantes que hay que vivir, aunque sea una sola vez en la vida”.

El que lo cuenta ya no es el presidente de la Región de Murcia, sino el blanco que asegura ser cuando llega a Lorca. “Aquí o eres blanco o eres azul. No se puede andar con ambigüedades. Si eres azul, eres muy azul. Y si eres blanco, eres muy blanco. Y yo soy blanco, muy blanco, pero eso no quita para que cuando estoy fuera de Lorca, desde la perspectiva como presidente, hable de la Semana Santa de Lorca y de blancos y azules. Eso sí, ejerzo de blanco cuando invito a Lorca a amigos a ver los Desfiles Bíblico Pasionales y no escondo que intento hacerlos blancos a como dé lugar, como hacemos todos los lorquinos”.

Lo de lograr ser blanco fue casi una lucha de titanes. “Soy un blanco aguerrido, forjado ante la adversidad, porque toda mi familia es azul. Pero azul, azul. Hay túnicas azules que se pasan de unos a otros y que han vestido todos mis primos. Mi madre es blanca y decidió hacer blanco a su único hijo y ahí se lío una buena. Mis primos, mis tíos… me decían de todo. Y yo me hacía cada vez más blanco. Era la oveja blanca de la familia azul”, cuenta.

Uno de los primeros recuerdos que tiene como blanco es junto a su madre María Jesús Miras visitando Santo Domingo. “Yo creo que ni siquiera andaba. Me llevaba en brazos vestido de hebreo. Desde entonces, no falto a mi cita del Domingo de Ramos con el Pueblo Hebrero. A mediodía acudo a la misa de las palmas y después me pongo mi traje de hebreo y paso todo el día con mis amigos. Comemos juntos, por supuesto, trigo con marisco, con caracoles...”.

Al Paso Azul, asegura, estará “eternamente agradecido” por el detalle que tuvo con su abuela. “La madre de mi madre era muy azul y cuando falleció el Paso Azul le envió el paño de la Virgen de los Dolores. Veló sus últimos instantes. Para mí fue emocionante que pudiera estar bajo el amparo de la Santísima Virgen de los Dolores en los últimos momentos junto a nosotros. Es un gesto que nunca podré agradecerles suficientemente”.

En su época juvenil, admite, envidiaba a los azules. “Mis amigos eran, en su gran mayoría, del Paso Azul. Después de Navidad cada vez que les decía de quedar me contestaban que tenían que ir a la nave. No salíamos los fines de semana porque tenían que ir a la nave. No jugábamos al fútbol, porque se iban a la nave… No sabía que era eso de la nave, pero me daba cierta envidia. Y le dije a mi madre que quería ir al Paso Blanco, y me llevó. Recuerdo que nos recibió Gaspar López Ayala y me dijo que, si quería trabajar, ya tenía trabajo. Y me puso a limpiar y a emparejar botas. Yo era el hombre más feliz del mundo, porque tenía ya una nave y un trabajo, emparejar y limpiar botas. Ya me consideraba parte del Paso Blanco”, ríe divertido.

Amplió el círculo de amigos y juntos salieron de ‘armaos’. “Qué blanco no ha salido de ‘armao’ alguna vez en su vida. Es de obligado cumplimiento”, relata. Y lleva con mucho orgullo haber sido partícipe de la refundación de la banda de cornetas y tambores de los mayordomos. “Eso está en mi curriculum vitae. Tocaba la trompeta. Venía desde la universidad a ensayar después de Navidad. La refundamos y nos empeñamos en tocar durante el pregón. Y lo hicimos. Éramos muy guerrilleros. Nos lo pasábamos muy bien”.

En el estreno de Santa Elena, emperatriz de Roma, madre del emperador Constantino y nombrada santa por sus virtudes cristianas y su búsqueda del Santo Sepulcro y de la Cruz de Cristo, fue uno de los veinticuatro lecticiarios que portaron el sillón imperial. “Aquello fue una emboscada en toda regla. Nos citaron a un grupo de gente un día concreto, a una hora intempestiva y con una premisa, no comentar nada a nadie. Llegamos a Santo Domingo y lo único que teníamos claro es que probablemente íbamos a portar algo, porque era el elemento común para todos, que pertenecíamos a distintos tronos. Los ensayos los hicimos, pero no sabíamos que llevábamos a hombros, porque todo estaba envuelto en telas”.

Y el día del estreno les citaron en la nave. “Lewis Amarante nos maquilló a todos y luego nos vistieron. Todo, en el mayor de los secretos, hasta que llegamos a la carrera y se destapó el estreno, que no era otro que un nuevo grupo que desfila en el Paso Blanco, el de Santa Elena”. Pero, sin lugar a dudas, lo que mayor ilusión le hace es ser costalero del Cristo del Rescate. “Siendo muy niño veía desfilar a todos los tronos, pero cuando vi el del Cristo del Rescate sentí algo diferente. Quería ser costalero, quería llevarlo a hombros… participar de ese grupo. Mi ilusión era llevarlo, pero se hacía harto difícil, porque no conocía a nadie, no tenía contactos, ni familia blanca. Mi madre estaba harta de escucharme decir que quería ser costalero del Cristo de la Sangre. Y un día se lo comenté a Santos González. Dos años después me llamaba el Hermano Mayor para decirme que pasara por el Paso que me iban a tomar medidas. Me hizo una ilusión tremenda. Y esa Semana Santa lo porté a hombros”.

Entre las anécdotas que recuerda está la de su participación en el cortejo de San Juan Evangelista. “Siempre estaba por el Paso y recuerdo un Viernes Santo que alguien se puso enfermo y buscaban un sustituto. Y allí me metí, pero me hacía falta unos zapatos. Mi amigo Horacio Pérez me dijo que no me preocupara que en su casa los encontrábamos. Claro que los encontramos, pero eran un par de números menos que los que yo calzaba. No importaba. Estaba feliz de escoltar a San Juan”.

Echa la vista atrás y recuerda cuando era mayordomo de palco. “Pero de palco, palco, porque ahora veo los desfiles desde la Presidencia”. Entonces, señala, era de los que gritaban. “Acudíamos con nuestra merienda. Con lo típico, empanadillas, bocadillos, dulces, cerveza… Y comíamos cuando pasaban los contrarios, como tiene que ser. Y estábamos todo el rato gritando, pero siempre hemos sido respetuosos”.

Y afirma tajante que tiene una asignatura pendiente que piensa cumplir. “Mi asignatura pendiente es montarme en un carro y salir en los desfiles. Y lo voy a hacer. Es un reto que tengo por realizar. Quiero salir con una siga o una cuadriga. Es un reto que me hice con el Presidente de Honor del Paso Blanco, Lázaro Soto. Quedamos en que saldríamos los dos, cada uno en un carro”.

Su agenda como presidente gira estos días en torno a los ensayos, como también en Semana Santa tiene marcado en el calendario citas de obligado cumplimiento. “Salgo en la procesión de la Soledad, del Paso Negro, por el casco antiguo de la ciudad. Lo hago desde que era estudiante de Derecho. El Domingo de Ramos, participo del desfile del Pueblo Hebreo, del Paso Blanco. Y el Jueves Santo, salgo con el Rescate, pero me marcho nada más terminar, porque al día siguiente voy a los Salzillos, a la salida de Nuestro Padres Jesús Nazareno. Y regreso por la tarde a Lorca al desfile de Viernes Santo, para ver a la Amargura bajo una lluvia de pétalos. Antes, acudía siempre a la misa de la Dolorosa el Viernes de Dolores, pero me coincide con la de la Patrona de Cartagena, la Virgen de la Caridad”.

Antes de terminar invita a todos a participar no solo de los Desfiles Bíblico Pasionales. “La Semana Santa lorquina es mucho más. Son los ‘Anuncios’, la recogida de banderas en la Corredera, la visita a las cuadras, a las naves, a las casas de los pasos… disfrutar de una cerveza en una plaza al sol. Presenciar la salida y las recogidas. Un espectáculo único al que acuden desde todos los rincones del mundo”, concluye.