“El Paso Azul tenía previsto sacar un carro con seis caballos el Viernes Santo. Los blancos se adelantaban un día y ponían en carrera una siga con más palafreneros que caballos. Había que cobrársela y les boicoteamos el estreno de la Saba. Los blancos reventaban cuando vieron el estreno de las maromas. Todo se llevó en el mayor de los secretos. Y por más que le dieron vueltas y vueltas a la Carroza de la Meiamén para descubrir alguna pista, no lo lograron hasta el último momento, cuando ya estaba en carrera. Alguno estuvo todo el día con un teléfono móvil de esos que parecían cajas de zapatos intentando pasar información, pero los espías no lograron nada”, recuerda divertido Ángel Olcina García al que se señala como el principal instigador del grupo de las maromas.

Aquello era arriesgado, advierte, “porque si salía bien, todo el mundo se adjudicaría la hazaña, el hito, pero si salía mal… nos iba a costar bien caro”. Su hijo Enrique Olcina Juliá le advertía de que los blancos pretendían sacar un nuevo estreno. Se lo había dicho Andrés Espinosa al que se lo había referido un blanco. “Con esos datos me fui a ver al presidente de entonces, Cristóbal Alcolea Paredes, y le dije: ‘Cristóbal, tienes la oportunidad de tu vida. Si te sale bien, pasarás a la historia’. Y decidió tirar para adelante”.

Se pusieron manos a la obra. “Había que reunir en apenas unas semanas cien trajes de egipcio. Se registraron baúles y armarios. Todas las prendas que tuvieran que ver con Egipto se recopilaban, limpiaban, adecentaban… Las máquinas de coser no paraban ni de madrugada. Y, todo, en el mayor de los secretos”.

Los azules, relata, estaban ilusionados “con lograr convertir el Domingo de Ramos en azul. Ellos, con el Pueblo Hebrero, nos aniquilaban cada año. Recuerdo cuando desfilaban por la Corredera. Iban unos 200 hebreos. Se ponían a uno y otro lado, cruzaban las palmas, y el Señor desfilaba. Me daban envidia. Nosotros hicimos varios intentos, pero todos fallidos. Recuerdo el año de las siete plagas… Nuestra procesión ese día se circunscribía únicamente a estandartes, faroles y bandera. Los azules del palco se quedaban apesadumbrados. Y a eso había que darle la vuelta”.

En poco menos de un mes reclutaron una auténtica legión de maromeros. “Y había que determinar cómo iban a tirar de la carroza de Meiamén. Nos reunimos en mi casa el presidente, Cristóbal Alcolea, y el anterior presidente, Juan Carlos Peñarrubia. Nos alquilamos la película ‘Cleopatra’, de Elizabeth Taylor y Richard Burton, y con una botella de whisky –que nos bebimos entera- estudiamos la entrada triunfal. Nos gustó la forma en que lo hacían con una especie de barras y determinamos que así lo haríamos”.

Todo se llevó con discreción “con el fin de que los blancos no se enteraran de nada. Las maromas se hicieron en San Francisco y se ideó la forma de engancharlas al carro de manera rápida. Todo estaba en la Plaza del Óvalo dispuesto para hacerlo en dos minutos. Los blancos jamás se podían imaginar la que teníamos liada. Cuando le tocaba desfilar a Meiamén, salieron decenas de maromeros de todas partes y se colocaron en las maromas y nos adentramos en la carrera”, recuerda aún emocionado.

Dos horas antes habían tenido una reunión secreta en la Casa de las Cariátides. “Allí se dieron las órdenes. Todo el mundo sabía el lugar que debía ocupar y que había solo unos minutos para lograr nuestro propósito de sorprender a los ‘otros’. Cuando entramos en carrera recuerdo la cara de sorpresa del graderío blanco. Llevábamos una corte de plumeros espectacular y, detrás, los maromeros. Por cierto, que llevábamos un maquillaje muy expresivo, con los labios rojos y los rabillos de los ojos de aquella manera. Luego, ya cogimos más destreza, pero aquel día mejor que no diga lo que parecíamos”.

Y le viene a la memoria otro recuerdo que no quiere dejar de contar. “Una semana antes, un blanco muy blanco, muy amigo de la familia de toda la vida me vino con cierta discreción a preguntarme: ‘Oye, Ángel vosotros váis a sacar una carroza tirada con maromas’. Yo, muy serio, le dije, pero bueno, tú crees que quince días antes de la Semana Santa nos va a dar tiempo a nosotros a sacar una carroza así, con la parafernalia que lleva consigo… Y me lo dices tú, que sabes que lleváis preparándola tantísimo tiempo. Recuerdo que aquel Domingo de Ramos me lo encontré y le di dos besos. Me quería matar, porque había dicho a los blancos que estaba seguro que no sacábamos nada. Que tenía muy buena información”, ríe.

Entre los maromeros estaba los más ‘granado’ del Paso Azul. “Había presidentes de Honor como era mi caso, pero también vicepresidentes… Estaba prácticamente toda la junta directiva en pleno. Piensa que necesitábamos para toda la corte en torno a cien personas. Hubo que reclutar a todo el que pudimos y en tiempo récord”.

Pero no todo el mundo estaba a favor de lo que pretendían. “Madre mía… Aquellos días más de uno, ilustres del Paso Azul, se mostraban en contra del estreno. Decían que iba a ser un desastre, que iba a ser un escarnio… Entre ellos, muchos nombres muy importantes. Pero cuando los maromeros entraron en carrera el palco azul se puso en pie y los blancos no sabían para donde mirar. Cuando llegamos a Floridablanca nos esperaban muchos azules que se habían bajado de los palcos para recibirnos. Fue una locura”, rememora.

Es tajante cuando asegura que “ese día nació el Domingo de Ramos Azul y el Pueblo Egipcio ‘tomó’ la carrera. Es uno de los cortejos más bonitos y coloristas de la Semana Santa lorquina”. Este año, se conmemora el veinticinco aniversario de las ‘maromas’ conocidas también por un curioso grito de guerra. “Eso surgió más tarde. Sacamos un carro con diez caballos y, ellos, en su afán de ser más, se lanzaron con uno de doce que se estrelló contra el graderío. A partir de ese año los maromeros tiran del carro marcando el paso con un peculiar estribillo: ‘Doce, doce, doce…’, que no agrada nada al graderío blanco”.

Ni siquiera el cuarto de siglo de los ‘maromeros’ le llevará a vestirse de egipcio. “Estoy mayor. Yo, ahora, salgo con el Cristo de la Buena Muerte con las dalmáticas, echando humo”. Pero tiempo atrás estaba en el Óvalo y en Floridablanca pendiente de la procesión, aunque también en los palcos. “Recuerdo que cuando se cambiaron José María Castillo Navarro le adjudicó a mi padre cuatro metros. Aquello era una barbaridad, pero no había muchos abonados y había que ayudar. Años después, mi hermano Alfonso se quedó con dos metros y yo con otros dos. Viene familia, amigos… total, que nos faltan sillas”.

Se sitúa justo en frente de la Peña Guapa. “El lugar es fantástico y muy entretenido. A mi hijo Enrique le dicen de todo y mi hermano Guillermo era también muy guerrillero. Enrique es muy fino, nunca insulta a nadie. Comenzaron a decir: ‘Se ha roto el Nerón, se ha roto el Nerón…’ y Enrique les contestó: ‘Pues si se ha roto el Nerón, se acabó la procesión”. La merienda en el palco, asegura categórico, “cuando apetece, cuando pasan los blancos”.

Otra anécdota ocurría con la retransmisión de Pilar Miró. “Había un tiempo establecido, para que saliera toda la procesión antes de las doce. Desde Televisión Española nos dijeron que el acto que estaban retransmitiendo del Papa desde el Vaticano se estaba retrasando y que no podían conectar todavía, por lo que, aguantara la procesión. Planté el Guion diez minutos. Los blancos pensaron que lo hacía para que a la Amargura no le diera tiempo a entrar. Recuerdo que los blancos me decían de todo. Yo les advertía de lo que ocurría, pero no escuchaban. Y aligeramos nuestra procesión para que el desfile, al completo, pudiera verse”.

La Semana Santa lorquina, recuerda a todos, es única “precisamente por todos estos detalles, anécdotas, por los piques entre blancos y azules, por los gritos de un palco a otro… Pero nos bajamos del graderío y tan amigos. Le preocupa que esta esencia se pierda con las nuevas generaciones. El palco ha perdido calor, lo perdió hace algún tiempo. Hay más figurantes y muchos hombros debajo de los tronos”, concluía.