Los heréticos, tiranos y poderosos de la Tierra están representados en la caballería de la Visión de San Juan que precede a una impresionante carroza basada en los distintos pasajes del Apocalipsis. Es la continuación de anteriores carrozas que han desfilado en el cortejo blanco, la Gloria, la Bola o el Infierno, junto a personajes que han protagonizado distintos momentos, San Miguel, San Juan, los demonios, los ángeles anunciadores del juicio final… Es, lo que ha de venir, cuando abriendo los cuatro primeros sellos, muerte, hambre, guerra y peste azotarán a la humanidad.

Y, sobre ella, los demonios que se muestran en el mejor de los papeles. “Les sacaba la lengua a los azules, enseñaba las uñas, lanzaba las cadenas… y hacía ademán de arrojarme sobre ellos”, afirma el joven Andrés García Bernal que protagonizaba a uno de los demonios que coronan la carroza conocida como la ‘Bolica del mundo’. Su caracterización es impresionante. No deja a nadie indiferente y, por momentos, antes de alzarse hasta lo más alto, siembra el pánico entre muchos de los espectadores que a temprana hora se dirigen hacia los palcos de la carrera principal.

“Más que miedo es sorpresa. Los lorquinos, visitantes y turistas que llenan a esas horas las calles, cuando nos dirigimos hacia la Plaza del Óvalo para ocupar nuestro lugar en la carroza, no se esperan al darse la vuelta encontrar a un personaje así. Más de uno grita de terror, pero son muchos más los que nos piden fotografiarse con nosotros. Es, un auténtico espectáculo”, asegura.

Era su ilusión encarnar a uno de los demonios que coronan la carroza de la Visión de San Juan. “Es un personaje que está súper cotizado. Hay largas colas para recrear a los demonios. Se lo dije a un amigo que lo planteó y finalmente me escogieron. Estaré eternamente agradecido a los que me ayudaron a conseguirlo, porque es algo único. Fue uno de los mejores días de mi vida. Y espero poder volver a hacerlo, porque fue increíble”, relata.

Y asegura tajante que “tengo pasión, emoción y devoción por el Paso Blanco hasta la muerte. Eso te lleva a intentar por todos los medios representar el papel lo mejor posible, pero no por uno mismo, sino por el Paso Blanco, por lo que representa, por el espectáculo que ofrecemos al mundo, mostrando que somos una Semana Santa diferente, única”.

Hasta llegar a ser uno de los demonios el recorrido es largo y complicado. “A la una y media de la tarde esta frente al que es el mejor maquillador del mundo, Lewis Amarante. Lo primero que me dijo es que me iba a transformar de tal manera, que nadie me iba a conocer. Y no se equivocó. Estuve durante cinco horas en maquillaje. Bueno, maquillaje, vestuario, peluquería… Me miré al espejo y por más que me buscaba no me encontraba”, ríe.

Su transformación fue total. “Me colocaron una peluca y pelo por todo el cuerpo, orejas puntiagudas, una nariz que daba terror, lentillas de color rojo en los ojos… El maquillaje era espectacular. La gente cuando me veía por la calle se sorprendía de lo bien caracterizado que estaba. Y cuando llegué al paso y me colocaron las alas, fue la transformación completa”, recuerda.

El equipo de maquillaje y peluquería del Paso Blanco, admite, ha logrado una puesta en escena en la carrera que lleva a las cámaras a fijarse en cada uno de los personajes que integran el cortejo. “Recuerdo que un cámara de televisión estuvo todo el tiempo pendiente de mi mucho antes de entrar en la zona de presidencia y no me abandonó hasta bien avanzada. Siguió cada uno de mis movimientos”. Pero no es solo la caracterización. “Hay que representar un papel y hacerlo lo mejor posible. Creo que fui un buen demonio, porque mi actuación fue muy aplaudida. Di espectáculo, sobre todo, a la grada azul que era la que tenía más cerca”.

Aparecía atado con cadenas. Durante todo el recorrido intentaba soltarse de ellas y lanzarse al vacío sobre el graderío azul. Sacaba la lengua. Una lengua que era azul. “Es lo que decía, hasta el más mínimo de los detalles está estudiado. Llevábamos chicles que hacen que la lengua se ponga azul. Así provocábamos en cierto modo a los azules, pero siempre desde el respeto”, aclara.

Con emoción recuerda el momento en que se subió a la carroza y enfiló la arteria principal. “Es una imagen que recordaré toda mi vida. La visión es impresionante desde esa altura. Es una de las carrozas más grandes y te permite una panorámica sobre la carrera espectacular. El público blanco te anima y el azul te abuchea. Entramos en carrera y comenzó el espectáculo, porque como demonio tiene que hacer un papel. Los azules nos tiraban habas y nos decían ‘burradas’, pero yo seguía en mi papel de hacer lo posible por ‘endemoniar’, nunca mejor dicho”.

Pero esta no es la primera vez que desfila dentro del cortejo blanco. “He salido de palafrenero de las cuadrigas. Somos los que vamos junto a los carros corriendo detrás. Disfruté mucho, aunque tienes que ir muy atento a todo lo que sucede”. Es blanco por tradición familiar, pero el morado también está muy presente en su vida. “Mi padre llevaba el estandarte del Paso Morado y yo he salido en la infantería romana”. Aunque reconoce que siente verdadera pasión y devoción por la Virgen de la Amargura. “Es el sentir de todos los blancos. Esa emoción se vuelve más intensa en cada salida y recogida de la Virgen”.

Le gusta ser partícipe del palco. “Me gusta gritar, pero sin insultar, creo que las formas nunca hay que perderlas”. Suele estar cerca de la zona de presidencia y acude como si fuera de camping. “En el más literal de los sentidos. Llevo de todo, pipas, bocadillos de lomo, salchichón, jamón, atún, maíz, mayonesa… Me los hago en plan delicatesen. Y si aprieta el hambre, te pides una pizza y te la llevan al palco”, ríe. De la merienda da cumplida cuenta no solo la familia y los amigos. “En el palco lo habitual es compartir con los vecinos”. Y no espera a que pasen los del color contrario para dar cuenta de la merienda. “Cuando te entra hambre da igual que estén pasando los azules o los morados, hay que comer”.

En Semana Santa procura no faltar a ningún desfile. “Me hago un listado con los días y horarios para no faltar a ninguna procesión. Acudo a la bajada del Cristo de la Misericordia del Calvario. Me parece uno de los desfiles más impresionantes que se celebran. Las imágenes son increíbles. La noche, la iluminación del Castillo y la muralla al fondo y el Cristo siendo portado por los penitentes… No se puede faltar. Como tampoco se puede dejar de disfrutar con el ‘Encuentro’ de las tres imágenes titulares del Paso Encarnado en el Barrio y de la Procesión del Silencio”.

A esta última procesión acude casi a la carrera, porque antes le gusta ver desfilar por la arteria principal de la ciudad al Paso Morado. “No hay mucho tiempo hasta el comienzo de la Procesión del Silencio, por lo que es curioso ver a toda una muchedumbre corriendo hacia el barrio de San Cristóbal”. Es de tradiciones. “El Domingo de Ramos, como manda la tradición como trigo en casa, que dura un ‘asalto’ porque está buenísimo”, mientras espera con ilusión “poder volver a repetir de demonio. No lo descarto”, aunque dice que estará siempre “donde le haga falta al Paso Blanco”.