No es fuerza, resistencia o fortaleza lo que nos mueve a voltear una y otra vez la bandera del Paso Blanco. Es cariño, pasión, locura, por la Virgen de la Amargura, por el Paso Blanco, por Lorca”, reconoce Antonio Sánchez Martínez, al que todos conocen como ‘Lico’. Es uno de los abanderados más veteranos del Paso Blanco. Lleva dos décadas volteando una y otra vez la insignia abriendo el cortejo blanco de los Desfiles Bíblico Pasionales.

Pero su labor no se circunscribe única y exclusivamente a las procesiones durante la Semana Santa. “A las ocho de la mañana iniciamos el recorrido hacia los balcones donde la bandera del Paso Blanco permanecerá durante todo el día hasta la recogida. Se hace bien temprano para que el mayordomo que tiene el honor de tener la insignia en su casa la disfrute lo máximo posible. Por la tarde, cercana la hora del desfile, regresamos para recogerla”, cuenta.

Pero a lo largo de todo el día tienen que estar muy pendientes de las inclemencias del tiempo. “Estamos permanentemente en contacto. Hay que estar muy atentos, sobre todo, a la lluvia. Entonces, acudimos rápidamente para retirarla del balcón para evitar que se moje”. Son los protagonistas indiscutibles de la recogida de banderas que se ha convertido en uno de los actos más seguidos no solo por los lorquinos, sino también por turistas y visitantes. “Es impresionante cuando llegas a recogerlas. Es tal el gentío que se hace difícil avanzar. A veces parece imposible que podamos voltearlas, pero poco a poco se abre el hueco necesario para ello”, explica.

La destreza en el manejo de la bandera les lleva a acercarse lo máximo posible al público hasta el punto de hacerla volar sobre ellos. “La gente aprecia mucho este gesto. Lo solemos hacer cuando desfilamos por la calle, pero también en la carrera. Nos gusta acercarnos al graderío y voltear la bandera, sobre todo, sobre los blancos. También en alguna ocasión lo hemos hecho con algún azul con el afán de que sintiera nuestros colores sobrevolándole”, ríe.

La cuenta atrás para los abanderados ha comenzado. El próximo domingo será el ‘Anuncio’. Entonces, el Paso Blanco se echará a la calle para gritar a los cuatro vientos que este año habrá Desfiles Bíblico Pasionales y que participarán en ellos. Ahora, es algo habitual que se espera que ocurra, pero no hace tanto tiempo el ‘Anuncio’ era una especie de triunfo. No había procesiones cada año. Salían cuando se podía, cuentan algunos de los más veteranos del paso que vivieron aquellos días de vicisitudes. En ocasiones, horas antes del ‘Anuncio’ se habían zanjado las deudas del año anterior. Había cosechas que pagaban los gastos que ocasionaban los desfiles y propiedades que se hipotecaban para lograr el dinero suficiente para poder hacer frente al montante económico necesario para poner la procesión en la calle.

Entonces, fuera la hora que fuera, los dirigentes de la cofradía recorrían las principales calles para contar a todos que habría procesiones. “El ‘Anuncio’ es el inicio de todo. Estaremos los ocho abanderados, Miguel Ángel Martínez, Mariano Martínez, Pedro Pallarés, Javier Azor, Francisco García, Caty Martínez, Juan Jódar y yo. Es uno de los actos más multitudinarios después de los desfiles. Lo vivimos con mucha ilusión porque la gente es muy atenta y grita y aplaude mientras volteamos la bandera. En esta ocasión lo esperamos con muchas ganas, porque el año pasado todavía había restricciones”, señala.

‘Lico’ es blanco porque le tocó serlo. “Mi madre es blanca y mi padre azul. Pactaron que sus hijos serían unos blancos y otros azules, en alternancia. Entonces, nació mi hermano José Luis y se planteó un dilema. Mi padre decía que ningún José Luis de su familia había sido blanco, que era tradición que los que llevaban ese nombre eran azules, por lo que tomaron la decisión de que los dos primeros fueran azules y los siguientes blancos. Entonces, aunque inicialmente me tocaba ser azul, me hicieron blanco”.

Desde muy pequeño vistió la túnica hebrea en compañía de su madre y de su hermana. “Mis primeros recuerdos son siendo muy niño. En brazos de mi madre, cuando aún no andaba, ya iba vestido de hebreo, como yo he hecho con mis hijos”. En su caso no hay discusión. “Yo soy blanco y mi mujer, Inma, también, por lo que Blanca y Julián también lo son”. Y desde el día en que nacieron. “Uno de los días más bonitos que he vivido es cuando salimos los cuatro procesionando juntos. Nos vestimos de hebreo, pero ellos también desfilan en la ‘cloca’. Blanca estrenará este año túnica y Julián heredará la de su hermana”.

No sabe si Blanca o Julián se decantarán por ser abanderados. “Aún son muy pequeños, pero sí tienen claro que no quieren que deje la bandera. Alguna vez lo he comentado y son tajantes. Les gusta mucho cuando me ven voltearla”. No se plantea de forma inmediata dejar la bandera, aunque es algo que le ronda por la cabeza desde hace un tiempo. “Sólo dejaré la bandera para portar a la Virgen de la Amargura o al Cristo del Rescate. No quiero dejar de pasar esa oportunidad. Creo que portar a hombros a la Amargura o al Rescate es el mayor orgullo que puede tener un blanco y no quiero hacerme mayor y no tener las fuerzas suficientes”, afirma.

Entre las anécdotas que cada año protagoniza por la carrera está la de que muchos le vitorean con un grito de guerra un tanto particular. “Me gritaban "profesor, profesor…". Mis compañeros de bandera se mostraban sorprendidos y me preguntaban que, por qué, me gritaban eso. Y yo les decía, es que soy profesor y son mis alumnos”. Las banderas que voltean y que parecen tan ligeras tienen 48, 63 y 72 kilos de peso. “La verdad es que no lo notas cuando la estás moviendo, porque lo hacemos con cariño, con orgullo… Pero es verdad que cuando llegas por la noche a casa te duelo todo, el hombro, la espalda… Tantos años volteándola se sufre, pero es un sacrificio, es una forma de vivir con pasión la Semana Santa”.

Antes de ser abanderado fue nazareno de la Verónica. “Creo que fui de la última promoción”. Pero también ha salido durante años en la infantería romana. “Llevé el ‘Spor’ durante seis años y también salí portando una lanza y en otros grupos”. Fue entonces cuando le ‘reclutaron’ para ser abanderado. “Fue de la noche a la mañana, nunca mejor dicho. Nos dijeron que fuéramos a Santo Domingo y ensayamos algo la víspera. Al día siguiente, ya estábamos metidos de lleno y hasta hoy. Y encantado de la vida”. Reconoce que los días que más disfruta con la bandera son el Viernes de Dolores y el Domingo de Ramos. “Llevamos las tres banderas juntas. Es una imagen impresionante. Además, contamos con espacio suficiente para moverlas cómodamente. Ese día disfrutamos mucho porque vamos los ocho y nos las vamos pasando de unos a otros. Es un no parar, pero un espectáculo muy vistoso”.

El Jueves Santo y Viernes Santo, admite, es una vorágine. “No hay tiempo apenas para descansar. Comenzamos muy temprano el Jueves. Llevamos las banderas a los balcones, vamos a la ‘Convocatoria’ del Paso Encarnado al Ayuntamiento y, prácticamente, de inmediato llega la recogida y la procesión. Terminamos al filo de la madrugada y vuelta a empezar. Pero, repito, es un disfrute”.

Entre los instantes que le emocionan, asegura, están la salida y recogida de la Virgen de la Amargura. “Ver salir su trono de la capilla del Rosario es una imagen única. Tener la oportunidad de llevarla a hombros es lo más grande que puede ocurrirle a un blanco y espero poder disfrutar de ese momento muy pronto”, concluye.