Con semejante apellido, Olcina, no podía ser más que azul, aunque él, como es habitual, discrepa. “Cuidado que la verdadera rama azul de la familia son los Laserna. Mi bisabuela Aurora Laserna era azulísima. Tanto, que en Semana Santa colocaba lazos azules por toda la casa y su marido le decía: ‘Aurora, un lazo blanco, aunque sea pequeñito como un papelito de fumar, en lo alto de cada uno azul’. Y entonces ella, como buena azul, recogía todos los lazos antes que poner junto a ellos uno blanco. Hizo tres hijos azules, Jorge, Constanza y Antonia. Pero, repito, los Olcina, del barrio de San Cristóbal eran blancos. Y luego llegó mi padre que contribuyó a que se asociara aún más el apellido con el Paso Azul”, afirma Enrique Olcina Juliá.

Cuando se le pregunta cuál es su color es tajante. “Azul, azul… azulísimo”. De pequeño deseaba, ansiaba, formar parte de las procesiones “de todas las maneras posibles”. Ese afán le llevó a protagonizar una curiosa anécdota. “Una amiga de mi madre, muy blanca, me dijo que si me hacía blanco me sacaba en la procesión. Tendría cinco o seis años y se lo dije a mi padre. Me cogió –entonces vivíamos en el piso del Óvalo- y me puso en la puerta de la calle con la premisa: ‘Que te den de comer los blancos’. Ha sido mi único momento de debilidad. Y, en cierto modo, estaba justificado porque estaba muerto, penado, por salir en la procesión de los adultos”.

Y tuvo que esperar más que los demás para hacer realidad sus sueños. “Mi padre siendo presidente me decía que no podía salir como hijo de… Me insistía en que cuando tuviera 16 años y más cuerpo, entonces podría formar parte del desfile. Y me tocó esperar”. La primera vez que procesionaba lo hizo con uno de los nazarenos de los Siete Dolores, obra de Joakín Ruiz Guzmán y estrenados en 1987, que escoltan a la Virgen de los Dolores en su paso por la carrera.

Sus primeros recuerdos como azul son con su abuelo Jorge. “Me acuerdo que donde está el banco de piedra del Colegio San Francisco de Asís ponían un puesto de frutos secos y garrapiñada durante la Serenata. Tendría entonces cinco o seis años”. En su casa, a pesar de ser todos azules, se vive con mucha intensidad cualquier asunto del Paso Azul. “Hemos tenido debates muy acalorados, encendidos. Mi madre, alcoyana, voz de la conciencia, nos decía que si el Paso Azul nos daba de comer”. Su madre no es de Lorca y alguna vez le han reprochado que no podía ser azul porque era forastera. “Ella contesta que su madre la parió para casarse con un azul”.

El niño Olcina fue creciendo y se convirtió en un joven con ansias de formar parte del Paso Azul. “Me metí en la Comisión de Carros y en la de la iglesia, sobre todo. Mis padres fueron claros: ‘si quieres hacer algo por el Paso Azul, lo haces trabajando’, lo que marcó mi destino a partir de entonces”, relata. Una de las mayores ilusiones de su vida era ser Nerón. “Mi madre, como siempre muy práctica, me dijo que no podía ser, porque me iban a tirar un piano desde algún balcón. Y que, si me mataban, pues no importaba, pero que si me dejaban paralítico, a ver qué hacíamos”, ríe.

La espinita se la quitaba interpretando al filósofo romano Séneca el año que Juan Meca fue Nerón. “Ya se me ha pasado la edad y el peso para salir de Nerón, pero me haría mucha ilusión”, reconoce. Y recuerda que también quiso estrenar la barca del faraón, interpretando al más poderoso de los farones, Ramsés II, “ya que la idea primigenia fue de mi padre y mía. Se la propusimos al entonces presidente José Antonio Mula, que la varió. Nadie en ese momento podía competir con la belleza de Tato que la estrenó magníficamente. Tuve la oportunidad de participar del estreno como sacerdote esclavo”.

Pero si hay un estreno que vivió con pasión y disfrute fue el de las ‘maromas’. “Recuerdo que me lo comentó Andrés Espinosa. Me dijo que los blancos iban a sacar a la Saba tirando de ella. Comenzamos a idear el tema y Juan Carlos Peñarrubia dijo que íbamos a salir el Domingo de Ramos. Los maromeros nacieron de la ‘picadera’ de los blancos y los azules. Así se conformó el ‘Domingo azul’. Está lleno de significado porque representa a Jesús entrando en Jerusalén con la figura de Moisés, con José… Por qué entra ese día, porque es la Pascua Judía. Representa la liberación del Pueblo de Israel egipcio”.

Los preparativos llevaron su tiempo. “Se fue confabulando en el mayor de los secretos. Se necesitaba mucha gente, 40 o 50 personas para tirar de la carroza de Meiamén, que ensayamos días antes. Aquello fue una auténtica sorpresa. Fue un estreno espectacular por más capataces que haya lanzando latigazos. Recuerdo la cara de sorpresa del público en la carrera. El cortejo de plumeros era increíble. No se repitió. Ofreció un efecto de sorpresa único. Hubo algún reticente, pero cuando llegamos al final, todos se felicitaban. El que tiene todos los méritos de ese estreno es Cristóbal Alcoléa, que fue el que no dudó en ponerlo en práctica”.

Entre los ‘maromeros’ había nombres muy destacados del Paso Azul. Veinticinco años después aún siguen saliendo muchos de ellos, entre los que se incluye Enrique Olcina Juliá. “Repito que la sorpresa para los blancos fue mayúscula. Recuerdo que cuando pasábamos por la zona donde está lo más ‘granado’ del Paso Blanco escuchamos de todo menos bonito. Pero, nosotros, como siempre, sonreímos con elegancia”.

En la procesión participa como mayordomo. “Me pongo la túnica a las cinco de la tarde y me voy con el Guion hasta el final de la carrera con la Virgen de los Dolores. Me quito la túnica y me subo al palco. Y luego me bajo y me la vuelvo a poner para regresar con el Guion”. Esta contrarreloj no es nada para lo que ha llegado a hacer alguna Semana Santa. “Un año estaba en las varas de todos los tronos. Una auténtica locura. Salí con la Virgen de los Dolores, en la corte del faraón, en la Coronación y en el Yacente. Menos mal que fui alternando hombro, porque fueron muchas horas y muchas varas. Pedí que me convalidaran los ensayos”, relata.

En el palco es bien conocido. “No te creas, ya no es como antes. La voz no acompaña tanto. Me gusta dar el follón para no dejarles ver lo que tienen delante, para que me oigan”. Sus sillas están estratégicamente situadas frente a la Peña de la Virgen Guapa. “Esa zona da para mucho. Es un no parar. Estamos en un palco bastante vivo. La gente se sube, se baja… ”. Y merienda alguna vez, cuando deja de provocar a los de en frente. “Mi madre se encarga de la intendencia. Lleva lo típico, empanada, bocadillos, bebida… Cuando subo al palco, lo que menos tengo es hambre”. Lo que nunca hace, cuenta, es insultar. “No me gusta. Y te diré que yo recibo muchos insultos, pero no me gusta hacerlo. Prefiero provocar de otra forma”.

Muestra su malestar por una situación que antes se repetía con demasiada asiduidad. “A Nerón le tiraban de todo. El año que salí de Séneca reuní todas las cascaras de habas que nos habían tirado y se las devolví a la Saba, como ellos habían hecho con nosotros. Lo mejor es explicar las cosas con ejemplos. A partir de ahí parece que ya no hay tantos lanzamientos”, recalca.

Entre las imágenes que guarda en su retina están las protagonizadas la noche de Serenata. “Antes la disfrutaba desde la calle. Ahora lo hago desde dentro de San Francisco, porque portamos a la Virgen de los Dolores. Es impresionante el fervor cuando se abren las puertas. Golpea como una ola de aire cálido y te hace llorar. Y oír a todos cantando el himno a la Dolorosa es súper emocionante. Esa plegaria conjunta es un espectáculo bellísimo cuando va por la carrera”.

El desfile por la arteria principal, con la lluvia de pétalos al paso del trono de la Dolorosa, es uno de los primeros recuerdos que tiene de la carrera. “Es impresionante ver cómo la gente se conmueve al paso de la Virgen de los Dolores. Los pétalos le añaden emoción. Desde mi varal –estos años me ha tocado ir cerca de su manto- puedo contemplarla cuando miro al cielo. Es muy emocionante, pero a la vez agotador, una manera de orar. Es un honor procesionar bajo el manto de la Dolorosa”, concluye.