Opinión | La Feliz Gobernación

Escultor, torero y maestro

Dormía profundamente a eso de las cuatro de la mañana cuando me despertó un vocerío en la calle. Abrí con cuidado la ventana y distinguí bajo ella, a la salida del bar El Sur, al escultor José González Marcos, quien discutía con vehemencia con una persona que se iba alejando de él, pero no terminaba de desaparecer, situada al otro extremo de la calle.

Puse atención a tan excitado diálogo a deshoras: estaban discutiendo acerca de los cánones en la escultura, y lo hacían con criterios opuestos, pero desde un respectivo rigor. Así que en vez de mandarlos callar y amonestarlos por turbar el descanso de los vecinos, acomodé los codos en el dintel y me dispuse a escuchar un debate magistral en el que durante más de media hora dieron un repaso en alta voz a los antiguos griegos, a Miguel Ángel, a Salzillo, a Hernández Cano, a Planes y a no sé cuantos más, lo que me impulsó a aplaudir cuando ambos se dieron mutuamente por imposibles. Dichosa ciudad en la que hubo un tiempo en que las trifulcas nocturnas se producían por si convenía seguir insistiendo en Praxíteles, si la abstracción estaba agotada o si había que cancelar a un artista por haber hecho un busto de Franco.

González Marcos era un tipo cariñoso y delicadísimo, de elegante desaliño, pero también un polemista nato, incontenible y alejado de todo cálculo. Cuando aparecía en escena no sabías si te besaría la frente y esa noche serías su amigo o te mandaría a la mierda por cualquier repente y pasabas al ostracismo. Pero lo fundamental es que se trataba de un artista extraordinario al que quería todo el mundo y que alcanzaba la felicidad allí donde hubiera arte, amigos, vino y mujeres.

El pasado martes, sus discípulos de la que fuera Escuela de Artes y Oficios de Caravaca clausuraron la exposición antológica que organizaron en su homenaje en la Iglesia de la Compañía, con el más que experto comisariado de la también escultora Lola Arcas. Un homenaje lleno de sonrisas de complicidad en el que relucían el cariño y las emociones. Y, de paso, la prueba de que con la descentralización de las instituciones culturales se extiende la siembra y se crea escuela. Pepe se titulaba a sí mismo escultor y torero, pero fue sobre todo un gran maestro.