Opinión | Limón&Vinagre

Emma Riverola

Aitana: La pelvis que incomoda

Lo de Aitana no dejan de ser cuatro movimientos coreografiados y ordenados, pero ha dado pie a una polémica que incluso ha vinculado el impacto de su actuación con el de la pornografía en los niños, un cacao ideológico impropio de mentes maduras

Aitana, durante el concierto de  presentación de su nuevo disco, el  pasado 1 de octubre en València.

Aitana, durante el concierto de presentación de su nuevo disco, el pasado 1 de octubre en València. / Manuel Bruque / Efe

¿Quién es Aitana? Si eres amante del pop, si estás en la veintena, si sigues OT, si tienes hijos adolescentes o te pirra la prensa rosa sabrás responder al instante. Pero si eres un boomer algo -o muy- despistado, quizá la hayas descubierto a raíz de una polémica que parece atrapada en tu pretérita adolescencia. Sí, aquella moralina que creíamos ya superada.

Pero Aitana (Aitana Ocaña, Barcelona, 1999) es la protagonista de esta página, así que no perdamos el foco y dirijamos a ella todos los haces de luz. Su biografía es corta, pero rutilante. Con 18 años consiguió participar en la novena edición de Operación Triunfo (2017) y quedar en segundo puesto. A la salida, le esperaba un contrato con una discográfica. Tres álbumes más tarde, Aitana es una artista superlativa, acumula discos de oro y platino. Sus canciones suman millones de escuchas en Spotify. Su gira actual recorrerá España y Latinoamérica. Se ha estrenado como actriz en la serie La última, primera producción original española de la plataforma Disney Plus, y ha pasado el examen con nota. También ha rodado una película para Netflix. ¿Se han quedado sin aliento?

Hay algo poderoso en Aitana. Su éxito ha sido tan rotundo como inesperado. Ella misma asegura que nunca se planteó ser artista, ni lo soñó. Cantaba, sí, pero apenas había compuesto alguna canción para distraerse. Pero vio el anuncio del casting de Operación Triunfo y algo se removió: ¿Y si lo pruebo? La familia la animó a volar alto. Ahora, la ayuda a seguir con los pies en el suelo. Todo ha sucedido a un ritmo vertiginoso.

Aitana destila talento, y algo más: una simpatía arrolladora. Es la estrella cercana, la que se mete al público en el bolsillo, la que siempre responde a las preguntas con amabilidad, la que firma autógrafos y se hace selfis con sus fans. Podría ser la vecina simpática, tu prima preferida, la amiga que siempre te acompaña, en las fiestas y en los malos momentos. Tal vez es esa cercanía la que la ha colocado en el centro de la última polémica peta zeta, tan chispeante como pasajera. Aunque su fondo quizá no lo es.

Aitana es comercial. En el sentido estricto del término: tiene la plena aceptación del mercado. ¿La convierte eso en un producto? Parece que, para algunos, sí. Al menos, para ese puñado de padres que se indignaron al acudir con sus hijos al último concierto de la cantante y contemplaron, en directo, como esta se mudaba de lineal de supermercado. Del estante de galletas de dinosaurio a la zona de lubricantes. O eso creyeron interpretar ante una coreografía más sensual de lo habitual, incluido un movimiento de pelvis sobre un bailarín tendido en el suelo.

¿Una evocación del coito? Evidente. ¿Algo novedoso, especialmente provocativo? No, en absoluto, más bien tímido en el actual panorama musical y de lo más intrascendente para los que ya pintamos canas. Esos que crecimos viendo a Madonna tirada por el suelo mostrando su ropa interior en la gala de la MTV (1984) interpretando Like a Virgin. O aquel vídeo de mediados de los 80, en el que Serge Gainsbourg interpretaba una canción sobre el incesto junto a su hija Charlotte, de 12 años. Y mejor no hablar de Marilyn Manson y su vídeo de (s)Aint.

Lo de Aitana no dejan de ser cuatro movimientos coreografiados y ordenados, pero ha dado pie a una polémica que incluso ha vinculado el impacto de su actuación con el de la pornografía en los niños, un cacao ideológico impropio de mentes maduras. Ni Aitana fue nunca un producto creado para los niños (otra cosa es que la adoren) ni la carrera de la artista puede estar condenada al estancamiento.

Comodidad

Pero, más allá de la mojigatería, la pataleta también se suscribe a cierto acomodaticio pueril en el que parecemos instalados. Que nada nos estorbe, que nada perturbe nuestra comodidad existencial. Y, si lo hace, protestamos y esperamos que alguien nos lo resuelva. Sea un juez, un profesor… o una cantante. En vez de explicar a los hijos qué representa el baile de Aitana (suponiendo que exista un niño que lo ignore y le incomode), elevamos la protesta y exigimos una reparación. Y un día nos molesta una cantante que abandona el lugar en el que la habíamos encajonado. Y otro día elevamos al juzgado el griterío de los patios escolares (ya hay una decena de casos solo en Barcelona). Que nada turbe nuestra armonía, que nada nos incomode, ni siquiera un movimiento de pelvis.