La Opinión de Murcia

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Bernar Freiría

Pasado de rosca

Bernar Freiría

Ya se oyen los claros clarines

Legislar con prisas y a última hora es jugada de tahúres y de políticos acuciados por el corto plazo. La famosa ley del ‘solo sí es sí’ y su reforma han llegado tarde y mal. Otro tanto puede decirse de la ley de vivienda o del proyecto de la Junta de Andalucía para legalizar regadíos en las proximidades de Doñana. O igualmente de la peatonalización de zonas céntricas de la ciudad de Murcia.

La tentación de sacar un conejo de la chistera siempre acecha al político, pero, por lo que se ve, la proximidad de las elecciones convierte esa tentación en un impulso irresistible para la mayoría de los que se definen a sí mismos como servidores públicos, pero que dan toda la impresión de que lo que buscan es servirse de lo público tanto para llegar al poder como para perpetuarse en él una vez alcanzado.

El espectáculo que nos brindan en ocasiones tales es verdaderamente lamentable. Obran precipitadamente y con demagogia. Tampoco puede ser de otra manera. Los problemas serios deben abordarse seriamente y con la mirada puesta en el largo plazo. Pensemos, por ejemplo, en el problema de la vivienda. En este país hace mucho tiempo que no existe una política de vivienda que sea merecedora de tal nombre, ni en el Estado ni en las autonomías ni en los municipios. Aquí siempre hemos obrado a impulsos. En los tiempos de la burbuja inmobiliaria todo el mundo aspiraba a ser propietario de una o varias viviendas. Había oferta abundante y crédito fácil. Por lo que hoy comprabas a cinco, mañana te daban diez. En esas circunstancias, quien no se convertía en propietario era tonto o era un paria. Nada definía mejor la condición de tonto o paria que querer vivir de alquiler: si con lo que pagabas al mes por un piso podías hacer frente a la hipoteca y al final el piso era tuyo. Pagar una renta era ser un lila, ‘tirar el dinero’ era la frase.

Pinchó la burbuja y, como en el Perú, todo se fue al carajo. Los pocos pisos de protección oficial que quedaban se los llevó la Sareb o los fondos buitre. Y ahora, de repente, hemos descubierto que tal vez no sea mala idea vivir de alquiler, al menos mientras uno no se asienta laboral y vitalmente. El pisito de alquiler a buen precio puede representar la manera de abandonar la casa de los papis y comenzar una vida independiente, solo o en compañía de otros. El problema es que ahora resulta que no hay apenas oferta de pisos porque los propietarios prefieren alquilarlos a los turistas, que pagan mucho dinero por poco tiempo. Eso es especialmente sangrante en las islas Baleares, por ejemplo, donde un probo funcionario destinado a Ibiza o Formentera se encuentra con que solo hay alquileres disponibles de octubre o noviembre hasta abril, porque en cuanto empieza la llegada de turistas no alquilan pisos para funcionarios, lo que ha propiciado un serio déficit de empleados públicos en algunos sectores.

No es nada extraño. España está a la cola de Europa en pisos de protección oficial. Un exiguo 2,5% frente a un 30% en los Países Bajos. Y la solución viene por ahí, por la oferta pública de pisos, y no por poner tope a los alquileres, que esto puede retraer la oferta y encarecer todavía más el alquiler. El mercado es muy suyo y lleva mal que los poderes públicos lo manoseen. Sin embargo, una oferta pública o una iniciativa pública de construcción de pisos no es algo que se improvise al calorcillo de las urnas. Es un asunto que requiere políticas de Estado a largo plazo y no sometidas a ocurrencias de última hora en las que valen tanto los pisos de la Sareb, sabe dios en qué estado o en qué lugar, como los terrenos de un polígono de tiro, perfecto hábitat para el ratón almizclero o el wapití ibérico, pero difícilmente habitables por la abundante fauna urbana que tiene su puesto de trabajo en el centro de una ciudad.

Así que, señores políticos siempre expectantes, siempre temerosos de las urnas, hágannos la merced de evitarnos el lamentable espectáculo de sacar a relucir sus maravillosas ocurrencias, porque eso redundará —o debería redundar— en su propio descrédito. Pues les creeremos y les votaremos si vemos que trabajan en el día a día por mejorar este maravilloso país; si emprenden políticas serias desde el principio y nunca al final de las legislaturas; si no se burlan de nuestros problemas serios. Debería autorizarse el tiro (de tomates y huevos) al político en época de delirantes anuncios electoralistas, vale decir demagógicos.

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