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ESCARABAJAL,-DIONISIO

Jodido pero contento

Dionisio Escarabajal

Infantino y los nuevos evangelistas de occidente

Rueda de prensa de Gianni Infantino José Méndez

Me siento gay, árabe, inmigrante...» y otras lindezas por el estilo fueron el contenido del discurso que Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, pronunció en una rueda de prensa celebrada en los primeros días del Mundial de Fútbol de Qatar. El indignado dirigente, que se embolsa todos los años más de un millón y medio de euros en concepto de sueldos y dietas, se puso en modo víctima y trató de excusar a los jeques árabes responsables de acoger el festival futbolero, ultrajados al parecer por la lluvia de críticas que les están cayendo a cuenta de los derechos de las mujeres, de los homosexuales y del trato dado a los trabajadores inmigrantes durante la construcción de los impresionantes estadios que acogen los partidos del mundial. 

Tengo que decir que el tal Infantino me parece un completo impresentable y que el fútbol en general no puede ser algo más ajeno a mis gustos y aficiones. Pero, al margen de eso, me pareció muy interesante la diatriba del dirigente, pidiendo a los países occidentales, europeos de forma específica, que pidieran disculpas por sus tres mil años de abusos y esclavitud, como si Indíbil y Mandonio tuvieran una responsabilidad efectiva y exigible en el estado actual de los derechos humanos en un país contemporáneo que, como todos los que integran la ONU, han rubricado y se han comprometido a cumplir con los preceptos de la Declaración Universal de Derechos Humanos que los recoge de forma precisa y detallada.

No es casualidad que Gianni Infantino pueda exhibir una condecoración impuesta por el mismísimo Vladimir Putin. Eso demuestra que el corrupto (ser dirigente de la FIFA lleva en el cargo ser convicto y confeso de corrupción, según el FBI) Infantino se ha plegado a la conspiración universal contra Occidente que recorre el mundo actual a cuenta de la cruenta guerra de Ucrania, tras la invasión de este país por las fuerzas militares del Kremlin. Infantino, un italosuizo con remordimientos de conciencia, al parecer, por su condición de europeo, forma parte de esa quinta columna que se ha apuntado al peligroso juego de justificar a todos los autócratas y dictadores que el mundo son con la condición de que les llenen el bolsillo. Dicho esto, habría que analizar si tienen razón esos autócratas de sentirse ofendidos porque les pongan el listón moral al nivel de Occidente y sus movimientos feministas, LGTBI y anti calentamiento global. Ahí se ven, mejor que en un partido de fútbol, el alineamiento de los dos equipos en los que se está dividiendo el mundo a cuenta de una guerra fría en la ya no está en juego el modelo económico, con un capitalismo triunfante en casi todos los países del planeta, con la excepción de Corea del Norte y Cuba, sino los valores morales que defienden cada una de las partes y, a cuenta de ellos, la tendencia hacia la autocracia que desarrollan como escudo los partidarios de los valores tradicionales. 

Porque si algo une a autócratas como Vladimir Putin con un farfullero como Donald Trump, o incluso nacionalistas extremos como Santiago Abascal y Marine Lepen, es el odio a todos los nuevos movimientos que han proliferado en las últimas décadas en Occidente en defensa de la igualdad de las mujeres, de los homosexuales y para combatir el calentamiento global. Y eso en nombre de las tradiciones religiosas y morales que, según ellos, constituyen el bagaje moral irrenunciable de nuestra sociedad. Y ahí es donde se equivocan radicalmente, porque esos movimientos representan una evolución más que razonable de una ideología occidental basada en los derechos del individuo, más allá del poder del Estado e, incluso, de la familia tradicional. De ahí que nos hagamos una pregunta sobre una cuestión primordial: ¿Quién inventó realmente el concepto de individualidad del que emanan todas estas derivaciones que niegan el poder omnímodo del Estado y las tradiciones morales impuestas ancestralmente por la autoridad del paterfamilias?

En un glorioso libro aún no traducido al español titulado Inventing the individual, su autor, Larry Siedentop, un profesor de Oxford ya retirado, explica cómo los imperios clásicos griego y después romano basaban su cohesión social precisamente en el poder de las familias y, en concreto, el poder del patriarca familiar como encargado de mantener el fuego del hogar, como muestra de reconocimiento a los antepasados. Las primeras ciudades fueron fruto de las agrupaciones de familias, y de ahí surgieron los diferentes dioses locales para darles cohesión más allá del círculo familiar. 

El cristianismo significó la disrupción completa del sistema de creencias paganas al proclamar un solo Dios y, esto es lo importante, mostrar la vía para una relación directa entre el individuo y su creador que, para más inri (nunca mejor dicho), se hizo hombre y se puso a nuestra altura. La subversión fue radical: si los emperadores romanos llegaban a ser proclamados dioses en vida, el dios cristiano se había hecho hombre elevando así y divinizando nuestra naturaleza humana. Por cierto, esa elevación de la individualidad no se le ocurrió ni mucho menos a unos pescadores judíos recluidos en su capital provinciana viviendo de las migajas de un líder ajusticiado, sino a un culto recaudador de impuestos de nacionalidad romana nacido en Tarso y llamado Pablo. Todo está ahí, escrito en las diferentes cartas de ese Saulo, su nombre judío, a las nacientes comunidades de cristianos recogidas en el Nuevo Testamento. Todo lo demás es pura historia del pensamiento.

Los conceptos de libertad individual basada en el empoderamiento de la humanidad por su creador, la igualdad radical entre todos los hombres y mujeres, y el amor fraternal que nos debe unir como consecuencia, están todos en esas cartas, si las sabes leer sin prejuicios supersticiosos. Libertad, igualdad y fraternidad es la proclama de la Revolución Francesa, que unió definitivamente la doctrina política que define a Occidente y la moral del cristianismo según su auténtico fundador, Pablo de Tarso. Una evolución conceptual que se fraguó en el Renacimiento, una vez que Erasmo de Róterdam y otros intelectuales de la época ayudaron a liberar la doctrina paulina de su pesado bagaje religioso al enfrentarse al oscuro y escrupuloso Martin Lutero. De ahí que las cruzadas de Infantino y demás ralea tengan escaso futuro frente a los nuevos misioneros cristianos que proclama, en Qatar o donde sea, la superioridad del individuo en sus versiones actuales de feminismo e igualdad entre todos los seres humanos, sean homo, trans o hetero sexuales.

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