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La Opinión de Murcia

Angel montiel

La Feliz Gobernación / Debate sobre el estado de la Región

Ángel Montiel

Agotados

El estreno del ocasional portavoz socialista en el gran debate fue aseadito, aunque más que la expresión de un nuevo modelo, los propósitos deletreados parecían referirse a una reparación de daños antes que a una propuesta realmente diferente

Francisco Lucas, ayer en la Asamblea IVAN URQUIZAR

Francisco Lucas, portavoz del PSOE, se presentó ayer en la Asamblea con un cartapacio titulado Contrato Social, pero pareció que nadie quería firmarlo ni tampoco él mismo aspiraba a que lo firmara quien, en buena lógica, debería hacerlo para que dicho contrato adquiriera cierta entidad y trascendencia: el PP. El Contrato incluía siete puntos perfectamente redactados como el revés de las políticas del actual Gobierno, de modo que era poco probable que López Miras se prestara siquiera a pensárselo. Era un contrato de parte que habría sido mejor titulado como Alternativa Social. Sobre todo porque llegó justo unos días después de que el Gobierno hubiera sellado con los agentes sociales y un amplísimo arco de grupos de la sociedad civil el llamado Pacto por las Infraestructuras. Lucas mostró su escepticismo sobre este tipo de iniciativas que, como resulta de la experiencia, solo sirven para la foto, pero si vamos a uvas, vamos a uvas, y si vamos a Rólex, vamos a Rólex. En lo que respecta a pactos, el Gobierno toca el pito y acude todo dios, incluso a pesar de la probada inutilidad de estos documentos, que se renuevan a cada tramo con leves retoques de redacción, y patá palante.

El estreno del ocasional portavoz socialista en el gran debate fue aseadito, aunque más que la expresión de un nuevo modelo, los propósitos deletreados parecían referirse a una reparación de daños antes que a una propuesta realmente diferente. Pero fue oxigenante que, al menos, ofreciera una relación de cifras y datos que, con más realismo que en la exposición del presidente del pasado martes, reflejaban una más aproximada posición de la Región en el contexto nacional y unos indicadores sustantivos más pegados a la realidad visible. En ese sentido, hizo su papel, y se mostró duro, pero sin incurrir en inelegancia, de manera que sorprendía el revuelo que creaba en la bancada popular, que obligó a varias interrupciones de su parlamento. El propio presidente mostró un exceso de gestualidad, impropia de su nueva condición de émulo de Juanma. Viéndolos tan exaltados ante un discurso de refutación razonada, tal vez sería recomendable para López Miras y su clá someterse a una de esas sesiones en que los abogados norteamericanos entrenan a sus clientes para enfrentarlos a los feroces interrogatorios de los fiscales. Los políticos en el Gobierno deberían aceptar con normalidad las críticas porque ¿qué otra cosa debería hacer la oposición?

La portavoz de Unidas Podemos, María Marín, se manifestó en su línea, tal vez con demasiada sobreactuación y sin decepcionar en su aplicación habitual de la política espectáculo. Es curioso que siendo su tono más agresivo que el del socialista, su discurso fuera recibido por los populares con plena relajación, como si lo tuvieran interiorizado.

La portavoz del Cs genuino, Ana Martínez Vidal, leyó de manera presurosa un discurso razonadamente crítico a la totalidad de la gestión del PP durante los últimos veintisiete años, aunque se le olvidó matizar acerca de los dos en que ella fue corresponsable, y citó a los fenicios y otros pueblos posprehistóricos como habitantes de una tempranísima Región de Murcia. En cuanto a Francisco Álvarez, titular del grupo trans, se teletransportó a la tribuna del Congreso de los Diputados para ofrecer su opinión, claramente negativa, sobre el estado de la nación, y recogió, quizá para completar los flancos, todo el desecho retórico que ya no utilizan en el PP acerca del rencor de Pedro Sánchez a la Región de Murcia porque «los murcianos no votan lo que él quiere», sin reparar en que el PSOE ganó las últimas eleccciones. Con similar actitud, pero con más efecto teatral, el portavoz del PP, Quino Segado, dividió a los actores de la política en Buenos y Malos: los primeros sin tacha, y los segundos sin mezcla de bien alguno. La bondad es propiedad de López Miras, y la maldad absoluta, atributo de Sánchez. Sin medias tintas. Un mundo dual contado al modo de Barrio Sésamo: cerca, lejos; arriba, abajo...

Pero cuando la tribuna se elevó a más altura fue por la intervención de Juan José Liarte, el exVox que habla en nombre de Vox. Empezó atacando el concepto de ‘contrato social’, traído a la Cámara por el socialista Lucas, para lo que desplegó toda su erudición hasta dejar claro que la Ilustración, de la que fue precursor Rousseau, es una convención relativista que contraviene la ley natural. Más tarde, en una amplia exposición de naturaleza ideológica, declarada así por él mismo, expuso los peligros de las actuales tendencias globalistas o woke, generadas por la izquierda, pero con capacidad de contaminación a la derecha, que suponen la degradación de un anterior mundo de orden y que vienen inspiradas y propagadas por nuevos multimillonarios que acabarán pagando su intrusión ante el Tribunal Insobornable. Fue una conferencia fascinante, que rondaba lo sublime y lo friki al mismo tiempo. Hasta el propio López Miras se quedó clavado en su sillón y lo observaba impertérrito como si estuviera aprovechando tan fecundo didactismo.

Agotados. Esta puede ser la impresión final que se desprende del último debate general de una Asamblea deshilachada.

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