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La Opinión de Murcia

Jutxa Ródenas

Erre que erre (Rock’n’roll)

Jutxa Ródenas

Erre que erre (rock'n roll)

El futuro son los padres

Jutxa Ródenas.

El futuro de los hijos son los padres, cada día lo tengo más claro. Me niego a seguir con el mantra impuesto de que nuestros hijos son la primera generación que vivirá peor que sus progenitores, cuando son los menos culpables de que un sistema los haya dejado tirados en una cuneta de incertidumbre, por no poder salir del nido debido a la canallada que unos buitres carroñeros han conseguido explotando un mercado, el de poder tener acceso a una casa que por derecho constitucional les pertenece. 

Falta de oportunidades como manto que cubre el auténtico logro conseguido no hace demasiado tiempo, en el que al fin prima la lógica frente a la imposición tradicional de la mujer como única responsable en las tareas del hogar. Eso además es imposible, habíamos quedado unos renglones más arriba en que no se puede cuidar lo que no se tiene. Y así, un suma y sigue que desploma la entereza del más pintado. 

Y ahí estaremos firmes, y seremos estandarte, muleta donde poder apoyarse, porque aunque la tendencia de moda sea la de no dejar descendencia, una opción tan válida como la que más en una sociedad cargada de estereotipos, os diré que los que un día decidimos ser padres para nada somos el estigma postmoderno que antepone un capricho al cuidado de un mundo que perece ante la contaminación, el calentamiento global o las acciones de los Gobiernos. Somos lo que hemos entendido cada acorde que Lennon unió para componer su Beautiful Boy, aprendemos a recorrer los caminos con los obstáculos más adversos, a explicar una separación como parte de la vida sin que suponga un trauma.

Ser padre o madre hoy me parece el acto de valentía más grande que nadie pueda tener. Es ceder tu vida para defender la de otro con absoluta generosidad. Mientras te recomiendan el plato estrella de la carta de los miedos que te ofrece el desapego, el que un día, casi sin querer, vemos asomar.

Como ustedes saben, regento una pequeña sala de conciertos. Un espacio donde cada fin de semana ofrecemos la posibilidad de tocar en directo a un montón de chicos que empiezan en la dura, y pocas veces dulce batalla que supone tener una banda. Ensayos, poesía, dudas e ilusión. Dudas de primera edad, pasión y quebranto al pisar las tablas de un escenario. Y cada día de concierto veo como son sus padres los primeros en llegar para acompañar a sus cachorros. Los que sacan entradas dobles por el furor de un sold out, los que gritan desde la última fila por el recelo a la afrenta. Son los que han esperado pacientes a puertas de un conservatorio y han sufrido desacordes. Y los que, con su mejor intención, han hecho sonar en casa viejos vinilos. A ellos, a los viejos de los conciertos en La Yesería, les debía hoy mi columna. Y mi palabra es ley.  

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