Dani y Ginés. Ginés y Dani. Albaladejo y García Millán. Cartagenero y lumbrerense. Actores de primera línea, compañeros en mil batallas (interpretativas). Amigos. Tan amigos que desde hace algunos días protagonizan en Las Naves del Español, en Matadero (Madrid), una obra titulada Amistad. Y lo hacen bajo la dirección de otro colega -en lo profesional y en lo personal-, el sevillano José Luis García Pérez, que además completa el reparto de este montaje. Juntos conforman un elenco de quilates y contrastada experiencia para un autor de talla mundial: Juan Mayorga, Premio Nacional de Teatro (2007), de Literatura Dramática (2013) y Princesa de Asturias de las Letras (2022). Y amigo de José Luis, de Ginés y de Dani. Porque en esta obra, que en abril llegará a Murcia, todo queda en familia. Pero antes tienen que terminar con su intensivo capitalino (estarán representando este montaje en la Sala Fernando Arrabal hasta el 5 de marzo). Desde allí, Albaladejo (1971) y García Millán (1964) atienden al cuestionario de La Opinión, entre ensayos y funciones, felices de poder levantar un texto del laureado dramaturgo y de volver a encontrarse sobre las tablas. Porque, ante todo, y por encima de su condición de actores, son amigos (y, por tanto, los protagonistas idóneos para esta peculiar pieza).

Tiene algo de poético que ustedes dos protagonicen una obra que se llama Amistad, ¿no? Porque me atrevería a decir que lo suyo se acerca más a algo así que a una relación puramente laboral...

Ginés García Millán: Dani y yo somos dos amigos que de vez en cuando trabajan juntos. Así que, en este caso, el título de la obra viene al pelo. Y sí, tiene algo de poético, como la vida misma y la amistad verdadera. 

Dani Albaladejo: Pero bueno, también era algo -al menos por mi parte- bastante buscado y deseado. Me refiero, claro, a volver a coincidir con Ginés encima de un escenario. Porque la última vez que ocurrió algo así fue, si no recuerdo mal, en el año 2005, haciendo Hamlet con Eduardo Vasco.

¿Desde cuándo se conocen?

G. G. M.: Nuestra amistad se forjó durante una gira del Centro Dramático Nacional, la de La Fundación, de Buero Vallejo, dirigida por Pérez de La Fuente. Ha llovido desde entonces... 

D. A.: Fue en el año ‘88 y ‘89. Yo llegué a Madrid en 1997: termino mis estudios en la ESAD y hago la maleta para buscarme la vida en la capital. Hasta entonces, no le conocía, pero evidentemente, ya había oido hablar de Ginés por la serie Nazca (1995), que hizo con Benito Rabal; por El infierno prometido (1992), la peli de Chumilla-Carbajosa... 

G. G. M.: Y estuvimos haciendo La Fundación durante más de un año, tiempo más que suficiente para dar forma a una amistad (o enemistad) que dure para siempre. Afortunadamente, en este caso fue lo primero.

¿Cómo afecta su relación personal a la hora de trabajar juntos? ¿De la amistad se bebe o hay que separar las cosas?

G. G. M.: De la amistad se bebe, claro, pero en el trabajo hay que estar a lo que hay que estar (como dice Manglano, mi personaje en Amistad). 

D. A.: Pero todo se acaba mezclando. Evidentemente, cuando estás trabajando, cada uno es independiente (yo preparo mi personaje y él el suyo), pero a la hora de subirte al escenario hay otra confianza, una forma mucho más relajada de dirigirte a tu compañero. Y luego que, como es lógico, no es lo mismo terminar un ensayo o una función e irte a casa que bajarte de las tablas con un amigo y comentar cómo ha ido la cosa, departir con amigos comunes que vienen a verte o echarte una cañita.

Pues ya tienen unos cuantos proyectos conjuntos a la espalda. El último, creo, la serie El Cid (2020).

D. A.: Sí. La rodamos justo antes de la pandemia. 

G. G. M.: Hemos hecho alguna otra serie juntos también, como Isabel. Y en teatro, La Fundación, Hamlet, Don Juan…, ¡y lo que vendrá!

«Tener a Juan Mayorga como amigo es hoy como ser colega de Lope de Vega en el Siglo de Oro»

Sobre el escenario hay un tercero en discordia, que, además, es el director: José Luis García-Pérez. ¿Con él también hacen buenas migas?

D. A.: Sí. A él también lo conocemos desde hace un tiempo... Bueno, él también estuvo en El Cid, y, aparte, yo con él hice el año pasado La noche más larga, de Netflix. También tenía muchas ganas de volver a trabajar con él, de coincidir en teatro, y Juan [Mayorga] nos quería desde hace tiempo para alguno de sus proyectos. Así que, mira, ese deseo se ha materializado en Amistad y estamos muy felices de que así sea, porque, al final -y como se muestra en la propia obra-, somos como tres amigos jugando en el patio del colegio, lo cual es muy hermoso.

Supongo que llevarse bien es imprescindible si se van a pasar más de un mes encerrados en Matadero...

D. A.: A ver, es mejor llevarse bien que mal, pero tampoco es algo imprescindible. Como ocurre en cualquier curro, no siempre encajas con tus compañeros y, a veces, hay que aguantar el tirón. Pero sí, si vamos a estar juntos de martes a domingo lo suyo es entenderse.

Además, después de este intensivo en Madrid les tocará salir de gira y, de hecho, en tres meses les tendremos por aquí. Para ir abriendo boca, ¿qué se van a encontrar quienes se acerquen a verles al Romea el 22 y el 23 de abril?

G. G. M.: Amistad es un juego teatral, una obra para disfrutarla como actor y hacer disfrutar al público. Un juego de niños para tres hombres que ya no lo son, pero que, de alguna manera, volverán a serlo. Se hablará de la vida y de la muerte, del paso del tiempo, de frustraciones y de sueños rotos, pero con mucho humor, humor negro y macabro, pero también luminoso, como la vida. 

D. A.: Pues se van a encontrar a tres tipos volviendo a ser niños, a tres amigos que van a poner sobre el tapete casi treinta años de amistad y que se van a hacer preguntas a las que hacía mucho tiempo que buscaban respuesta. La cuestión es que a veces los hombres necesitamos hacer cosas raras para contarnos las cosas, para externalizar nuestras situaciones interiores. No quiero hacer mucho spoiler, pero, básicamente, mi personaje, Dumas, prepara un juego casi de vida o muerte en el cual dos hablan y el otro simplemente escucha, no puede intervenir. Entonces..., bueno, van saliendo a la luz situaciones que seguro que muchos espectadores han vivido con amigos y amigas reales. Y, por supuesto, se mezcla lo divertido y lo trágico, porque en la vida hay para todos...

¿Y cuál es el fin de este juego?

D. A.: Determinar si la amistad continúa o no. Por eso te decía que es un juego casi de vida o muerte, porque los participantes están decididos a afrontar hasta las últimas consecuencias. Y el público también va a tener que decidir, que decantarse. Es una premisa un tanto diabólica pero que servirá a los protagonistas para resolver o aclarar cuestiones y situaciones que igual se habían quedado por el camino y que son cruciales en el devenir de esta amistad. Ahora, que quede claro: todo esto, con muchísimo humor.

«Tener a Juan Mayorga como amigo es hoy como ser colega de Lope de Vega en el Siglo de Oro»

Señala la promotora que Amistad es «una reflexión sobre los recuerdos, el amor, la amistad, el paso del tiempo...», pero también sobre la «masculinidad».

D. A.: Sí. Pero la que se muestra en Amistad no es una masculinidad casposa, sino ‘educada’. Creo que es una posición muy extendida entre los hombres de una generación muy determinada: la nuestra, la X. Obviamente, fuimos educados por nuestros padres, pero entendemos el mundo femenino (y también el masculino) de otra manera... Eso sí, tenemos nuestras confusiones -con nuestra propia sexualidad, por ejemplo- y mucho por descubrir. Pero esta es una función blanca, que no ofende; no hay nada tóxico ni irrespetuoso. Habla de la necesidad que tenemos también nosotros (los hombres) de contarnos nuestras cosas y lo difícil que a veces nos resulta decirnos las verdades a la cara; de ahí que a veces necesitemos inventarnos juegos extraños para expresar lo que sentimos. Entonces, en ese sentido, es también una función para que el público reflexione y, de alguna manera, participe, que es algo muy del teatro de Juan Mayorga. De hecho, él necesita de un espectador inteligente, vivido, que quiera unir en su cabeza los trozos de sus obras y contruir su propia historia. 

Por cierto, ¿qué papel juega la comedia en sus propias vidas (sobre todo a la hora de afrontar momentos complicados, como los de los protagonistas de Amistad)?

D. A.: Para mí es un vehículo que ayuda a que la identificación del problema sea mucho más rápida. Por eso José Luis ha querido remarcar en el montaje todas esas pullas que se tiran entre los protagonistas de Amistad, porque no siempre es necesario -ni la mejor opción- tirar del psicodrama. De hecho, para preparar estas funciones hemos estado trabajando con Hernán Gené, un clown maravilloso que nos ha ayudado a hacer que todos esos gags funcionen sin perder el tiempo de la obra.

Esto también es habitual en el teatro de Mayorga...

D. A.: Sí. Yo he trabajado ya en tres obras suyas y en todas hay humor; incluso en La lengua en pedazos, que habla sobre la vida de santa Teresa, hay situaciones bastante cómicas entre ella y el inquisidor. Pero es que en la vida misma encontramos humor en los momentos más dramáticos: tú vete a cualquier velatorio y ya verás como a los quince minutos ya hay alguien contando un chiste sobre el tipo o la tipa que está en la caja.

Volviendo a las representaciones que tienen programadas para dentro de unas cuantas semanas en Murcia..., supongo que serán especiales para ustedes, ¿no? Aunque son orgullosos lumbrerense y cartagenero, respectivamente, salir a este escenario es jugar en casa.

G. G. M.: Así es. Con nuestra gente, con nuestros amigos de toda la vida. 

D. A.: Para mí, al menos, es el escenario que me vio nacer como actor; ese que de joven te inspiraba unas ganas tremendas de invadirlo y en el que luego empecé a hacer mis pinitos en esto de la actuación. El Romea es un teatro que, en lo personal, me mueve y me conmueve. Además, no he tenido la fortuna de ir con frecuencia a Murcia a trabajar (creo que la última vez fue con Entre bobos anda el juego, en 2019 o por ahí), con lo que estoy deseando que llegue el día; va a ser muy muy especial.

¿Les ha enseñado o hecho reflexionar sobre algo este texto?

D. A.: Evidentemente. Todos los textos te acaban tocando y llevando a situaciones de tu vida personal. Porque, a veces, como actor, pones sobre las tablas experiencias personales; y más en una obra como esta, en la que todos nos conocemos.

Pocos dramaturgos hay en este país que estén mejor considerados ahora mismo que Juan Mayorga; es, sin duda, el hombre del momento (en lo teatral, al menos). ¿Qué supone para ustedes trabajar un texto suyo?

G. G. M.: Para mí es una suerte. Y disfrutar de su amistad, también. 

D. A.: Sí. Yo le conozco desde que llegué a Madrid, desde la época de Teatro del Astillero. Y que te llamen para hacer un texto suyo es como que te toque la lotería. Es uno de los grandes de la escena contemporánea europea (y casi te diría que también de la mundial), y el Premio Princesa de Asturias que recibió el año pasado así lo reconoce. Así que..., no sé, en lo personal, es como ser amigo de Lope de Vega en el Siglo de Oro [Risas], y como actor creo que sus éxitos nos hacen mejores a todos, porque todos (los intérpretes, los directores, los productores) queremos llevar sus obras a un escenario, porque sus obras nos cuentan muchas cosas de cómo somos. Y de eso va todo esto, ¿no?