La Opinión de Murcia

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Arte

Cuarenta años del Mar Menor a través de las acuarelas de Pedro Serna

El Gaya celebra su aniversario con una muestra de obras inéditas del pintor torreño

Pedro Serna y su esposa, Isabel, durante la inauguración. Israel Sánchez

El Museo Ramón Gaya de Murcia cumplió este lunes treinta y dos años protegiendo el legado del añorado pintor desde su sede en la Plaza de Santa Catalina. Y aunque en esta ocasión la efeméride coincidía con el habitual día de cierre de la pinacoteca, sus responsables decidieron, no solo saltarse el día de descanso, sino celebrar una jornada de puertas abiertas en la que hubo visitas guiadas –con regalos para los asistentes–, talleres de pintura e, incluso, espacio para que, quien quisiera, pudiera disputar una partida de ajedrez. Aunque, por supuesto, la gran protagonista fue la pintura. Y es que hace apenas una semana que se inauguró la muestra Huerto y vida, que recoge una serie de piezas que muestran la Murcia de Gaya, la que vieron sus ojos, la que le inspiró y la que dejó plasmada para la posteridad con la ayuda de sus pinceles. Ésta estará disponible hasta el día 30 y es de visita obligada. Pero es que, además, el museo aprovechó una fecha tan simbólica como la de este 10 de octubre para inaugurar otra exposición (también muy relacionada con la tierra).

La muestra en cuestión se titula Mar Menor, y reúne por primera vez una serie inédita de Pedro Serna dedicada en exclusiva a la laguna. El pintor torreño, amigo íntimo de Gaya, se ha pasado cuarenta años registrando su delicada e intensa relación con estas aguas en un conjunto de estampas de las que su autor nunca quiso desprenderse, pero que ahora, por fin, ven la luz en la conmemoración de este aniversario; al menos, en parte. Porque aunque se trata de un proyecto importante (una treintena de cuadros), desde el museo aseguran que organizar esta exposición «no ha sido tarea fácil». Principalmente porque en el estudio de Serna había «cientos de obras» mezcladas en carpetas. «Soy un desastre», dice el pintor, un hombre noble y tranquilo, como lo define su amigo Pedro García Montalvo. Pero la providencia quiso que Isabel fuera su compañera inseparable, su continuo apoyo. «Ella ha ido ordenando pacientemente las carpetas por temas: Sainte-Victoire (la montaña cézanniana), Italia, la huerta, el Valle de Ricote, retratos… A Isabel le debemos que haya aislado estas obras del resto», apuntan desde el espacio dirigido por Rafael Fuster. 

Una joven fotografía una de las acuarelas de Serna. Israel Sánchez

El resultado es una suerte de «diario íntimo» del Mar Menor, de paisajes que apremiaban ser pintados por fugaces y cambiantes. «Y para pintar deprisa –señala su autor–, mejor la acuarela», un campo que el torreño domina; no en vano, Gaya le definió, además de como «un magnífico pintor», como un creador «fino y muy sensible», autor de paisajes «vivos», como «dichos en voz baja y, al mismo tiempo, con fuerza, con vigor, diríase, ternísimo, primaveral». Esta exposición, por supuesto, vuelve a darle la razón al maestro. También desde la Concejalía de Cultura, Turismo y Deportes han celebrado la apuesta del museo para este aniversario: «Esa vida suya, tan única y genuina –cincuenta años a la intemperie– bien merece algo de atención, pues no es habitual encontrar pintores que salgan al encuentro del paisaje. Pedro Serna, sin embargo, ha conseguido convertir el mundo en su estudio, en un lugar acogedor y transitable». 

Cuatro apartados

Aunque todas y cada una de estas piezas están relacionadas con el Mar Menor, la inmensa colección de Serna se ha dividido en cuatros apartados que, a su vez, han dado lugar a las diferentes secciones en las que se estructura esta muestra. Por un lado están los balnearios, esa arquitectura popular tan característica de la laguna y que al autor le recuerda a su admirada Venecia; por otro, las salinas. En tercer lugar están los atardeceres y amaneceres en la laguna, y, por último, una serie de piezas «pintadas desde el interior de una casa ajardinada desde la se podía ver el mar hasta que una nueva construcción lo impidió». Dicho inmueble, en Los Urrutias, es en el que el matrimonio pasa largas temporadas desde que los padres de ella la construyeran en 1975. Por aquel entonces «todo era muy primitivo» en aquella zona, recuerda Isabel: «Un cabrero llegaba a la puerta con las cabras para vender leche. No había alcantarillado, ni recogida de basuras. Pasaban a vender conejos vivos que limpiaban y pelaban. También pasaba una camioneta con pescado fresquísimo». Por su parte, Serna comenta: «Salía a la puerta de la casa y siempre tenía el Mar Menor delante. Uno de los sitios más fascinantes estaba delante de mi casa. Me sentía en el lugar maravillosamente».  

Isabel y Pedro han recorrido incontables veces el paseo marítimo de la localidad, fuera cual fuera la época del año; ellos no conocen de estacionalidad: el Mar Menor les atrae en verano, pero también en invierno. En sus largas caminatas recogían plumas de gaviota que luego usaba Pedro para dibujar con tinta china; otras veces, daban paseos en bicicleta, hacían subidas al monte Carmolí con hijos y nietos o navegaban con un pequeño Optimist hasta las islas cercanas, pero Pedro siempre llevaba sus pinceles. Por tanto, son más de cuarenta años «pintando lo mismo; es decir, la vida ilimitada, única e irrepetible, a sabiendas de que ningún día y ningún atardecer es igual a otro –explican desde el Gaya–. Acuarelas que nos asombran porque trasmiten verdad y por cómo en ellas queda retenida parte de la esencia del lugar. Porque Pedro Serna sabe ver la realidad, desenmarañarla para ordenarla en el papel. Su mirada limpia y despejada nos permite ver a través de sus ojos. Y ahí radica el misterio de un verdadero creador: enseñarnos a mirar la vida, sentirla y amarla», concluyen los organizadores de la exposición, que inciden en que «lo sorprendente es que a Serna le basta con lo que tiene al alcance de la mano, con lo cotidiano».

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