22 de febrero de 2019
22.02.2019
Testimonio

Gibson: "A Machado lo mataron los sonetos franquistas de su hermano Manuel"

La posada donde falleció, hoy hace 80 años, permenece cerrada, muy deteriorada, y a la venta

22.02.2019 | 04:00
Gibson: "A Machado lo mataron los sonetos franquistas de su hermano Manuel"

Aferrado a los recuerdos de su infancia sevillana en la mágica y diminuta fuente del huerto del Palacio de Dueñas, Antonio Machado (1875-1939) se fue apagando en la pequeña villa marinera de Collioure aquejado de asma, roto de dolor por la trágica división de España tras el alzamiento militar que derrocó a la República en 1936 y rematado, según el hispanista Ian Gibson, por los sonetos en honor a Franco y Queipo de Llano radiados por su hermano Manuel, atrapado por el bando nacional en Burgos.

«Eso le rompió el alma y acabó con él», asegura Gibson frente a la posada francesa de Collioure en la que falleció prematuramente envejecido el más joven de los poetas de la Generación del 98 con tan solo 64 años, tras haber cruzado los Pirineos desde Barcelona poco menos de un mes antes junto a su madre, Ana Ruiz, su hermano José y su cuñada Matea. El 22 de febrero de 1939, hace hoy 80 años, el corazón de Antonio se frenó en seco. Dos días después y en la misma habitación murió su madre en pleno delirio, creyendo que cada vez estaban más cerca de llegar a su añorada Sevilla y sin conocer el fallecimiento de su hijo.

José prohibió a Manuel acudir a la tumba de su querido hermano en el pequeño y modesto cementerio de Collioure, que ha visitado a modo de homenaje Gibson con un grupo de periodistas, un sepulcro que comparte con su madre, adornado permanentemente con símbolos republicanos, un buzón en el que sus admiradores siguen dejándole emotivas cartas y un manto de flores sobre el que estos días aparecen mensajes independentistas para solicitar la liberación de los «presos políticos» del 'procés'. Allí no hay ni una sola bandera de la España constitucional.

Parecidos pero distintos

Manuel y Antonio eran muy parecidos, los dos republicanos, grandes poetas y dramaturgos, pero el primero era extrovertido y, el segundo, tan tímido que «hasta su madre decía que nunca lo había visto sonreír», explica Gibson, seguro de que los sonetos de exaltación franquista del mayor de los Machado no eran sinceros, pero sí lo suficientemente traicioneros y humillantes con el espíritu de la República como para erigirse en el estoque del autor de Soledades o Campos de Castilla, a cuyo cúmulo de tristezas se sumó el amor de vejez no correspondido de su amante Pilar de Valderrama. Con ella, su enigmática Guiomar, se citaba en una fuente descubierta por el hispanista británico en el recinto de La Moncloa, muy cerca del despacho presidencial, donde la amada vivía con su mujeriego marido en un chalet del barrio. «Ella nunca le mereció», espeta Gibson antes de recordar cómo desveló al entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero y a su esposa Sonsoles Espinosa la importancia de ese chorro de agua, testigo del casto amor de Machado.

La «catolicísima» Pilar no le concedió nunca a su enamorado Antonio ni siquiera un beso, ironiza Gibson, firmemente convencido de que ella solo buscaba con su relación entrar en el selecto grupo de intelectuales del momento, una especie de estrellas de fútbol de hoy, y a quien reprocha haber quemado doscientas cartas del poeta antes de huir a Portugal, entonces bajo la mano de hierro del dictador Antonio de Oliveira Salazar. La Biblioteca Nacional conserva cuarenta de esas misivas.

El resto de la correspondencia con la musa y otros documentos decisivos para entender la vida austera, sufrida y digna de Machado, poeta, filósofo, y ante todo «buena gente», se quedaron también por el camino del exilio, olvidados en una maleta durante aquella agónica huida a Francia que también se vieron obligados a emprender más de medio millón de españoles que, con aún peor suerte acabaron hacinados y muchos muertos en los campos de concentración de Argelès-sur-Mer.

En concreto, los papeles más queridos se esfumaron en Portbou cuando la familia Machado se dio de bruces con los miles de exiliados españoles que huían del franquismo y tuvieron que dejar la ambulancia para cruzar a pie la frontera, ligeros de equipaje, protegidos por un desvencijado paraguas, bajo una intensa lluvia y una infernal tramontana, pero ayudados sobre todo por Corpus Barga, para acabar un gélido 28 de enero de 1939 en el hotel Bougnol-Quintana de Collioure. Atrás quedaban los felices recuerdos de la infancia, la separación de la amada intocable y las vivencias en Soria, «su patria chica», adonde había llegado con 32 años como profesor de francés y lugar de encuentro con la pequeña Leonor, hija de los dueños de la pensión en la que se alojó. Se casó con ella en 1909 y en 1912 enviudó. «Leonor accedió al matrimonio con 15 años, pero no fue el verdadero amor de Antonio, como él mismo le confesó a Pilar al declararle que era ella, y no aquella alegre chiquilla, a la que de verdad amaba», señala Gibson que acaba de publicar Los últimos caminos de Antonio Machado (Espasa), una breve recopilación de sus investigaciones sobre el poetao.

Ya en el hotel Bougnol-Quintana, cerrado desde hace décadas, en franco estado de deterioro y en venta por los herederos de la mujer que acogió a los Machado, Pauline, el poeta supo que sus días y los de su madre estaban contados y comenzó a barruntar los versos de su testamento, que encontró su hermano el día de su muerte arrugados en uno de los bolsillos de su viejo abrigo: Ser o no ser de Hamlet ante la inminencia de su final; Se canta lo que se pierde, en recuerdo a Guiomar, y el célebre Estos días azules y este sol de la infancia, una prueba más de que el huerto del limonero sevillano permanecía tatuado en su alma y martilleaba con insistencia su mente desde el día que inició su huida de Madrid, pasando por Valencia y Barcelona, hasta que se encontró con la muerte en el sur de Francia.

Ese mismo día, ya frío en la cama del hotel de madame Pauline, llegó a Collioure una carta del hispanista británico John Trend ofreciéndole asilo y un trabajo en Cambridge. «Inglaterra hubiese sido la salvación de este gran hombre», lamenta Gibson, quien revela que meses antes también le habían invitado a huir a Moscú los intelectuales rusos participantes en el congreso antifascista celebrado en Valencia en 1937.

Una sábana como mortaja

«¡Qué pena!», solloza a sus 80 años el británico-español y republicano Ian Gibson frente a la tuneada tumba de Antonio y Ana poco antes de emocionarse al recordar la sorpresa del pueblo de Collioure, una preciosa villa ahora con poco más de 3.000 vecinos, cuando se conoció la muerte del poeta. Un grupo de presos españoles encerrados sin otro motivo que el de ser alborotadores republicanos en el Castillo Royal del puerto lograron el permiso de las autoridades galas para trasladar al campo santo el féretro del poeta, símbolo de la retirada o huida de los miles de españoles que cruzaron con lo puesto la frontera de los Pirineos catalanes entre el 28 de enero y el 13 de febrero de 1939. Antonio, tal y como había anticipado en el poema Retrato, escrito 33 años antes de su muerte, tomó para su último viaje la nave de la que no iba a tornar y se fue como había prometido: «ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar». Su mortaja, tan solo una sábana, como había sugerido días antes a su hermano José.

Si Federico García Lorca es el símbolo de los fusilados en la Guerra Civil, Antonio Machado es el de los exiliados, concluye Gibson, quien no ve la necesidad de trasladar a España los restos del gran poeta mientras sueña con no morir sin ver la III República en su país de acogida.

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