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Torpezas

Las prisas nos llevan a cometer errores, grandes o pequeños

20.08.2015 | 10:16
Teresa Luengo

Las prisas nos llevan a cometer errores, grandes o pequeños, de los que más tarde nos servimos para reírnos de nosotros mismos o bien para explicarle al doctor las razones de la irritación con la que hemos llegado a su consulta. Noemí llevaba cuatro largos meses sin probar bocado. El mismo tiempo que su novio había tardado en terminar un curso en Canadá. «Siempre hemos sido muy fogosos y activos, así que cuando fui a recogerlo al aeropuerto lo único en lo que podía pensar era en llegar lo antes posible a casa para darnos un merecido homenaje en nuestro cuarto, el sofá o sobre la mesa del comedor, donde fuera pero sin demora».

«Durante el trayecto, comencé a contarle todos los sueños calenturientos que había tenido con él durante todas esas largas semanas de espera, lo que lo puso a más revoluciones que el propio Ibiza. Voy a parar en esa área de servicio, que ya no aguanto más. Yo, contenta, pensé que me iba a dar un buen pedazo de lo mío. Pero en realidad, lo que necesitaba el pobre era ir al baño. Por lo visto, la comida ranchera del avión había hecho estragos en su estomago. Esperé veinte minutos, que pronto se convirtieron en cuarenta. Tres cuartos de hora más tarde, algo ofuscada, decidí acercarme a ver si la cosa era tan seria como parecía. Justo antes de salir del coche, apareció mi novio con cara de alivio y una mirada que lo decía todo. Nos instalamos rápidamente en la parte de atrás del coche y allí comenzamos dale que te pego, sin preámbulos ni florituras, pues el hambre era mucha».

«No llevábamos ni diez minutos cuando mi chico paró de golpe. ´¿Qué pasa?´, le pregunté casi con enfado. ´No sé, es que me pica bastante la herramienta, será de no usarla´, bromeó. La verdad es que tenía una pinta un tanto extraña. ´No te preocupes´, me dijo, ´la dejo descansar en lo que te hago una cosita con la lengua que me ha explicado un abuelo medio borracho en el avión con ganas de hablar de su fogosa juventud´. Lejos de protestar, me dejé hacer con gran gusto que pronto se truncó en un doloroso escozor. ´Para, para, que no puedo con el picor´, le ordené mientras le apartaba la cara bruscamente. ´¿Qué pasa?´ Ahora era él quien sonaba molesto. ´No sé´, le conteste. ´Me pica bastante la entrepierna. Lo mismo es por culpa de la barba de tres días que no te has afeitado´. Pero no, la comezón iba cada vez a más.

Y la suya tampoco había mejorado. ´Me temo que vamos a tener que poner rumbo al hospital, porque ya estoy notando una dolorosa quemazón que me está dando ganas de arrancarme la piel a tiras´. Entre gemidos, y no precisamente de placer, pusimos rumbo a nuestros rescatadores. Por suerte, nos atendieron con rapidez, lo que además de proporcionarnos un gran alivio físico nos reveló el origen de tan tremenda irritación: mi novio, tras arreglar cuentas con su estomago, decidió coger unas toallitas del carrito de la limpiadora y desinfectar su zona genital, queriendo evitar así posibles infecciones, sin darse cuenta de que esas toallitas no eran de consumo humano, sino altamente desinfectantes para urinarios escabrosos».

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