El retraso madurativo o, como se menciona en el manual diagnóstico, donde aparecen los distintos trastornos mentales, DSM-V: «Retraso global del desarrollo (F88 [315.8])», es una de las necesidades educativas que nos podemos encontrar en las aulas de la etapa de Infantil.

El retaso global del desarrollo afecta al alumnado menor de 5 años con el que no se puede llevar a cabo una valoración sistemática del funcionamiento intelectual, y no cumple con los hitos de desarrollo esperados en varios campos del funcionamiento intelectual (habilidades cognitivas, lingüísticas, motoras y sociales). Este niño puede tener retraso para alcanzar las metas del desarrollo. Es decir, utilizamos este diagnóstico cuando un niño menor de 5 años de edad parece quedarse atrás en cuanto al desarrollo, pero no podemos determinar con certidumbre el grado de afectación.

El retraso se produce en dos o más de las áreas del desarrollo, dentro de las que se encuentran motricidad fina y gruesa; lenguaje y habla; funciones cognitivas; desarrollo personal social y actividades de la vida diaria.

Dentro de las escuelas, el retraso global del desarrollo puede sospecharse o ser descubierto por cualquiera de los agentes educativos y sanitarios que atienden al alumno. Pudiendo ser detectado, así, por la familia, los maestros y maestras, profesionales de la salud como el pediatra, los servicios de orientación a través de los Equipos de Atención Temprana (EAT), entre otros.

Las causas de este problema son variadas. Puede producirse tanto por factores biológicos como por factores ambientales. Entre ellos, destacamos los factores genéticos, problemas hormonales o metabólicos, infecciones, problemas durante el embarazo, bajo peso al nacer, situación desfavorable socio-económica, vínculo afectivo desestructurado, mala alimentación, entre otras causas.

Tanto a través de los centros educativos como en el hogar podemos estimular al alumnado que ha sido diagnosticado con esta problemática. De manera global las actividades cotidianas como el juego entre iguales en el parque o el baile, donde ejercitará la motricidad gruesa y la socialización, y el uso de juegos concretos para trabajar la motricidad fina, pueden ser de ayuda para fomentar el desarrollo del niño. De una manera más precisa podemos ejercitar las distintas habilidades con actividades como las siguientes:

Habilidades cognitivas: uso de puzles, encajables, libros sensoriales. Habilidades lingüísticas: rutinas de conversación con familiar o maestra; leer junto al niño cuentos de su interés, cantar canciones infantiles con el niño. Habilidades motrices: juegos al aire libre, deportes de equipo, bailar, olimpiadas con distintas actividades motrices; abrochar botones, subir cremalleras. Habilidades sociales: juegos y deportes donde se establezcan reglas; aprendizaje cooperativo en el aula; uso de marionetas para representar rutinas, roles y situaciones sociales.

Lo importante es que el menor se sienta integrado en el aula, fomentando una autoestima positiva y un autoconcepto equilibrado. Hemos de darle el tiempo necesario para que pueda terminar sus tareas, no trabajar desde el ensayo y error para no frustrarle y que realice cosas que sepa hacer, unido a tareas en las que con entrenamiento pueda conseguir sus objetivos. Es crucial mantener una buena comunicación entre la familia, los maestros, el pediatra y los Equipos de Atención Temprana para coordinar actuaciones y realizar un seguimiento adecuado de la evolución del menor.