Opinión | Pasado de rosca
Una frágil caña pensante
Con ayuda de la IA, el doctor Martín-Fernández ha logrado elaborar unos test con los que discernir si la persona a la que opera está sintiendo o no una determinada emoción

El neurocirujano Jesús Martín Fernández durante una intervención. / Jesús Martín Fernández
Hay un neurocirujano, el doctor Jesús Martín-Fernández, que opera tumores cerebrales mientras el paciente está despierto y consciente. Su obsesión es que sus pacientes sigan siendo ellos mismos tras la intervención, cosa que no siempre sucede. Operar en ese órgano mucilaginoso y de color grisáceo es harto complicado. Tanto que los neurocirujanos han acuñado un término, ‘neurofobia’, que no designa otra cosa que «el miedo a las neurociencias y a la clínica neurológica por parte de los estudiantes de Medicina y de los médicos, capaz de conducir a la parálisis del pensamiento o de la acción». Es decir, se trata de un área de conocimiento y de praxis médica tan complejos que muchos estudiantes de Medicina y hasta graduados la rehúyen por temor.
Entrar a extraer un tumor situado en el interior de ese órgano tan especial entraña mucho más riesgo que intervenir en cualquier otra parte del cuerpo. No es que no exista el riesgo vital al cometer un error y sajar una arteria en una operación obstétrica, por ejemplo. Es que, en una intervención cerebral, el error estriba en que tocar una determinada área del cerebro produzca un daño irreversible en la personalidad del paciente. Vivir con una pierna amputada sin duda puede ser terrible, pero mucho más lo es haber sido amputado de nuestros más preciosos recuerdos vitales, de nuestras emociones, nuestros sentimientos o del juicio necesario para un recto proceder. Y todo eso y más puede pasar si nos tocan una zona del cerebro. «Bueno, pues que los neurocirujanos no toquen nunca esas zonas comprometidas.» ¡Como si fuese posible a día de hoy tener un mapa detallado y fidedigno del cerebro! Es más, se trata de un órgano tan plástico y tan en constante evolución que la zona que ayer estaba relacionada con la emoción que nos produce una música que amamos, a la vuelta de unos meses o años puede haber migrado a otro lugar, según explica el neurocirujano.
Con ayuda de la IA, el doctor Martín-Fernández ha logrado elaborar unos test con los que discernir si la persona a la que opera está sintiendo o no una determinada emoción. Con ayuda de esos test, y con estimuladores cerebrales consistentes en pequeños emisores de una corriente eléctrica de muy baja intensidad, se puede averiguar si el paciente despierto sometido a una intervención está experimentando o no determinada emoción. Eso permite no ‘extirpar’ esas emociones cuando se está eliminando un tumor del cerebro del paciente. Con esta técnica el doctor Martín-Fernández se asegura de que el paciente intervenido no se convierta en otra persona en el curso de la intervención.
Ese esfuerzo es encomiable. En eso puede consistir la medicina personalizada, es decir la que se practica tomando al enfermo como una persona a la que va dirigido el esfuerzo terapéutico sin hacerlo en detrimento de su ‘ethos’ y su ‘pathos’.
Pero, por otra parte, este conocimiento nos muestra lo difuso y frágil de nuestra personalidad, eso que tanto veneramos y a lo que nos sentimos tan apegados y que en realidad no es otra cosa que una complicadísima madeja de circuitos neuronales responsables de nuestra manera de estar en el mundo y de cuya modificación dependería que nuestro tan querido yo se viese alterado de manera que nuestros seres cercanos ya no nos reconocerían. Probablemente, sin que nosotros mismos nos hubiéramos dado cuenta de la transformación.
Sin duda somos la frágil caña pensante que decía Blaise Pascal.
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