Opinión | Los dioses deben de estar locos

De entre los muertos

Encantamiento de Altisidora, de Antonio Rodríguez (1798)

Encantamiento de Altisidora, de Antonio Rodríguez (1798)

Sancho ha comparado, con buen criterio, sueño y muerte. Aficionado a dormir bien, encuentra al cerrar los párpados reparación, consuelo y descanso de un mundo que es duro y bronco. La muerte es tan democrática como el sueño y casi en todo similar. Sin embargo, resulta más auténtica, porque abre caminos hacia lugares de donde no se regresa.

Caballero y escudero se alojan de nuevo en casa de los duques. Estos desean aumentar más aún la burla sobre don Quijote. Altidisora, doncella del castillo, enamorada tan celosa y demente como fingida, ha muerto (parece ser) con el corazón destrozado por la cruel indiferencia de don Quijote. Su obsesión la había conducido antes a la locura, acusando al hidalgo de cruel y asesino, por no amarla. Pasión tan grande deviene enfermedad. En mucho esta mujer es semejante a aquel Grisóstomo de la primera parte, a quien el rechazo de Marcela había provocado la muerte, y a cuyo sepelio en los bosques acudió una multitud de curiosos dolientes. Bella en la vida y en la muerte, sensual y femenina, el cadáver de Altisidora está expuesto en plena noche, rodeado de antorchas encendidas. El ambiente es teatral. Un heraldo pronuncia las lamentaciones sobre sus desgraciados amores. Dos figuras inquietantes contemplan la escena. Son los reyes Radamante y Minos, jueces infernales, que entre carnavalescos e inquisitoriales, no desean llevarse aún a la hermosa mujer. Se muestran dispuestos a contemplar un nuevo espectáculo, y mandan vestir a Sancho con ropas de escarnio, adornadas con llamas y figuras de demonios, para que sea abofeteado y vejado a manos de las compañeras de Altisidora, en un extraño ritual de desagravio y mofa. Complacidos por la penitencia, y las ridículas protestas de Sancho, conceden que Altisidora regrese a la vida.

Encantamiento de Altisidora, de Antonio Rodríguez (1798)

Encantamiento de Altisidora, de Antonio Rodríguez (1798) / L. O.

La resucitada cuenta acto seguido cómo ha estado lejos de la gloria celestial, y muy cerca de perder la salvación de su alma inmortal, pues fallecida entre remordimientos, rencores, y peor aún, sin esperanza en Dios, había acabado delante de las puertas del Infierno, que por fortuna, no llegaron a abrirse para ella. En las inmediaciones sí tuvo la rocambolesca visión de unos diablos que golpeaban el libro de la apócrifa historia de Avellaneda, como si estuvieran jugando a la pelota. Estas noticias trae Altisidora del otro mundo, cuando todavía vestida con sus fúnebres galas, visita a su amado caballero. En efecto, recién salida del sudario, con despecho, afirma que su dudoso fallecimiento fue un espectáculo, urdido para deshonrar al Caballero de los Leones, mientras que este se reitera una y otra vez incapaz de querer a otra mujer que no sea Dulcinea. Altisidora representa tan admirablemente su papel, que simultáneamente ama y odia al enloquecido caballero, por quien había cantado y puesto en verso sus afectos, tocando el arpa poco tiempo atrás.

Una desaforada pasión la ha llevado y traído de las regiones de la muerte, donde se hubiera convertido en ceniza enamorada. Airada y violenta, la resucitada amenaza con abalanzarse contra don Quijote, y lo llama feroz por no amarla. Su amor, del que ha nacido su odio, ha sido más fuerte que la muerte. Las aguas del Leteo no lo han apagado. Ahora, venida del reino de los muertos, se sumerge deliberadamente, y para siempre, en la negación y en el olvido de don Quijote, entregándose a labores y trabajos. Parece una suerte de expiación, una forma de continuar aparentemente con su existencia, pero poco creíble, pues su obsesión, que lleva impreso el sello de la locura, la ha atormentado en esta vida y en la otra. ¿Cómo habría de extinguirse?, porque quien ha visto las grotescas penas del infierno, lleva para siempre a la fría muerte en la mirada. Su cuerpo de mujer es ahora sólo capaz de helar el corazón de cualquier hombre. Jamás nadará entre las olas del amor; no volverá a encontrar el deseo, ni la sensualidad. Nadie ama a quien ha pisado las tenebrosas regiones de la muerte y ha frecuentado los enrevesados caminos de la locura. De donde tú vienes, Altisidora, nadie ha regresado. Fingidos o reales, tus sentimientos han devorado tu corazón. Ya no perteneces a este mundo.