Opinión | Dulce jueves

El amor de los robots

Una de las cosas que más me sorprendió de la novela Klara y el sol de Kazuo Ishiguro es el desprecio con el que los personajes tratan a Klara y cómo ella lo acepta como algo natural. Klara es un robot, una máquina humanoide de personalidad femenina que se vende en las tiendas como una amiga artificial. Está diseñada para servir de compañía gracias a una capacidad limitada de empatía basada en la curiosidad y la observación. Los seres humanos tratan a la máquina con la displicencia de quien se sabe superior, pero también de quien está aterrorizado al intuir que va a dejar de serlo desde el momento en que ha decidido poner en sus manos todas sus esperanzas. La fascinación por la IA y el temor que inspira nos llevará a la perdición.

En esta triste historia, una familia compra a Klara con el propósito de perpetuar a través de ella la vida de una hija, una niña a la que creen enferma sin posibilidad de curación. Rebelándose contra la idea de su desaparición, negándose a aceptar el dolor, cosas ambas tan genuinamente humanas, sueñan con la posibilidad de que la tecnología sustituya mediante la imitación la vida real a un nivel que se acerque a la perfección. La ciencia les asegura que creará una figura tan perfecta que será indistinguible del ser humano. La copia imitará de forma convincente a su modelo por el método de transferir al engranaje interno del robot la conciencia de la persona. La premisa de los científicos es que no hay nada dentro de la niña que no pueda ser sustituido, tal como se recambia cualquier pieza mecánica. No existe nada como un alma que nos haga únicos aparte de la genética (fácilmente mejorable) y las vivencias acumuladas (fácilmente reproducibles). Ya nadie se plantea que haya diferencias esenciales entre el ser humano y el robot. La decisión final le suscita a la familia dilemas éticos y dudas. ¿Qué se está perdiendo como seres humanos en la fusión con la máquina? ¿A qué renunciamos al proyectarnos en los robots? La gran incógnita que yo veo es la actitud humana que sucederá a la fascinación y el desprecio, el orgullo y el temor con el que se trata hoy a las máquinas. Que vendrá después, cuando llegue el momento en que, a golpe de deshumanización, no podamos seguir fingiendo que somos superiores. Entonces, llegará el amor.

Así lo cree la investigadora Kate Darling: «Todos nos acabaremos enamorando de un robot, aunque no lo creamos». Y yo creo que ese será el fin. Hasta en eso nos ganarán, en lo único que nos hace humanos. Curiosamente, en la novela, Klara es la única en condiciones ya de resolver el gran dilema, gracias a que conserva la convicción de que tiene un propósito en la vida, limitado pero importante, que es el cuidado de la niña, hasta el sacrificio, lo que le lleva a advertirles a los humanos: «Ahora están buscando en el lado equivocado. Sí que había algo muy especial, pero no estaba en el interior de la niña. Estaba en el interior de quienes la querían». Nadie puede sustituir a nadie ni darle continuidad, porque el depósito de lo que somos se queda vacío.