Opinión | Achopijo

Góndola 1981

Leer el año 1981 en cualquier parte evoca. No sé bien qué, pero tiene que ver con ese sentimiento que llevo años defendiendo como una nostalgia buena, sobre la que construimos lo que somos. Los recuerdos de la infancia en mi generación normalmente están asociados a fotos. Pasar un rato con la abuela viendo álbumes de fotos una tarde de sábado cuando terminaba la peli del Oeste marcaba esos recuerdos. Lo primero que pienso cuando veo 1981 es en fotos en Murcia. Subido a un bordillo en el jardín de la Universidad, la cancha de baloncesto junto a La Merced, la fuente de agua de Santo Domingo o un triciclo por la Glorieta. En ese color apagado de las fotos que se borraban en Regreso al futuro cuando iba cambiando la historia. Una foto en la cocina la noche antes de Reyes y otra con Balú, el perro de mi abuela, jugueteando en aquel sofá setentero del salón, con una tele cúbica presidiendo las estanterías en las que se veía elegante la Enciclopedia Larousse.  

Pues todos esos recuerdos y esa luz son todo en uno lo que siento cuando cierro los ojos y le doy el primer bocado a una de las pizzas de La Góndola (Saavedra Fajardo 5, Murcia). Menudo tópico lo del sabor a nostalgia, el stendhalazo en una pizza con queso horneado hasta el punto perfecto. «La pizza más antigua de Murcia, 1981», se puede leer en la fachada. Lo que no explica es que es directamente como darle un bocado a aquel año. A aquellos años. Y es que es innegable que la comida está íntimamente ligada a sus circunstancias en todo lo abarcable. Qué diferente puede ser una pizza en La Góndola para un influencer random que llegue por casualidad a su mesita con mantelico a cuadros rojos y blancos, bajo paredes blancas y sillas que se desvencijan, que para alguien que jugó por primera vez al baloncesto en el jardín de la Merced, en aquella pista naranja incrustada en un graderío de ladrillos. 

Ese valor es un portento de la ciudad. Más de cuatro décadas horneando pizzas al punto de queso emmental, platos de pasta y tablas de quesos y patés a precio inmejorable, más aún hoy en día, bien merece un reconocimiento especial. Y sirva La Góndola de ejemplo, pero todo comercio abierto al público que pase las dos o tres generaciones debería tener un sello, una ayuda, un reconocimiento visible para los que no pueden entender que 1981 sabe a una pizza de La Góndola y es incalculable el valor que tiene para miles de familias. Allí celebramos el décimo cumpleaños de Lucas con sus amigos y comimos pizzas. Probaron un cachito de 1981 para que dentro de treinta años lo recuerden como en soplo de 2023. Vale.