Opinión | Limón & Vinagre

El príncipe que se transformó en monstruo

Pistorius mató a su pareja y modelo, Reeva Steenkamp, el Día de los Enamorados de 2013 de cuatro disparos a través de la puerta del baño. Accederá probablemente a la libertad condicional en enero

Oscar Pistorius, en 2014, antes de escuchar la sentencia que lo condenó por asesinar a su novia

Oscar Pistorius, en 2014, antes de escuchar la sentencia que lo condenó por asesinar a su novia / Siphiwe Sibeko/Reuters

«Superestrella paralímpica» sigue siendo un oxímoron. Esta categoría solo podía aplicarse a Oscar Pistorius. El corredor sudafricano mantiene las plusmarcas en 100, 200 y 400 metros. Fue el primer atleta olímpico con doble amputación en los Juegos de Londres 2012. Un año más tarde, el príncipe de Johannesburgo se transformaba en monstruo. Igualito que en Frozen, un canto al amor plebeyo donde el malo rebosa sangre real.

Pistorius mató a su pareja y modelo, Reeva Steenkamp, el Día de los Enamorados de 2013 de cuatro disparos a través de la puerta del baño. No hay duda sobre la autoría, pero el deportista alegó que confundió a su compañera con un intruso. El jurado no le creyó, y lo condenó por asesinato. A 14 años. Se cumple la mitad de la condena; el preso accederá probablemente a la libertad condicional en enero, tras las evaluaciones pertinentes. El asesino viene a cenar.

El uxoricidio perpetrado por Pistorius se erigió en uno de esos crímenes del siglo que dan pasto a multitudes ávidas de morbo durante unas semanas. Si quieren saber por qué se le alinea junto a O. J. Simpson o Charles Manson, coloquen juntas las fotos de Reeva Steenkamp, de Nicole Simpson Brown y de Sharon Tate, sin necesidad de reencarnarla en Margot Robbie. Pueden añadir a Ana Mendieta, la esposa caída por una ventana del también artista absuelto Carl Andre, pero no manchemos de cultura este párrafo tan people.

En la versión sudafricana del asesinato que marcó a una generación, Pistorius se despojó de las prótesis ante el tribunal y se desplazó sin piernas hacia el estrado. Es una imagen que remueve el concepto de una persona, porque en el juicio no se exhibió el cadáver de la víctima tiroteada. Con esta estrategia, el atleta sacrificó al héroe para salvar al hombre, el resumen del traslado de los acontecimientos a la esfera penal. La reivindicación radical de la invalidez, de la disminución física, no le ganó la inocencia, pero pudo afeitarle unos años de condena. En la pista y en la cárcel, cuenta cada segundo de menos.

Cuando era un mito, le llamaban Blade Runner. Cortaba el viento con el único invento más poderoso que la inteligencia artificial, la anatomía artificial. Nadie sabe qué pretendía Philip K. Dick con su expresión cortante, pero Pistorius no solo corría montado en dos láminas ultraflexibles. También parecía deslizarse sobre el filo de la navaja. El niño nacido sin peronés volaba como el mensajero alado de los dioses, antes de liquidar su leyenda a tiros.

Sus máquinas de correr, construidas en realidad con fibra de carbono y con un diseño que hubiera aplaudido Steve Jobs, le obligaron a litigar contra la autoridad deportiva que lo acusaba de ventajismo, y se negaba a homologarle. Ganó la batalla legal, antes de morir matando. Hoy sabemos que no llegó más lejos que las elaboradas zapatillas actuales, auténticas prótesis que han devaluado el maratón hasta las dos horas.

En libertad, Pistorius coronaba una vuelta al estadio en 46 segundos, que dejarían en la cuneta a profesionales de la asignatura. Esa marca ganaría una plaza en la universidad y en los campeonatos de atletismo norteamericanos; se tiene identificadas a todas las personas que la mejoran. Mediante la victoria inapelable, Pistorius impuso la discapacidad positiva, la superación por la amputación, el éxtasis del cyborg. No queremos ser más inteligentes, queremos ser más rápidos. La pista de atletismo no lo igualaba a sus semejantes, le concedía una ventaja inapreciable sobre los vulgares mortales. Llamadlo Pistonius.

El asesinato del siglo y el juicio del siglo eclipsan cualquier realidad anterior; O. J. Simpson deja de ser un actorzuelo de la galaxia Aterriza como puedas. El hundimiento de Pistorius se agrava porque arrasa con su estampa de ejemplo de superación, obliga a arrancar el póster en la pared.

Tiene 37 años, pero toda la carrera deportiva a su espalda. La felicidad del novio de Sudáfrica se concentra hoy en contemplar a un orondo oficial negro de prisiones, que inserta su perdón en «el proceso de rehabilitación». La burocracia con sangre entra.

La madre de Reeva Steenkamp tiene asumido que Pistorius saldrá un día de la cárcel, pero no todavía. Desconozco a un solo hombre más elegante que Fernando Schwartz. Años atrás, también España entró en el bucle de un terrorista que regresaba al barrio que compartía con sus víctimas, una vez cumplida estrictamente su condena. El diplomático abajó el periódico, lanzó su sonrisa apaciguadora y se limitó a cuatro palabras:

-Que no le saluden.

La paz. Siempre se consume fría.