Opinión | Noticias del Antropoceno

Mis años catalanes

Llegué a Barcelona el mismo día que aterrizó por allí Josep Tarradellas, el último president de la Generalitat en el exilio (lo del supuesto exilio de Puigdemont no deja de ser una broma pesada comparado con el exilio de Tarradellas). Mi llegada no provocó tanto alborozo como la de Tarradellas, pero desde entonces no me resisto al chiste fácil al afirmar que cuando el president catalán pronunció su famosa frase «Ja soc aquí»,mi réplica fue «I jo també».

Mi objetivo era matricularme en la especialidad de Publicidad y Relaciones Públicas, que no se podía cursar en mi anterior alma mater (madrastra, yo diría), la Universidad de Navarra. Tanto me querían allí, que no me concedieron el traslado de expediente, algo que era ilegal dado que allí no se podía estudiar esa especialidad, solo Periodismo. El caso es que estuve a punto de no poder matricularme en la Autònoma de Barcelona, y quedarme colgado para siempre entre Pinto y Valdemoro. Afortunadamente le conté mis cuitas a la administrativa de la ventanilla en la Facultad y me dejó inscribirme sin traslado de expediente. Cuando fui a recoger mi título de licenciatura, tuve que exhibir mis papeletas de examen, ante la incredulidad manifiesta de la secretaria de la Facultad. Por lo que me dijo después, fui un caso único en la historia académica.

Mi aventura vital en Cataluña, que se inició con los dos años de Facultad, continuó de forma intempestiva con mi ingreso en Figueras para hacer el campamento correspondiente al servicio militar, que culminó en el destino más maloliente del Ejército de tierra español: el Grupo a Lomo de Lérida, habitado por doscientos mulos y sus correspondientes conductores, que olíamos a la misma mierda al cabo de un cierto tiempo. Nuestros superpoderes eran desmontar las piezas de artillería y cargarlas en el mulo para ascender en los territorios del dominio de la Brigada de Montaña pirenaica al que pertenecía nuestra unidad. 

Dos experiencias diametralmente opuestas, las de estudiante y la de soldado de reemplazo, que al menos me condujeron al aprecio inextinguible que tengo desde entonces por aquellas tierras y por aquellas gentes.