Opinión | Los dioses deben de estar locos

Los asnos de la guerra, o el triunfo de Ares

Todavía con el recuerdo fresco de los inquietantes sucesos acaecidos en la cueva de Montesinos, y antes de la peligrosa experiencia del barco encantado, don Quijote y Sancho sufrieron la aventura de los rebuznos. La historia adquiere primero la impresión de una noticia inesperada por la certeza de un próximo enfrentamiento armado entre dos poblaciones vecinas, para luego, casi adentrarnos en el terreno de la fábula a la hora de saber cómo y por qué se ha desatado la furia de Marte. En efecto, enseguida conocemos el suceso de un asno extraviado en el monte, afanosamente buscado por dos regidores (o dos alcaldes, pues aun reciente, la historia, nacida y crecida en la oralidad, comienza pronto a diferir). Para recobrar el asno, ambos (cada uno por un lado) reproducen con gran soltura los rebuznos del animal a modo de reclamo. Sin embargo, sólo consiguen atraerse mutuamente, confundidos y engañados por su excelente imitación, para después encontrar la osamenta del pollino perdido, muerto y devorado por las fieras; y por tanto, sordo a los gritos con que los otros dos burros bípedos lo llamaban. La crítica, jocosa y mordaz, contra el poder reglado, es innegable.

Por desgracia, la fama del cuento se extiende. Insultos y burlas marchan de ida, afrentas regresan de vuelta; la situación se hace insostenible. Lo que hubiera sido una sátira, sabia y punzante, sobre la escasa inteligencia de quienes ostentan los poderes públicos, acaba dando ocasión a la matanza. Tambores de guerra, espadas, picas, alabardas, incluso arcabuces, son adquiridos y transportados hasta aquellos parajes cercanos a las orillas del Ebro. Los ejércitos en formación se disponen al combate bajo el amparo de estandartes y banderas donde, por toda heráldica, blasona un burro con la boca abierta en acto de rebuznar.

Don Quijote, que tiene acreditada experiencia en luchas contra escuadrones armados, reales o imaginados, en esta ocasión asume, por paradójico que haya de ser, la defensa de la razón y de la cordura. Valiente, sin dudarlo, lejos de tomar lanza y escudo, se sitúa como un pacificador entre ambos bandos, blandiendo la palabra por única arma. Exige silencio y enumera los contados motivos por los cuales los hombres deben hacerse la guerra entre sí. El breve repertorio de razones se concreta (como es habitual en la visión cervantina de la vida) exclusivamente en la justicia, la libertad y la propia defensa. Nada sitúa al orgullo herido, al pundonor, ni desde luego a la vanidad burlada de los poderosos, como motivos suficientes para mandar personas a la muerte, desatender las cosechas, destruir las haciendas, verter sangre inocente, hacer cautivos, y acrecentar el número de viudas y huérfanos entre quienes poco antes eran pacíficos paisanos, hijos del mismo sol, tributarios del mismo arroyo. Los estandartes ondean pero el viento es lo único que se mueve. Todos escuchan conmovidos, y esperan a que el improvisado orador continúe con su argumentación a favor de la paz después de haber aclarado, con pocas pero convenientes palabras, que no concurre ocasión para una guerra justa.

Enardecido, ebrio podría decirse, por la retórica de su amo, Sancho desea también contribuir a la causa de la reconciliación, haciendo ver la escasa entidad del agravio que aquellas gentes pretendían vengar. Por añadir una gracia, también él se presenta como un gran rebuznador, sacudiendo valles y montañas mediante un grito ensordecedor, que de haber sido de león, y no de burro, hubiera helado los corazones de todos. Para su desgracia, el talento mimético de Sancho encendió las iras, apenas calmadas, de los improvisados ejércitos que, antes de batirse cegados por la furia y la vergüenza, casi logran matar a caballero y escudero. Fue, al final, una batalla completa, que de haber ocurrido entre gente más culta y con más letras, afirma el narrador de esta verdadera historia, hubiera dado excelente ocasión para levantar un hermoso monumento funerario con el que honrar a los caídos por causa tan peregrina como aquella; pues en todas las guerras conocidas, pasadas y futuras, la palabra se desprecia, y la razón huye o es pisoteada hasta la muerte, mientras que un atávico impulso homicida, como salido de una bestia desbocada que profiriese grotescos mugidos, diluye en sangre los últimos restos de humanidad.