Opinión | Desde mi picoesquina

No es momento de rupturas

Irene Montero.

Irene Montero. / Ricardo Rubio - Europa Press

La negativa de Sumar y PSOE a la continuidad de Irene Montero -a la que atribuyen un desgaste tras la puesta en práctica de la ley del ‘Solo sí es sí’ En el Ministerio de Igualdad y los intentos de última hora de Sumar de buscar un encaje del partido morado en el Gobierno, proponiendo a Nacho Álvarez, que desautorizado por su partido, Podemos, ha rechazado esa propuesta comunicando que dimitirá de todos sus cargos orgánicos por haber perdido la confianza de la dirección de la formación morada, añaden otro grado de incertidumbre sobre la estabilidad del nuevo Gobierno de coalición y, por ende de la legislatura, que se inicia con el permanente acoso de la derecha política, mediática y judicial, ahora, por la tramitación de la ley de amnistía. 

En ese contexto, las acusaciones tanto de Montero como de Ione Belarra de que se les ha expulsado del Gobierno han tensado más la cuerda y el enfrentamiento, nada solapado, entre Sumar y Podemos, enfrentamiento que, en los últimos meses, se viene exteriorizando desde los editoriales de Diario Red, televisión por Internet impulsada por Pablo Iglesias, y, en fechas recientes, por la negativa de Yolanda Díaz a que interviniera un portavoz de Podemos en el fallido debate de investidura de Núñez Feijóo. Aunque la secretaria general de Podemos no adelanta por ahora cuál será el futuro de su formación política, todo hace pensar que la ruptura del pacto Sumar-Podemos, firmado para concurrir a las elecciones generales del pasado 23 de julio, podría no tener vuelta atrás. Belarra ya ha avanzado que Podemos va a actuar con autonomía en un curso político con tres citas electorales, las gallegas, vascas y europeas, que pondrán a prueba la frágil unidad de la izquierda sellada en ese acuerdo del verano. No es difícil percibir que bajo estas tensiones subyace la necesidad de ocupar el espacio hegemónico a la izquierda del PSOE, con dos concepciones bastantes diferenciadas entre una izquierda más rupturista con lo que se ha venido denominando el Régimen del 78 y una más pragmática y posibilista. 

Pedro Sánchez, que, recordemos, tras los 35 diputados obtenidos por Unidas Podemos (UP) en las elecciones de noviembre de 2019, forzado por la necesidad, selló un acuerdo de Gobierno con esa coalición política con Pablo Iglesias como vicepresidente, no se ha sentido nunca cómodo con el excesivo ‘ruido’ protagonizado por la presencia de Ione Belarra e Irene Montero, ministras de (UP). Sin embargo, nadie puede dudar de que las conquistas sociales, que en el terreno de la Igualdad han situado a nuestro país a la cabeza de la Unión Europea, se han debido a la presencia en ese Gobierno de las citadas ministras. Y ello pese al lento declive electoral de Unidas Podemos, que en las elecciones generales de 2016 alcanzó su cénit de representación con nada menos que 71 diputados/as. 

A partir de entonces, la coalición experimenta una sangría de votos, por errores propios y, también, por una virulenta campaña mediática, política y judicial de desprestigio. Las expectativas que hasta entonces había mantenido de sorpasso al PSOE, derrotar a la derecha y alcanzar mayores cuotas de poder, que los ayuntamientos del cambio parecían posibilitar, se vieron frustradas, hechos que coincidieron con la caída de la participación de la militancia, la desnaturalización del funcionamiento de los Círculos, señas de identidad de aquel Podemos incipiente, y las crisis internas con el abandono de significados militantes.

El punto de inflexión, recientemente, han sido las elecciones autonómicas y locales de 28 de mayo de 2023, en las que, con 14 diputados/as autonómicos, Podemos está ausente de la Asamblea de Madrid, las Cortes Valencianas y el Parlamento de Canarias, además de perder representación municipal. Ello es una evidencia, como lo es que Sumar no logró rebasar en las elecciones del pasado 23J ese número de escaños de UP en las citadas elecciones de noviembre de 2019, sin duda debido a que el voto progresista se volcó en el PSOE –el caso de Catalunya fue paradigmático- para frenar a la derecha.

Así las cosas, creo que la izquierda ha de repensar su papel en esta legislatura y reconstruir alianzas, consensos y fuerza electoral, en un contexto de un Gobierno con apoyos parlamentarios inestables. Si la izquierda del PSOE quiere conseguir avances, con una política de ‘paños calientes’ tendente a no hacer ‘ruido’ poco se puede hacer. Teniendo claro, por lo demás, que no todo hay que confiarlo a la labor institucional: el apoyo de la calle es imprescindible.

Pese a que el panorama internacional no es nada halagüeño y en el ámbito doméstico hemos de contar con la pertinaz labor obstruccionista y pregolpista de la derecha política, mediática y judicial, hay que exigirle a este Gobierno que vaya más allá de simples medidas cosméticas. Y ahí una izquierda fuerte, cohesionada y coherente con sus principios tiene mucho que decir. Porque si los votos progresistas han sido un muro de contención para evitar un Gobierno de extrema derecha, ahora procede adoptar medidas valientes que pongan freno a esa ultraderecha que, como en Argentina, antes en Brasil, y recientemente en Países Bajos, aprovecha las carencias sociales y el descontento popular para ofrecer soluciones envenenadas. 

El peligro está ahí. Por eso cabe exigir a las fuerzas de izquierda alternativa que hoy, con más motivos que nunca, abandonen sus reticencias y tendencia a la fragmentación y constituyan, apoyándose en los colectivos sociales y sindicales, un Frente Amplio, que no sólo ponga freno a las derechas, sino que también se ‘reconcilie’ con los sectores populares más castigados y vulnerables, y con objetivos concretos: democracia amplia; propuestas programáticas asumibles por todos los actores; participación de las bases y de la ciudadanía, y libertad de crítica. 

Y ahí deben caber todos/as. No es momento de rupturas.