Opinión | Observatorio

José Luis Villacañas

La época de la exageración

Ilustración de Leonard Beard.

Ilustración de Leonard Beard.

Si tuviéramos que caracterizar nuestra época, sería difícil hallar un punto que como palanca la definiera. Necesitaríamos un esfuerzo reflexivo, ¿pero quién tiene tiempo para eso? Quizá ello explique nuestra situación de crisis. Estamos en medio de una catástrofe comunicativa, magnificada por la infinitud y la intensidad de las voces. La dimensión inclusiva de la democracia, que ofrece la promesa de oír todas las voces, ha colapsado ante el ruido. Las simplificaciones que se elevan para hacerse oír en medio del ruido tienen que ser tan exageradas, que atruenan y hacen inviable una escucha que no sea la de uno mismo.

Por eso podemos decir que estamos en la época de la exageración. Ese es nuestro tipo humano. Por supuesto, la exageración es una forma de la mentira, pero especial. Es la mentira que pasa a la ofensiva, expansiva, a cara descubierta, segura de sí misma, que no quiere dejar territorio común desde donde ser observada. El exagerado espera una respuesta exagerada para legitimarse a sí mismo. Es la mentira que no deja espacio para la verdad, que busca su compacidad. Esa es la verdadera potencia totalitaria. Y se ha instalado entre nosotros.

El arquetipo de la época de la mentira es aquella frase que se puso en la puerta de Auschwitz: «El trabajo libera». La mentira consistió en decir lo contrario de lo que se hacía y de forma hiperbólica. Llamar trabajo a lo que sucedía en los campos fue escupir sobre ese concepto. Invocar la libertad fue cínico y criminal. Hoy vemos por doquier fenómenos análogos. Para mi generación, tomarse en serio las promesas de la democracia, era estabilizar la sociedad frente a los totalitarismos. Hoy, a quien recuerde esas promesas, se le considera un comunista o un tirano, un loco furioso o un tipo peligroso.

Nunca se ha interiorizado más la no deseabilidad de la revolución que en nuestros días, y nunca se han levantado más voces acusando de revolucionarios a actores moderados. Nunca se saltaron más los jueces el poder del Parlamento, y nunca se han escuchado más voces escandalizadas porque se rompe la división de poderes. Nunca ha habido más paz en España, pero unos la ven tiránica y otros rota. Nunca se ha alentado con más fuerza políticas contra la Constitución, y nunca se ha acusado de anti-constitucionalistas con más persistencia a los demás.

¿Dónde está la fuente de estas exageraciones? ¿De qué actitud psíquica o de qué interés brotan? ¿Quién las instiga? ¿Cómo adquieren la consistencia de un programa? ¿Qué tipo de subjetividad las mueve, las expande? ¿Cómo son creídas por tanta gente? ¿Cuál es la razón de que un gramo de verdad se transforme en una tonelada de exageraciones? No tenemos claro el dispositivo que funciona aquí. Sólo sabemos que basta con que una persona se vea afectada en un punto, para que la exageración se dispare. Y lo más peligroso: si rozas el tema que afecta exageradamente a otro, entonces serás objeto de descalificaciones en cadena. La exageración se ha convertido en un sistema. Y un sistema exagerado y rígido.

Es algo que el populismo clásico no vio venir. Este hablaba de cadena de equivalencias entre demandas. Ahora estamos en una cadena equivalencial de exageraciones, que impide cualquier análisis, distinción o demanda real. Ese es el muro impenetrable tras el que se encierra el tipo humano que aparece en el horizonte. Puede que sea la condición de una forma comunicativa, pero es también una figura psíquica. Su estructura pasa por activar un resorte innegociable, por depositar toda la energía mental en un punto y lanzarla como un arma. No es solo desconsideración por lo que quiera que sea el mundo. Es también proclamar no tener que sentirse afectado por la realidad, no querer ni necesitar la negociación con ella, instalarse en un estado marmóreo de certezas, que usa la herramienta de la comunicación, el lenguaje o el gesto para romperla.

¿De qué inseguridad son síntomas estas actitudes? No lo sabemos. Pero lo que sí que sabemos es que una insidiosa violencia se ha instalado en la vida cotidiana en la que nadie puede sentirse cómodo. Con esa actitud no puede abrirse paso ninguna convivencia normativamente fundada. Cualquier invocación a una norma salta por los aires para este tipo de personalidad, que más bien está diseñada para que la única norma sea su arbitrio. Cualquier institución se vuelve nueva fuente de conflicto y así se muestra que es prescindible. Y quizá eso sea lo que se busca. Una vida sin instituciones, sin normas. Donde solo decida el poder, mi poder.

Sabemos que la vida cotidiana sigue su camino en lugares donde se habla y se escucha. Pero resulta evidente que este tipo humano se torna el habitual en los lugares de exposición pública, y que una de sus pretensiones consiste en expulsar de esos espacios a quienes todavía buscan razones. Con ello una confusión se impone. La misma relación de plena disposición y poder que uno tiene con una pequeña máquina que produce imágenes, este tipo humano quiere tenerla con el mundo carnal. La misma insensibilidad monadológica se proyecta sobre la realidad. La misma violencia. No es desconsideración, es solipsismo.

Este tipo de personalidad suele estar anudada al mundo por un único hilo, y este suele ser muy frágil. Quizá toda exageración proceda del empeño de hacer fuerte lo quebradizo. Pero, ¿seremos capaces de oponerle una sobria fortaleza? Nos jugamos la democracia en ello.