Opinión | Pasado de rosca

El necesario triunfo de la buena literatura

Es tópico decir que la literatura nos hace vivir otras vidas, pero sin duda es cierto. Aunque lo realmente importante es que nos lleva a vivir otras vidas de un modo diferente a como vivimos la propia

Fotografía de Iñaki del Olmo / Unsplash

Fotografía de Iñaki del Olmo / Unsplash

La narrativa cumple una función esencial como es asomarse a la vida de otros. El lector es ante todo un ‘voyeur’ que se asoma sin ninguna restricción ni cortapisa a otras vidas y las puede observar sin necesidad de disimulo ni ocultación.

Ese asomarse a la vida de otros ya tiene como valor primordial salir del solipsismo en el que nos encierra nuestra propia peripecia vital, que cada vez transcurre por cauces más estrechos y estereotipados. Quien lee, aunque lo haga en soledad, nunca está solo. Los personajes de la narración por la que transita lo acompañan hasta envolverlo en su aventura a la que lo arrastran.

Por añadidura, la lectura nos hace más sabios porque nos obliga a fijarnos en aspectos de la vida que habitualmente nos pasan desapercibidos. La novela fija la atención y nos permite distinguir mejor lo realmente importante de lo secundario, pues muchas veces en la vida cotidiana convertimos esto último en lo absoluto. La narración dilata el horizonte, nos lleva a levantar la vista para alcanzar lo que habitualmente nos pasa desapercibido.

Es también tópico decir que la literatura nos hace vivir otras vidas, pero sin duda es cierto. Aunque lo realmente importante es que nos lleva a vivir otras vidas de un modo diferente a como vivimos la propia. Y es que la propia vida es, por citar otro tópico, eso que nos sucede mientras estamos pensando en otra cosa. Las vidas que nos hace vivir la literatura nos las hace vivir precisamente pensando en ellas, sin que se nos pasen desapercibidas. Y cuando nos hemos distraído, siempre podemos volver atrás para vivir la lectura de un modo más consciente y lúcido. La relectura es una manera de multiplicar los sentidos que encierra toda narración.

También se suele decir que toda buena novela es más inteligente que el escritor que la ha creado. Como autor, puedo atestiguar que muchas veces los lectores me han hecho reparar en aspectos o interpretaciones de lo que yo había escrito de las que no había sido consciente cuando las escribía, y que, sin embargo, no puedo negar que estén en el texto o en su interpretación dado que alguien las ha visto ahí. Así pues, aunque el autor no sea sabio, si logra escribir una buena novela, la novela sí que encerrará una sabiduría que ni el mismo autor posee.

Cuando un escritor concienzudo escribe una obra de ficción, pone todo su empeño y despliega toda su inteligencia para construir el relato. Por eso la lectura nos pone frente a una inteligencia que habitualmente no desplegamos en nuestra vida cotidiana. Porque el autor, por así decirlo, se sale de la vida para, viéndola a distancia y con más amplia perspectiva, mejor reflejarla. Dicho de otra manera, escribir sobre la vida es una manera de separarse de ella para vivirla mejorada.

Últimamente se ha puesto de moda poner el acento en el relato cuando nos referimos a cuestiones cotidianas. Así se acusa a un político de no haber sido capaz de elaborar el ‘relato’ de sus propuestas o de su acción política. Dominar el ‘relato’ se ha convertido en sinónimo de hacer triunfar una idea. A pesar de que esa trivialización del significado de relato no constituye precisamente la forma más noble de referirse a él, revela, sin embargo, la importancia que tiene para nosotros los humanos el arte de envolver en la ficción las realidades que de verdad nos importan. Así ha sido desde que el mito daba sentido a las colectividades humanas e iluminaba tanto los aspectos éticos individuales como los significados políticos colectivos. En la narración mítica se ejemplificaba el ser y el deber ser de los individuos que se reconocían en el relato.

Por eso, no debemos permitir que el relato ramplón triunfe sobre el noble y elevado arte literario. Y estamos obligados a cultivar la capacidad para distinguir el uno del otro.