Opinión | Al azar

El primer móvil, mejor a los 160 años

Para no incurrir en la descalificación global que precisamente aplican los impositores e impostores del móvil a los 16, la solución es una prohibición parcial como se ha hecho con el tabaco

Fotografía de Alejandro Escamilla / Unsplash

Fotografía de Alejandro Escamilla / Unsplash

Si Elon Musk se ofreciera a implantar un móvil en el cerebro, contaría con centenares de millones de voluntarios. De hecho, el 90 por ciento de la población mundial ya tiene inyectado el artefacto en la mano. Los seres humanos pueden aguantar hasta dos minutos sin consultar el teléfono más inteligente que su propietario, pero solo un minuto sin tocar el aparato. Los esclavos digitales coinciden con los woke, los canceladores y demás inquisidores de la verdad única.

Los adictos más conspicuos han decidido por fin tomar una medida para frenar la adicción, que consiste en prohibir el móvil. Solo a los menores de 16 años, porque se trata de mantener la superioridad digital sin entorpecer el negocio. Sin embargo, un porcentaje creciente de la actividad humana se descarga cada mes en los teléfonos. De ahí surge una mala noticia para los predicadores de la corrupción digital de menores, la intoxicación no tiene edad. Para vacunarse contra la pandemia, procede elevar la apuesta y postergar el primer smartphone hasta el día del 160 cumpleaños.

La accidentada presidencia del Congreso estadounidense recae en la actualidad sobre el desconocido Mike Johnson. Este dirigente republicano tiene instalado en todos su artilugios electrónicos un software «de responsabilidad», para evitar la consulta de páginas pornográficas. El informe resultante sobre su cumplimiento se envía a un «partner responsable», que en el caso del congresista es su propio hijo menor de veinte años. Se transforman así en confesores recíprocos de la información que trasiegan. ¿Cuántos partidarios de prohibir el móvil hasta los 16 o 160 años están dispuestos a establecer un pacto semejante de vigilancia mutua?

Todos los párrafos de este artículo retratan a una sociedad tan enferma como real. Frances Haugen es la antigua ejecutiva de Facebook que ejerció de denunciante o lanzadora de alertas contra la red asocial de Zuckerberg, conocedor y alentador del efecto nocivo de sus productos sobre los adolescentes. Los fiscales de más de cuarenta Estados americanos acusan hoy a la matriz ‘Meta’ de «aprovecharse del dolor de los niños». De acuerdo, si aceptamos «niño» como cualquier persona de menos de noventa años.

Para no incurrir en la descalificación global que precisamente aplican los impositores e impostores del móvil a los 16, la solución es una prohibición parcial como se ha hecho con el tabaco. Recintos libres de humo digital. Las aulas sin móviles son una medida elemental, aunque también dificultarán la vigilancia de los progenitores a sus retoños. 

Y, sobre todo, el adulto que establece fronteras por edad ha de estar dispuesto a no exhibir nunca un móvil delante de un menor que lo tendría prohibido por su ley. 

Doloroso, ¿verdad?