Opinión

La política, los políticos, la lealtad

Notamos a faltar el sentido de la lealtad en política. Y esto no es bueno para la sociedad, porque de lo que estoy segura es de que cuando una persona tiene arraigado el concepto de lealtad, también es poseedor, o poseedora, de otras cualidades que le dignifican

Yolanda Díaz y Pablo Iglesias.

Yolanda Díaz y Pablo Iglesias. / M. Dylan / Europa Press

La lealtad expresa sentimientos de respeto y fidelidad hacia una persona, hacia un compromiso, hacia una comunidad, entre otros. En definitiva, la lealtad, que significa «respeto a la ley», es un compromiso hacia unos principios: la RAE la define como el «sentimiento de respeto y fidelidad a los propios principios morales, a los compromisos establecidos o hacia alguien».

Un sentimiento tan profundo que puede ser capaz de llevar a, por ejemplo, Yukio Mishima, considerado como uno de los más grandes escritores de Japón del siglo XX (fue candidato al Premio Nobel de Literatura en 1968), a hacerse el harakiri tal mes como este del año 1970, por lealtad a sus ideas, siendo fiel a lo que dejara escrito, porque para él: «Una promesa es un concepto vago hasta el momento en que entra en juego el concepto de lealtad». Y es que para Yukio Mishima «nuestros valores serán los que nos obligarán a cumplir nuestras promesas».

Pero yo creo que en política son muy pocos los que conocen la historia del gran escritor japonés. Incluso la definición de la RAE a algunos les parecerá, simplemente, cosas de intelectuales. Así es que podemos asistir al espectáculo de la traición colectiva, pongamos por caso (hubieron honrosas excepciones) de los que formaban parte del equipo directivo del PP, cuando su máximo responsable, Pablo Casado, creyó que las sonrisas de los y las que se sentaban a su lado en el Parlamento eran de lealtad, descubriendo de golpe que todo era una farsa y que puesto a abandonar el hemiciclo solo le seguirían tres leales, quedando el resto con la misma sonrisa puesta esperando la llegada de su sucesor para rendirle la misma pleitesía que a quien sustituía.

Pero el ejemplo más terrible de deslealtad en los últimos tiempos, en política, la ha vivido, la está viviendo, Podemos, quizás porque Pablo Iglesias nunca supo conjugar ese verbo desde que fue dejando por el camino a todos los protagonistas de la foto fundacional del partido ( Vistalegre, octubre de 2014), que fueron desapareciendo de la primera línea por las neuras del ‘amado líder’, que no dudó en desprenderse, entre otros, de personajes como Luis Alegre, Carolina Bescansa, Tania González e Íñigo Errejón, que acompañaban a Pablo Iglesias en eso de «asaltar los cielos».

Y lo que son las cosas, cuando la gallega Carolina Bescansa (la que aparecía en el Parlamento dándole de mamar a su bebe) se dio cuenta de que había perdido las simpatías del líder e intentó replegarse a su tierra para continuar haciendo política allí, dentro de Podemos, el ‘dueño’ de esa formación (Pablo Iglesias lo ha sido y es) dijo que «si quieres arroz», y entregó el partido en aquellas tierras a, entre otros, Yolanda Díaz, que miren por donde, se dio cuenta muy pronto de que las lealtades hay que tenerlas para quienes las merecen, y tras ser primero ministra y más tarde vicepresidenta del Gobierno de España, gracias a Pablo, ahora ha puesto las cosas en su sitio, porque, quien no conoce la lealtad, no puede aspirar a que sean leales con él.

Ciertamente, Díaz no ha sido leal a Podemos, orillándolo y ninguneándolo descaradamente, cuando debe todo lo que es, en política, a los caprichos de Iglesias, pero que un personaje como el aspirante a periodista diga cosas como «si en la izquierda no hay unos mínimos códigos de lealtad, estamos muertos», es para hacérselo mirar. Él, hablando de lealtad.

Sí, notamos a faltar el sentido de la lealtad en política. Y esto no es bueno para la sociedad, porque de lo que estoy segura es de que cuando una persona tiene arraigado el concepto de lealtad, también es poseedor, o poseedora, de otras cualidades que le dignifican: es muy difícil que quienes gozan de profundos principios y valores personales no sean capaces de ser leales. Quizás por eso echamos a faltar tantas cosas.