Opinión | Pasado de rosca

El triunfo del estoicismo

Aunque caigan rayos y truenos sobre él, no veremos menguar la lozanía ni eclipsarse la sonrisa de un presidente que se diría que vive más a gusto en un ambiente tan hostil

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, se acerca a Sánchez tras ser reelegido como presidente del Gobierno al finalizar la segunda sesión de investidura.

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, se acerca a Sánchez tras ser reelegido como presidente del Gobierno al finalizar la segunda sesión de investidura. / Javier Lizon / EFE

Ha ganado Sánchez ¿Alguien lo dudaba? Todo el mundo. Hasta el último minuto. La regañina con que lo obsequió la portavoz de Junts, Míriam Nogueras, hizo pensar en lo peor: que su partido no iba a votar a favor de la investidura de Sánchez. Esas dudas se extienden a la duración de la legislatura. Ya ha quedado claro que Junts no va a ser complaciente con Sánchez y que estará apostado en cada encrucijada de las votaciones haciendo peligrar el resultado. Por otra parte, la fricción entre las placas tectónicas de la falla que separa a Podemos y Sumar también amenaza con un terremoto a la vuelta de la esquina. Los cinco votos de Podemos serán una incógnita en cada votación importante. Aunque ERC ha mostrado su cara más amable y constructiva por boca —aunque sería mejor decir por pose— del cada vez más experto posador Gabriel Rufián, no se puede olvidar que en la pasada legislatura ha dado espantadas tan sonadas como la de la Ley de la Reforma Laboral, a la que habían dado su apoyo los agentes sociales. También la necesidad de marcar territorio propio de cara a su electorado de las dos formaciones nacionalistas vascas —PNV y Bildu— puede deparar alguna sorpresa a lo largo de las sesiones del Congreso.

Por si todo esto no arrojase suficiente incertidumbre de cara a la duración de la legislatura, vamos a ver cómo evoluciona la oposición, que está dispuesta desde ya a poner todas las dificultades posibles al flamante recién investido presidente. Es sintomático que Feijóo se haya acercado a Sánchez recién acabada la votación no para felicitarlo, como las normas de la cortesía parlamentaria habían consagrado hasta ahora, sino para lanzarle el dicterio, arrojado desde el convencimiento de su superioridad política y moral, «esto es una equivocación». La feroz oposición está dispuesta a lanzar ataques a Sánchez por todos los flancos. Desde el político, por supuesto, en el que cuenta con una holgada mayoría absoluta en el Senado y un importante poder territorial en ayuntamientos y comunidades. En el ámbito judicial ya ha movilizado a todas las asociaciones de jueces y fiscales para que condenen la amnistía; seguramente seguirá atrincherado en su negativa a renovar el Consejo General del Poder Judicial. En el de las instituciones Europeas, incluyendo tribunales internacionales. Y, por el momento, incluso en la calle, haciendo seguidismo de los montaraces de Vox en su asedio a las sedes del PSOE, o a los propios parlamentarios socialistas, como ya ha sucedido.

En condiciones normales, el líder político de una formación que se encontrara en la situación que hemos descrito para Sánchez estaría abrumado. Pero ¿se han fijado en el presidente? ¿Han visto ustedes cómo bajo sus ojos se iban formando violáceas ojeras? ¿Han visto encanecer sus sienes a lo largo de los cinco difíciles años que lleva al frente del Gobierno? ¿Han visto cómo le temblaban las piernas cuando tras las sesiones de investidura oteaba el áspero panorama que se asoma por su horizonte? Nada de eso, la sonrisa de felicidad se le escapaba por las comisuras de los labios. Festejaba como si de un triunfo incontestable se tratara la investidura arrancada a base de pactos inverosímiles. Abrazaba a todos sus diputados y diputadas con alborozo triunfalista.

Es difícil hacer pronósticos acerca del devenir de la legislatura. Sin embargo, me atrevo a vaticinar que, aunque caigan rayos y truenos sobre él, no veremos menguar la lozanía ni eclipsarse la sonrisa de un presidente que se diría que vive más a gusto en un ambiente tan hostil como el que se adivina que un faquir reposando en su cama de clavos.