Opinión | CALEIDOSCOPIO

Guerracivilismo

Las imágenes de estos días en la calle Ferraz de Madrid o en otras ciudades nos han hecho recordar a muchos las de los primeros años de la transición y, peor, las de la época de la República española

Cientos de personas con banderas durante una manifestación contra la amnistía frente a la sede del PSOE en Ferraz, a 14 de noviembre de 2023, en Madrid.

Cientos de personas con banderas durante una manifestación contra la amnistía frente a la sede del PSOE en Ferraz, a 14 de noviembre de 2023, en Madrid. / EP

Discurra como discurra la nueva legislatura que empieza hoy, lo que estos días han demostrado es que el guerracivilismo y el odio siguen intactos en una parte de los españoles, que consideran que España es suya y para defenderla están dispuestos a todo. En eso se parecen a los maltratadores de mujeres: las aman tanto que las consideran suyas, por lo que las agreden cuando no les obedecen.

Entre esos españoles guerracivilistas y violentos no sólo están los que acuden a la violencía física y verbal, sino los que con sus palabras agitan su odio, que es como el fuego al que se atiza con un fuelle. Y aquí hay muchos políticos que deberían hacer acto de contricción para no sorprenderse luego de lo que pasa en las calles del país. No daré nombres para no señalar con el dedo, pero de la lectura y la escucha de las manifestaciones de estos días se pueden inferir muy fácilmente: “El que pueda actuar que actúe”, “Devolveremos golpe por golpe”, “Pedro Sánchez debería salir de España en el maletero de un coche”… Como se verá, sus autores no son todos de la ultraderecha, al menos no oficialmente.

Las imágenes de estos días en la calle Ferraz de Madrid, donde está la sede nacional de los socialistas, o delante de otras en otras ciudades nos han hecho recordar a muchos las de los primeros años de la transición y, peor, las de la época de la República española. Ver las calles de Madrid llenas de gritos y de banderas, muchas de ellas anticonstitucionales, y escuchar los insultos y las amenazas nos traslada a aquéllas imágenes del Madrid previo a la guerra civil que tantas veces hemos visto en los documentales y en las fotos de la época. Casi noventa años después, las imágenes remueven los recuerdos de una historia que muchos ya creían superada, pero que se ve que no es así. Ya se barruntaba un poco en la oposición de una parte de los españoles a condenar el franquismo y el golpe de Estado que provocó la guerra civil, primero, y en la resistencia a que se recuperen de cunetas y fosas comunes los restos de miles de republicanos muertos, después, pero ahora se ve sin ningún matiz en los rostros de odio y en las proclamas fascistas de todos esos que se manifiestan ante las sedes del Partido Socialista decididos a destrozarlas como en los tiempos de la República y la guerra civil. Hasta las acusaciones de dar un golpe de Estado que se le hacen al nuevo Gobierno son las mismas de entonces. Por suerte, el mundo ha cambiado y las circunstancias ya no permiten lo que permitieron que sucediera hace 87 años, si no se podría esperar cualquier cosa.

Jorge Semprún, el que fuera comunista disidente y magnífico escritor además de ministro de Cultura durante un breve tiempo con Felipe González (ése al que la derecha española jalea ahora olvidando lo que le gritaba entonces su líder desde la tribuna del Congreso: “¡Váyase, señor González!”), decía que, en situaciones de gran tensión como la presente, lo que hay que hacer es esperar a que la espuma del tiempo (sic) devuelva las cosas a la normalidad. Puede que tenga razón el desaparecido autor de El largo viaje y que suceda como preconizó, pero, entre tanto, la realidad nos está sirviendo a los españoles para corroborar lo que ya sabíamos pero nunca habíamos visto de modo tan evidente: que el franquismo sigue presente en nuestro país. Y también que, contra lo que se dice de que se necesitan cien años para superar los efectos de una guerra civil, en España vamos a necesitar más.