Opinión | Luces de la ciudad

El mayor espectáculo del mundo

Aún queda, en la pista central, el número estrella, el plato fuerte de la función: la investidura

EFE/ Kai Forsterling

EFE/ Kai Forsterling

Recuerdo la alegría de los niños, incluido yo, cuando el circo llegaba a la ciudad. «¡El circo! ¡Ha llegado el circo!», anunciaba la megafonía móvil, a la vez que las calles y comercios se llenaban de coloridos bonos descuento. La mañana del domingo, antes de asistir a la sesión vespertina, paseaba con mi padre entre remolques con barrotes que exhibían a las fieras, según la propaganda, traídas de los lugares más recónditos del planeta: elefantes, tigres, leones, caballos, chimpancés…, y en algunas ocasiones osos y serpientes, y lo hacía con la ingenuidad propia de la niñez, sin pensar en las condiciones de vida de estos animales, ahora prohibidos. Pero sin duda, en aquellos tiempos, un enorme reclamo para niños y mayores.

A la hora de la función, sentado en los graderíos de madera extendidos alrededor de la pista, esperaba con impaciencia a que el elegante jefe de pista o maestro de ceremonias anunciara el comienzo del «mayor espectáculo del mundo». Y cuando esto ocurría, se desplegaba ante mí un increíble universo de fantasía e ilusión. Era la mirada inocente de un niño.

Han pasado muchos años de aquello y unos cuantos desde que el último circo visitó la ciudad, y ahora, ya desde la mirada no tan inocente de un adulto, contemplo el circo desde el sofá de casa, desde la cafetería o desde el coche. A través de los medios de comunicación leo, escucho y veo a diario «el mayor espectáculo del mundo»: guerras, negociaciones, amnistías, manifestaciones, corruptelas…, y, además, a pesar de que la ley lo prohíba, con animales incluidos.

En este espectáculo, no apto para niños, son fácilmente reconocibles los payasos, que en estos casos no consiguen hacer reír a nadie; los forzudos sin fuerza, incapaces de levantar unas pesas; los equilibristas y trapecistas actuando siempre con red y cuyas acrobacias no impresionan (mi padre era un gran admirador de la trapecista ‘Pinito del Oro’); magos que no consiguen mantener sus trucos ocultos y domadores a los que las fieras no obedecen, o simulan no obedecer. Vamos, una mierda de circo, que diríamos los niños de entonces.

De nuevo, tal y como hice un par de semanas atrás, me veo obligado a comentar la polaridad a la que se ve abocada nuestra sociedad tras el intento, una vez más, de posicionarnos en un extremo o en otro de la balanza, provocando así un ambiente de tensión y enfrentamiento social.

Estoy seguro de que cientos de miles de votantes moderados, tanto de derechas como de izquierdas, no están de acuerdo en la formación de un gobierno progresista a costa de una amnistía para los condenados por el proceso independentista catalán, que culminó con una declaración de independencia unilateral, por tanto, ilegal y condenable sin paliativos; pero que tampoco les gusta la alternativa, es decir, que la ultraderecha forme parte del Gobierno central, porque ya ha asomado la patita por debajo de la puerta en las distintas autonomías y ayuntamientos donde comparte poder, y a muchos no les ha gustado nada lo que han visto.

¿Cuál es la solución? No sé, doctores tiene la iglesia. Pero soluciones, haberlas haylas, seguro, como las brujas. 

En cualquier caso, no abandonen todavía la carpa, porque el espectáculo no ha terminado. Aún queda, en la pista central, el número estrella, el plato fuerte de la función: la investidura. Entonces será el momento de ‘disfrutar’ de los contorsionistas, malabaristas, titiriteros, tragafuegos y tragasables, mimos o ventrílocuos, de las distintas bancadas. Insufrible. 

Por favor, ¡que vuelva el circo ya!, pero el de verdad.